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¿2016 fue el último año en el que fuimos felices?

Antes de Trump, las stories de Instagram y la inteligencia artificial, ¿vivíamos mejor?

2026 VS. 2016 Foto: Inteligenca Artificial

La nostalgia parece haberse instalado en la cultura. Remakes de películas como El diablo viste a la moda, Jumanji o Batman conviven con reediciones de videojuegos y la vuelta a la moda de los 2000. Hace algunos meses, un trend de TikTok e Instagram mostraba fotos y videos del 2016, diez años antes en los que, la vida —según millones de usuarios en todo el mundo— era mejor, más feliz y más simple.

Según los reportes de tendencias de búsqueda, el interés por la frase "2016 hits" o "2016 vibes" en buscadores y plataformas de audio ha crecido aproximadamente un 30% a 40% en los últimos dos años.

¿Qué sucedió en 2016 a nivel global para justificar que millones de personas en todo el mundo lo consideren un año feliz? O mejor dicho: ¿qué sucedió en los años posteriores para entender que todo empeoró desde entonces?

Trump y las historias de Instagram

Trump, electo en noviembre del 2016 y asumido en enero del 2017, fue el primer quiebre con aquel pasado reciente más previsible y que es visitado con nostalgia. Desde ese momento, la polarización política, las guerras, el deterioro de la democracia a nivel mundial y el auge de la extrema derecha fueron una constante.

Por otro lado, en 2016 el mundo de las redes sociales experimentó un quiebre fundamental: además de la masificación entre los adolescentes, llegando a más del 80%, el dos de agosto de ese año hubo un cambio con un profundo impacto en la subjetividad de los jóvenes del mundo: el nacimiento de las historias de Instagram. Este hecho, en apariencia menor, es fundamental para entender la dinámica actual del llamado “Fomo” (miedo a perderse algo, por sus siglas en inglés) y la ansiedad que despiertan las redes sociales para los jóvenes. Las historias de Instagram son el formato predilecto en el que en esta plataforma se muestra la vida privada o, mejor dicho, una reconstrucción triunfalista de la vida privada, lo que termina por generar una dinámica de “ansiedad” frente a los triunfos ajenos.

El punto de inflexión en 2016 se confirma al observar los datos de la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud (NSDUH) de los Estados Unidos: mientras que entre 2005 y 2012 las tasas de episodios depresivos mayores en adolescentes eran estables, en 2016 la curva de prevalencia de depresión en jóvenes de 12 a 17 años registró un salto anual sin precedentes, superando el 13% de la población total. Este quiebre es estadísticamente relevante porque ocurre en sincronía exacta con la madurez del modelo de negocio de las plataformas sociales. Jonathan Haidt señala que para 2016 el "mundo del teléfono" ya había sustituido al "mundo del juego": el 73% de los adolescentes ya poseía un smartphone y el uso diario de redes sociales superó el umbral crítico de tres horas, punto a partir del cual el riesgo de síntomas de ansiedad y depresión se duplica según análisis publicados en JAMA Psychiatry. En las mujeres jóvenes, este quiebre es aún más dramático: los datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) muestran que las visitas a emergencias por autolesiones se dispararon un 62% desde 2016 hasta 2019. 

En Argentina, según los informes del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el "déficit en la autopercepción de salud psicológica" mostró un salto estadísticamente significativo a partir del bienio 2016-2017. Mientras que en la primera mitad de la década el indicador se mantenía en un rango de estabilidad, en 2016 comenzó una escalada que el observatorio vinculó no solo a la precariedad económica, sino al aumento de la inseguridad alimentaria y la incertidumbre proyectiva.

Investigadores de la UBA (Facultad de Psicología) han documentado que, en las consultas clínicas argentinas, el grupo etario de 18 a 25 años incrementó sus motivos de consulta por "ansiedad social mediada por redes" en un 40% entre 2016 y 2019.

Hay también nostalgia de la vida prepandemia, hasta ahora el segundo hecho más importante del siglo XXI, que reveló la vulnerabilidad de los Estados para afrontar una crisis a gran escala. Decimos el segundo porque hay bastante consenso en ver al surgimiento de la Inteligencia Artificial generativa como el hecho más importante de este siglo. El 20 de noviembre del 2022 nuestra vida cambió para siempre: OpenAI lanzó la primera versión de ChatGPT y ahora, según una encuesta global de la consultora IPSOS, “el 65% de la gente cree que se quedará sin trabajo a causa de la inteligencia artificial”.

La Inteligencia artificial y la incertidumbre

Pero, en relación a la incertidumbre, la inteligencia artificial es el elemento que tiene un impacto mayor. Nadie sabe si su puesto de trabajo sobrevivirá, si su oficio cambiará radicalmente o si dejará de existir directamente.

La investigación de Clay Routledge ofrece una clave psicológica para entender por qué la nostalgia por 2016 no es un simple capricho de redes sociales, sino una estrategia de afrontamiento ante un presente que se percibe como tóxico. Lo que Routledge define como "nostalgia histórica" es un mecanismo de autorregulación: cuando el mundo actual es ininteligible o abrumador, la mente viaja a un pasado compartido para reconstruir un sentido de continuidad y propósito.

Lo más disruptivo de sus hallazgos es el quiebre generacional. Routledge observa que las generaciones más jóvenes experimentan una paradoja: son los grupos más digitalmente conectados, pero también los que presentan los niveles más altos de ansiedad existencial. TikTok, en este sentido, funciona como una máquina de producción de recuerdos artificiales; los jóvenes acceden a un 2016 que quizás no vivieron plenamente, pero que consumen como un refugio estético y emocional.

El dato de que el 62% recurre a la nostalgia por ansiedad ante el futuro es revelador: es una respuesta adaptativa al choque entre la velocidad del cambio tecnológico y la capacidad humana de procesar dicho cambio. La nostalgia no es necesariamente un deseo de volver atrás, sino una forma de calmar el sistema nervioso ante un futuro que parece amenazante.

En Argentina, además de la nostalgia por un momento en el que la tecnología parecía más divertida e inocente, hay una comparación con el presente mucho más concreta. Desde el 2015 y el 2016, perdimos ingresos de manera sostenida.

La evolución de los salarios registrados en nuestro país muestra una curva muy clara: después de la crisis de 2001–2002 hubo una fuerte recuperación del poder adquisitivo entre 2003 y 2011. A partir de 2012 comenzó un amesetamiento y luego un deterioro más marcado desde 2016, profundizado por las devaluaciones y la aceleración inflacionaria.

¿Esta nostalgia tendrá peso electoral en la contienda del 2027? ¿Habrá dirigentes que apelarán a un pasado cercano mejor y recordable para compararlo con las penurias de la actualidad? Tal vez a falta de promesas que realmente entusiasmen al electorado, la mayor propuesta sea hacer marcha atrás como se pueda a un momento en el que ganábamos mejor y teníamos tantas incertidumbres.

El 2016 no fue el último año feliz que vivimos y nada indica que haya sido el último. Es simplemente un refugio al que volvemos cuando nos atemoriza el futuro que se nos viene encima. Y ustedes, ¿qué estaban haciendo hace diez años?

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