IDENTIDAD Y DEPORTE

El análisis de Pablo Alabarces sobre el furor por el automovilismo y el fenómeno Colapinto

El sociólogo cuestiona las comparaciones simplistas entre el deporte y la situación política, calificando además como un gasto innecesario la posibilidad de que la Fórmula 1 regrese al país.

Final de Franco Colapinto en Buenos Aires Foto: Pablo Cuarterolo

El piloto de automovilismo, Franco Colapinto, se ha consolidado como un símbolo de resurgimiento para el automovilismo nacional, actuando como un factor de cohesión emocional en una sociedad argentina marcada por la polarización. Según su entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el sociólogo Pablo Alabarces analiza cómo este fenómeno recupera la tradición histórica de figuras como Fangio y la combina con la lógica del influencer, mientras advierte sobre los riesgos de utilizar estos éxitos como metáforas políticas.

El destacado sociólogo, escritor y docente argentino, Pablo Alabarces, es considerado uno de los pioneros en el estudio académico del deporte y la cultura popular en América Latina. Se graduó en Letras en la Universidad de Buenos Aires y obtuvo su doctorado en Sociología en la Universidad de Brighton. Actualmente se desempeña como investigador principal del Conicet y es profesor titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

El fenómeno que generó Colapinto: 600.000 personas. Y, con todo respeto, no se trata de alguien que gane las carreras, sino que está comenzando su propia carrera. ¿Qué nos dice esto? Si hay una necesidad de representación internacional. Obviamente, cuando fue la Selección Nacional, con millones de personas —cuatro o cinco millones— en las calles, ahí uno lo podía absolutamente comprender. Pero la repetición, en este caso con el fenómeno de Colapinto, me hace reflexionar si no nos está diciendo algo sobre una demanda de líderes o una demanda de éxito en la sociedad argentina.

La respuesta la estás dando vos mismo. No se trata de una demanda de éxito para un perdedor sistemático. Entonces, lo que se festeja no es el éxito. Tampoco es… a ver, sí hay una dosis de representatividad. Es, por fin, un argentino que vuelve a correr en Fórmula 1. Pertenece a un grupo muy reducido.

No recuerdo si largan 18 o 22, pero en cualquier caso son muy pocos. Se trata de personas que compiten en una categoría muy privilegiada. Hay algo de representatividad ahí, pero no lo veo por ese lado. Yo lo veo como algo más modesto y, al mismo tiempo, más profundo.

¿Qué es? Una viejísima tradición automovilística argentina. Mirá, mi maestro Eduardo Archetti era un gran antropólogo argentino, santiagueño. Se exilió, se casó con una noruega y se fue a vivir a Oslo, donde terminó muriendo. Cuando escribe sobre las patrias del deporte argentino, elige el fútbol, el boxeo y el automovilismo. Él también trabajó sobre el polo, pero no le encuentra la misma densidad significativa respecto de la Argentina.

El polo lo vincula más con lo gauchesco, el jinete y las tareas camperas. Se sabe que los primeros polistas eran los petiseros, es decir, los peones. Después, la burguesía decide reservarse ese deporte y les prohíbe participar.

En el caso del boxeo, es claramente un deporte de clases populares. En cambio, el automovilismo no pertenece a esas clases. Sin embargo, tiene una figura de fuerte transferencia: el mecánico de pueblo.

No es casual que —salvo el caso de Colapinto— la gran tradición del automovilismo argentino venga de los pueblos de las provincias. Cada ciudad tiene un gran corredor de lo que fue el Turismo Carretera. 

El caso de Fangio, surgido de Balcarce como mecánico de pueblo. Fangio es el caso máximo de éxito en ese sentido. Algo que no se suele recordar es que su carrera está muy asociada al peronismo, y es el peronismo el que financia su inicio. También se pone en juego la relación entre deporte, nacionalismo, éxito nacional y logro deportivo.

Pero el automovilismo siempre tuvo un peso popular muy importante. Lo que ocurre es que la falta de impacto internacional… sigue siendo un deporte muy popular, pero que no se ve. El autódromo —no sé si se sigue llamando Juan y Oscar Gálvez— ya ni siquiera se usa. Entonces, toda la actividad se produce en las provincias.

Este fenómeno Colapinto es la mezcla de esa tradición muy densa, profunda y vieja, junto con esta posibilidad de aparición internacional. Es la apuesta que uno le hace al pibe que quizás un día lo compra Ferrari. Es como si, para hacer el símil futbolístico, Colapinto estuviera jugando en la segunda división italiana, pero en una de esas lo compra la Juventus. Bueno, puede pasar que mañana descubran que es un gran piloto y lo compre Ferrari.

Y, por otro lado, hay un fenómeno muy novedoso: las redes sociales. Colapinto es también un influencer, por decirlo de alguna manera. Es una figura a la que el marketing digital volvió muy conocida. Hace dos días sorprendí una conversación entre mi mujer y mi hija sobre quién era la pareja de Colapinto, y discutían entre ellas; la fuente era Instagram, no El Gráfico ni un suplemento deportivo. Entonces, se transforma también en un influencer: tiene las condiciones. Es visible, joven, relativamente atractivo, ganchero en pantalla.

Yo creo que la explicación circula por esa combinación de tres zonas: la tradición automovilística, la proyección internacional y esa dosis de redes que hoy todo el mundo necesita para existir en el escenario contemporáneo.

A partir de Artemis y del nanosatélite que llevó, aparece la historia espacial argentina. En 1961, Argentina fue el primer país que lanzó un cohete al espacio. En el 67 y luego en el 69, fue el primer país latinoamericano en colocar un animal vivo en el espacio: primero un hámster y después un mono. Después vino una etapa oscura, en la que desaparecimos del nivel de importancia internacional que teníamos. Lo mismo vale para la energía atómica o el deporte. Es decir, aquella Argentina que podía fabricar a Fangio y esta que se contenta con tener uno de los 22. ¿Hay una metáfora ahí respecto de la importancia?

No, yo creo que no. Corren por carriles separados. A ver, el peronismo fue el que inventó esto como un conglomerado publicitario. Es decir: valía tanto una medalla olímpica como un científico importante.

Recordemos, inclusive, que Perón crea la Comisión Nacional de Energía Atómica por error, por la famosa historia del alemán —cuyo nombre ahora no recuerdo— que le vende la posibilidad de la fusión fría.

Pero lo cierto es que era como un paquete publicitario según el cual el éxito de esa nueva Argentina.

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Pero había una ambición.

Exacto, eso permanece. Y permanece porque tenía sobre qué apoyarse: una tradición deportiva muy intensa. El peronismo le agrega la dimensión de masas a esa base. No olvidemos que la medalla olímpica de maratón de 1948 es de un bombero, Delfo Cabrera. Entonces, esa raíz ya existía.

Lo mismo pasa con la educación pública y la universidad. Esto viene muy a cuento de lo que acabás de charlar con Emilio. Son tradiciones muy fuertes, y la continuidad hasta hoy tiene que ver con ese pasado. Después hay zigzagueos, picos y caídas. Hoy estamos en una caída muy marcada.

Ahora bien, hace apenas tres semanas la prensa y el mundo cultural celebraban el gran premio que ganó Samanta Schweblin, el premio Aena. Un reconocimiento literario. Hay algo en la Argentina que tiene un costado negativo: esa lógica exitista según la cual se celebra solo cuando hay resultados. Yo prefiero cuando hay estructuras más sólidas y no excepciones. Me interesa más lo colectivo que lo extraordinario.

Pero también hay algo positivo: este país sigue siendo capaz de producir deportistas de élite, científicos de élite, escritores de élite y tecnólogos de élite, porque todavía se apoya en un siglo de tradición en ese sentido.

Traer la Fórmula 1 a la Argentina —esto que dicen que Scioli y el Gobierno estarían considerando—, ¿sería percibido como una metáfora de la reinserción del país en el mundo desde el punto de vista político?

Sería presentado como una metáfora, lo cual no quiere decir que lo sea. No es lo mismo. Por ejemplo, no sé cómo será el desempeño de la Selección Argentina en la próxima Copa del Mundo. No va a faltar alguien que, si gana, lo presente como símbolo de éxito, o si pierde, como reflejo de fracaso. Pero esa lectura es falsa.

La Fórmula 1 en la Argentina es un gasto excesivo que no deberíamos permitirnos. No porque el gobierno de Milei no pueda pagar un sueldo decente a un profesor universitario, sino porque es un exceso en sí mismo. No es cierto que por traer la Fórmula 1 vayan a venir 500.000 turistas en un fin de semana. Eso es falso.

Así que yo lo vería así… lo que pasa es que Scioli… a ver, digámoslo con respeto: ¿cuál es la envergadura intelectual de Scioli para planificar algo así? Que me disculpe, pero no lo cuento entre mis autores favoritos.

MV/ff