¿Cómo podemos tratar de entender esta suba del riesgo país?  Porque el riesgo país es, finalmente, el reflejo de algo.  Es como cuando el cuerpo se expresa por algún lado. Si no lo hace a través del tipo de cambio, porque está intervenido por el Banco Central y por el Gobierno, lo hace por otra parte. Y en este caso lo hace por el riesgo país.

Dentro del Gobierno aparecen dos explicaciones. Según Luis Caputo, el aumento responde a factores externos. Según el aparato de propaganda oficial, responde al famoso “riesgo Kuka”: la posibilidad de que, terminado el mandato de Javier Milei, vuelva el kirchnerismo. Son dos explicaciones distintas para un mismo síntoma.

Caputo habló durante un tiempo del riesgo Kuka y después empezó a atribuir las turbulencias de los mercados a factores externos: la guerra, el precio del petróleo y cuestiones por el estilo. 

Ahora seguramente también aparecerá como factor externo el tembladeral que atraviesa el gobierno de Donald Trump. Y es un tembladeral. Tal vez después se reacomode, pero en este momento lo que ocurre allí adentro es un terremoto.

El “riesgo Kuka”

Sobre la otra explicación de que los mercados temen que vuelva el kirchnerismo. Bueno, naturalmente eso es posible. Puede existir un riesgo Kuka. Incluso puede ocurrir. Pero una cosa es que exista el riesgo y otra que efectivamente ocurra.

Las encuestas, por lo menos hasta ahora, no muestran de manera contundente semejante escenario. Milei puede tener una imagen negativa relativamente alta, como ocurre con muchos presidentes en distintos lugares del mundo. Pero entre una imagen negativa y una intención de voto hay un tramo.

Además, cuando los votantes miran hacia el costado, el Presidente probablemente tenga razón en algo: mucha gente no quiere volver al pasado.

Ahora bien, si efectivamente el riesgo de un regreso del kirchnerismo es lo que provoca una suba del riesgo país, entonces tenemos que mirar por qué aparece ese riesgo. Y ahí entramos en el problema económico. Porque si la economía funcionara un poco mejor, probablemente el riesgo Kuka sería menor. 

Entonces las dificultades existen y esas dificultades no pertenecen al kirchnerismo. Son dificultades del programa económico del Gobierno.

Dos posibilidades muy diferentes

Acá hay dos alternativas. La primera es que el programa económico directamente no funcione. Que no funcione ni en el corto ni en el largo plazo. En ese caso, naturalmente, el riesgo Kuka sería en algún sentido responsabilidad del propio Gobierno. Porque si el programa fracasa, termina generando las condiciones para que aparezca otra alternativa política. Ya pasó algo parecido con Mauricio Macri y Alberto Fernández.

La segunda posibilidad es diferente. Puede ocurrir que el programa económico sí funcione, pero que no funcione en el corto plazo. Y esta diferencia es fundamental.

Yo no sé cuál de las dos alternativas es la correcta. Si tengo que inclinarme por alguna, me inclinaría por la segunda: que el problema esté en el corto plazo. Porque si simplemente no funciona, chau. No tiene arreglo. Pero si necesita tiempo para mostrar resultados, entonces aparece una cuestión política central.

Los ciclos políticos son más cortos que los económicos

Acá Milei debería leer un poco más a Kissinger que a Rothbard o a Huerta de Soto. Hay una idea muy sencilla y muy sabia: los ciclos políticos son más cortos que los ciclos económicos. Mientras uno espera los resultados de largo plazo de un programa económico, ocurren elecciones. La gente no necesariamente tiene tiempo para esperar. Se impacienta y en el medio vota.

Ese desajuste entre la velocidad de los resultados económicos y la velocidad de la política genera riesgos. Y esos riesgos aparecen reflejados, entre otros lugares, en el riesgo país. Si este es realmente el problema, hay una sola manera de atravesarlo. Consensos. No hay otra.

Milei dinamitó los puentes

El Presidente se ha dedicado a dinamitar buena parte de los puentes que podrían conducir a esos consensos. Hasta con Patricia Bullrich está enfrentado. Y si hablamos de construir consensos, el primero que debería involucrarse es el propio Presidente. 

Pero Milei insulta a todo el mundo todo el tiempo. No es solamente un problema de malos modales. Es una expresión de cómo piensa.

Además, el Presidente tiene muy poca inclinación a ofrecer explicaciones sobre los problemas concretos de corto y largo plazo. 

  • No ofrece regularmente conferencias de prensa. 
  • No conversa de manera habitual con medios distintos. 
  • No explica como podría hacerlo un presidente común y corriente cuáles son las dificultades del programa, cuánto tiempo requieren sus resultados y qué problemas existen en el camino. 

Ha sustituido, en algún punto, el papel de un presidente que explica por el de un predicador ideológico. Habla del socialismo. Del fascismo. Se presenta como protagonista de una tragedia griega. Supone encarnar una especie de mandato bíblico y mientras tanto, los problemas concretos siguen ahí.

Atado al mástil equivocado

Milei dijo alguna vez que se había atado al mástil, como Ulises, para no escuchar los cantos de sirena. Está bien no escuchar disparates. Está bien no escuchar a quien propone volver al cepo, emitir sin límites o controlar precios. El problema es que parece haberse tapado completamente los oídos. No escucha delirios. Pero tampoco escucha cosas sensatas. No escucha nada. 

Se puso una escafandra y se ató al mástil. ¿A qué mástil? Al de Donald Trump. Al de Netanyahu. Al de Bolsonaro.Y a otros dirigentes extranjeros con los que decidió identificarse de una manera completamente personal. 

Los presidentes, en general, no necesitan estar opinando todo el tiempo sobre quién gobierna otro país. Normalmente hablan de las relaciones entre Estados, de proyectos comunes, de intereses compartidos. No necesitan decir permanentemente que un presidente extranjero es un imbécil, un corrupto o un comunista y que otro es un genio. ¿Para qué?

Milei convirtió muchas diferencias políticas en diferencias morales. El que no coincide con él no está simplemente equivocado. Es inmoral. “Pensás distinto que yo, sos inmoral”. La moral como política de Estado.

El Gobierno también alimenta el riesgo que denuncia

Después aparece otra contradicción. El propio sistema de comunicación oficial, con sus distintas facciones, se dedica permanentemente a agitar el riesgo Kuka. Que vuelve Cristina. Que van a voltear al Presidente. Que hay un golpe. Que apareció alguien vinculado con Lula. Que el kirchnerismo regresa.

Ahora imaginen a un inversor extranjero que llega a la Argentina porque está estudiando colocar dinero acá. Enciende la televisión. Y escucha durante todo el día a periodistas y comunicadores cercanos al Gobierno diciendo que existe un golpe en marcha, que quieren derrocar al Presidente y que está por regresar el kirchnerismo.

¿Qué hace ese inversor? El propio oficialismo puede terminar instalando el problema que dice querer evitar. Agitar es muy entretenido. Pero quizás también le estén haciendo daño al Presidente.

El riesgo país como un análisis de sangre

Por eso el riesgo país funciona casi como un análisis de sangre. En una gota aparecen distintos problemas. Puede existir un riesgo Kuka. Las encuestas todavía no lo confirman de manera concluyente. 

Puede ser también que el programa económico esté fracasando o puede ser, y esta es la posibilidad que me parece más interesante, que esté atravesando problemas en el corto plazo aunque pueda ofrecer resultados en el largo. Pero si ese es el caso, el puente entre el corto y el largo plazo tiene que construirse políticamente.

Y el Presidente, en vez de construir ese puente, muchas veces lo dinamita. No ofrece suficientes explicaciones. Prefiere presentarse como el héroe de una tragedia griega o como una figura del Antiguo Testamento. Repite permanentemente las mismas explicaciones ideológicas.

Pero decir que todo el mundo es comunista excepto uno mismo no alcanza para resolver este problema.

Si los resultados necesitan tiempo, hacen falta consensos. Hace falta construir puentes. No dinamitarlos.