Francia y Marruecos: una historia de amor, identidad y conflictos que el fútbol vuelve a poner en escena
Aunque mantienen diferencias diplomáticas por el Sahara Occidental y otros temas, ambos países comparten un vínculo construido por el pasado colonial, millones de migrantes, el idioma francés y una identidad que hoy también se refleja dentro de la cancha.
El partido entre Francia y Marruecos por los cuartos de final del Mundial vuelve a poner frente a frente a dos selecciones que comparten mucho más que una rivalidad deportiva. Detrás de los 90 minutos aparecen más de cien años de historia, un pasado colonial que todavía deja huellas, millones de personas con doble pertenencia y una relación que alterna cooperación, afecto y crisis diplomáticas.
Para muchos franceses de origen marroquí, el encuentro no enfrenta dos países distintos, sino dos partes de una misma identidad. No es casualidad que gran parte de los futbolistas marroquíes hayan nacido o crecido en Francia. Tampoco que el francés siga siendo uno de los idiomas más hablados en Marruecos. La historia explica buena parte de esa cercanía.
Del protectorado al idioma compartido
Entre 1912 y 1956, Marruecos fue un protectorado francés. Durante esos 44 años, Francia organizó buena parte de la administración, la educación y la economía del país.
Cuando Marruecos logró su independencia, el vínculo político cambió, pero muchas de esas estructuras permanecieron. El francés siguió siendo la lengua de la administración pública, de las universidades, de buena parte de los negocios y de los medios de comunicación.
Hoy, aunque el árabe y el amazigh son los idiomas oficiales, millones de marroquíes hablan francés diariamente. Para muchos jóvenes es, incluso, el idioma con el que estudian carreras universitarias o desarrollan su vida profesional.
Ese legado colonial también dejó una intensa relación económica. Francia continúa siendo uno de los principales socios comerciales e inversores de Marruecos y miles de empresas francesas mantienen operaciones en el país africano.
Una migración que transformó a Francia
Después de la Segunda Guerra Mundial, Francia necesitaba mano de obra para reconstruir su economía. Durante las décadas de 1960 y 1970 llegaron cientos de miles de trabajadores provenientes del Magreb, especialmente de Marruecos.
Con el paso de los años esas familias se instalaron definitivamente y dieron origen a una de las comunidades de origen extranjero más numerosas de Francia. Hoy viven allí alrededor de un millón y medio de personas con raíces marroquíes, entre inmigrantes y descendientes.
Esa presencia transformó la gastronomía, la música, el deporte y la vida cotidiana francesa. También abrió debates sobre integración, discriminación e identidad que siguen presentes hasta hoy.
¿Franceses o marroquíes?
Quizá el fútbol sea el lugar en el que esa identidad compartida se hace más visible. Varios jugadores de la selección de Marruecos nacieron en Francia y fueron formados en academias francesas antes de elegir representar al país de sus familias. Otros crecieron en Bélgica, Países Bajos o España.
Para algunos, esa decisión responde a una cuestión deportiva. Para otros, también expresa un fuerte sentimiento de pertenencia.
El sociólogo francés Stéphane Beaud sostiene que muchos de esos futbolistas sienten que representan la historia de sus padres y abuelos, al mismo tiempo que responden a una identidad que nunca dejó de acompañarlos.
La idea recuerda a la que desarrolla el escritor franco-libanés Amin Maalouf, autor de Las identidades asesinas. Allí sostiene que las personas no poseen una única identidad, sino múltiples pertenencias que conviven al mismo tiempo. Obligar a elegir solo una suele ser el origen de los conflictos.
Algo similar plantea Salman Rushdie cuando habla de una “patria imaginaria”: un país que muchas veces existe tanto en la memoria familiar como en la experiencia cotidiana.
Amigos en los negocios, rivales en la política
La cercanía cultural no evitó que la relación entre ambos gobiernos atravesara momentos de fuerte tensión. El principal conflicto gira alrededor del Sahara Occidental. Marruecos reclama la soberanía sobre ese territorio, mientras que el Frente Polisario exige su independencia.
Durante años, Rabat esperó que Francia respaldara de manera explícita su posición, especialmente después de que Estados Unidos reconociera en 2020 la soberanía marroquí sobre la región. Sin embargo, París mantuvo durante mucho tiempo una postura más cautelosa.
A eso se sumaron otros episodios que deterioraron la relación, como el escándalo del software Pegasus, que afectó a funcionarios franceses, y la decisión de Francia de reducir la entrega de visas a ciudadanos marroquíes por diferencias en materia migratoria.
Pese a esos conflictos, los acuerdos comerciales nunca se interrumpieron. Ambos países continúan siendo socios estratégicos y mantienen inversiones millonarias que los obligan a preservar los canales de diálogo.
Mucho más que fútbol
Cada vez que Francia y Marruecos se enfrentan, el partido adquiere un significado especial. No solo juegan dos selecciones. También se cruzan dos historias que llevan más de un siglo entrelazadas: la del antiguo poder colonial y la de un país que construyó su independencia sin romper completamente con su pasado; la de millones de familias que viven entre dos culturas; y la de jóvenes que crecieron en Francia, pero siguen sintiendo a Marruecos como parte de quienes son.
Por eso, cuando el árbitro haga sonar el silbato inicial, el resultado deportivo será apenas una parte del relato. Detrás de cada pase, de cada bandera y de cada festejo aparecerá una relación compleja que combina cercanía y distancia, cooperación y conflicto, memoria e identidad.
LB
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