Por qué el capitalismo autoritario crece más que el capitalismo democrático, según Emmanuel Álvarez Agis
El economista analizó la vigencia de las ideas de Michał Kalecki para entender las tensiones económicas y políticas del mundo actual. Al mismo tiempo, surgieron comparaciones entre el modelo de China y el debate económico que atraviesa la Argentina de Javier Milei.
El pensamiento del economista polaco Michał Kalecki vuelve a cobrar relevancia para interpretar los desafíos económicos y geopolíticos actuales. Ante ese panorama, Emanuel Álvarez Agis reflexionó en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) sobre las tensiones entre el capitalismo democrático occidental, el modelo estatal de China y el escenario económico argentino bajo el gobierno de Javier Milei.
El economista argentino, Emmanuel Álvarez Agis, fue Viceministro de Economía de la Nación entre 2013 y 2015 y Subsecretario de Programación Macroeconómica entre 2011 y 2013, durante la gestión de Axel Kicillof en el Ministerio de Economía. Se desempeña como profesor universitario y asesoró a organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas y el Banco Mundial en temas de políticas públicas y macroeconomía. Además, tras su paso por el gobierno, fundó junto a Cynthia de Paz la consultora PxQ, donde dirige el área de macroeconomía.
Te confieso que cuando leí un texto que me recomendaste, Aspectos políticos del pleno empleo de Michał Kalecki, no imaginaba, en el contexto actual de la guerra en Irán, la resonancia que tendría para mí. Me gustaría compartir con la audiencia algunos párrafos y pedirte luego que nos digas cuánto de esto tiene que ver con China.
Hoy dice Kalecki —que escribió esto a mediados del siglo pasado, en el contexto de las guerras mundiales— que, siempre que puedan obtenerse dotaciones adecuadas de materias primas extranjeras necesarias a cambio de exportaciones, y si el gobierno realiza inversión pública, por ejemplo si construye hospitales, carreteras o escuelas, o subsidia el consumo masivo mediante asignaciones familiares, reducción de la tributación indirecta o subsidios para mantener bajos los precios de los artículos de primera necesidad, y si además ese gasto se financia con préstamos y no con impuestos que podrían afectar de forma adversa la inversión privada, la demanda efectiva de bienes y servicios puede aumentarse hasta un punto en que se logre el pleno empleo.
Tal gasto del gobierno aumenta el empleo —y hay que advertirlo— no solo en forma directa, sino también indirecta, ya que los mayores ingresos que genera se traducen en un aumento secundario de la demanda de bienes. Luego plantea: ¿de dónde obtendría el público el dinero para prestarle al gobierno? Si esa demanda agregada no se hace con impuestos sino con deuda, ¿de dónde obtendría el dinero el público si no se reduce ni la inversión ni el consumo? Él dice que cualquier aumento en un período del total de valores gubernamentales en posesión —es decir, documentos de deuda o bonos en manos de personas y empresas— sería igual a los bienes y servicios vendidos al gobierno. En realidad, el gobierno no paga por esos servicios con bienes sino con valores; es decir, paga con dinero, pero al mismo tiempo emite valores para retirar el dinero efectivo.
A pesar de que el déficit presupuestario es astronómico —esto en el año 1940— la tasa de interés no ha aumentado desde el principio, es decir, está hablando del momento de la guerra. Dice que, si la oferta de mano de obra es abundante, las plantas instaladas lo permiten y las materias primas también, el aumento de la demanda se satisface con mayor producción. Y si se mantiene el pleno empleo mediante el gasto gubernamental financiado con préstamos, la deuda nacional aumentará continuamente. Sin embargo, tal situación no implica perturbaciones de la producción y el empleo si el interés de la deuda se financia con un impuesto honorario al capital.
Luego continúa haciendo otras observaciones, pero fundamentalmente plantea: si esto es así, si se puede desde el capitalismo fomentar —es decir, un absoluto keynesianismo, para decirlo de alguna manera— el pleno empleo, aumentar la cantidad de producción y la riqueza de todos los componentes, ¿por qué los dueños del capital se oponen? Entonces expone una serie de argumentos. Uno de ellos es de orden ideológico: el temor a la intervención del Estado y a que, más adelante, termine interviniendo en sus propias empresas. Pero finalmente sostiene que el problema de fondo es que los dueños del capital temen —dice así— que los dirigentes empresariales aprecian más la disciplina en las fábricas y la estabilidad política que los beneficios.
Su instinto de clase les dice que el pleno empleo duradero es poco conveniente desde el punto de vista del desempeño formal integral del sistema capitalista normal, porque bajo un régimen de pleno empleo permanente despedir dejaría de desempeñar un papel como medida disciplinaria. La posición social del jefe de la fábrica se vería debilitada, la seguridad en sí misma y la conciencia de clase de los trabajadores aumentarían, y las huelgas por aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo generarían tensión política. Es cierto que las ganancias serían mayores en un régimen de pleno empleo que el promedio en uno con desempleo, y aun el aumento salarial resultante del mayor poder de negociación de los trabajadores tendería menos a reducir las ganancias que a elevar los precios, de modo que solo se perjudicarían los intereses de los rentistas.
Pero el planteo central es que él escribe esto en el contexto del surgimiento del nazismo y dice que Adolf Hitler fue el único que apostó al pleno empleo. Por eso se preguntaba el autor, en aquel contexto, si finalmente el capitalismo no podía resolver el problema del pleno empleo sin caer en una dictadura. Decía que, en el caso del nazismo, los temores de los empresarios a la indisciplina en las fábricas desaparecían porque los nazis directamente prohibían los sindicatos y mataban a quien hiciera huelga.
Entonces, mi pregunta es si este no es el modelo de China. Es decir, si China logra algo parecido al pleno empleo que el capitalismo no puede alcanzar, porque no hay sindicatos y a quien se hace el loco lo encarcelan.
La verdad es que vos decías: Kalecki está describiendo el keynesianismo. En realidad, te hago un dato curioso: llamaríamos a esto kaleckianismo si no fuera porque Kalecki escribió en polaco antes que Keynes lo mismo que Keynes, y por eso el mundo conoció primero los aportes de Keynes y luego los de Kalecki.
Mucho después, Kalecki fue traducido al inglés y ahí comenzó a popularizarse, más o menos a mediados de los años 40.
Pero sí, un poco la discusión en ese texto —y es algo que en Argentina, hoy, siglo XXI, nos sigue sorprendiendo— es que muchas veces uno tiene gobiernos que fomentan la actividad económica; eso mejora los salarios, pero también incrementa las ganancias empresariales. Y esos gobiernos suelen enfrentar cierta oposición de la clase empresarial.
Paradójicamente, tal vez como vemos ahora, un gobierno libertario que resulta perjudicial para la industria cuenta con el apoyo de la misma. En esa aparente paradoja, lo que explicaba Kalecki es que el empresario se sentía incómodo cuando no podía controlar la tasa de ganancia, es decir, la relación entre cuán rentable es su capital y cuántos son los salarios, aunque lo que creciera fuera la masa de ganancias, la cantidad de dinero con la cual se queda a fin de mes.
Y me parece que esa contradicción explica también por qué, en Argentina, los empresarios votan en contra del peronismo y a favor de Milei; al mismo tiempo, muestra cómo China puede crecer, desarrollarse, exportar y expandirse a escala internacional sin conflictos políticos ni distributivos. La razón no es solo el disciplinamiento de la mano de obra, que en China es fuerte; es también el control sobre la clase empresarial.
En pandemia salió a la luz o empezó a estar de moda el mercado libre de China, Alibaba. ¿Por qué? Porque todos habíamos entendido que, durante la pandemia, la mejor inversión era destinar los recursos a compañías que iban a seguir funcionando y que atenderían a consumidores encerrados en sus casas comprando bienes que necesitaban.
Entonces, el mercado financiero, tras ver que Amazon y Mercado Libre habían subido, se volcó más a invertir en Alibaba. La acción de Alibaba subió mucho. En ese contexto, al dueño de Alibaba se le ocurrió —igual que el modelo de negocio de Mercado Libre con Mercado Pago— que podía empezar a prestarle a los consumidores.
El presidente de Alibaba desapareció tres años y medio. No se sabía dónde estaba, y volvió a los cuatro años afiliado al partido chino y, por supuesto, con su plataforma sin prestar a los consumidores.
Por eso, creo que hoy el capitalismo occidental empieza a ver que la democracia —el paso del Estado de bienestar de la segunda posguerra a este modelo muy montado en las finanzas hasta la crisis subprime— se vuelve un problema para competir con una China que, en un modelo autoritario, se desarrolló, consolidó fuerzas y hoy empieza a copar mercados.
Al punto de que, si alguien piensa que el shock petrolero producto de la guerra puede afectar menos a una economía a mediano plazo, es a una China que apostó a la movilidad eléctrica y que hoy tiene una compañía como BYD produciendo más autos eléctricos que Tesla. Por completo, me parece una forma interesante de pensar la economía china, más desde la economía política, no estrictamente desde lo político ni desde lo económico.
Y cuando Michał Kalecki escribe esto, la exUnión Soviética era China; es decir, durante los primeros 30 o 40 años de la exUnión Soviética las tasas de crecimiento de la economía rusa eran equivalentes a las chinas. En toda la etapa de la industria pesada, Rusia crecía al doble de lo que lo hacían Estados Unidos y Europa Occidental. También puede mencionarse el conocido tema del pleno empleo en una economía dirigista.
Entonces, lo que plantea Kalecki es si, finalmente, para aumentar la productividad hay que establecer una dictadura, para decirlo en términos concretos, de modo que no haya ni sindicatos ni empresarios que se hagan los locos. ¿Cuál es el desafío del capitalismo para alcanzar el mismo nivel de productividad sin recurrir a dictaduras? Y ahí avanzo un paso más, porque Kalecki también señala que otra alternativa es que el empleo no se obtenga invirtiendo —como decía antes— en subsidios a los precios vinculados al consumo, para decirlo de alguna manera, que es lo que hizo el kirchnerismo, sino demostrando que apostar al estímulo de la inversión pública y privada resulta más efectivo. Plantea que puede demostrarse que el impulso a la inversión privada no constituye un método adecuado para prevenir el desempleo masivo. Ahora, casualmente, esto es lo que nos plantea Javier Milei: que la solución del empleo es la inversión privada. Y Kalecki dice: “No, en lugar de incentivar —o además de incentivar— la inversión privada, hay que incentivar el consumo”. Es decir, finalmente Kalecki también formula una crítica a Milei en este punto, en ese texto, Aspectos políticos del pleno empleo.
Sí, completamente. Yo diría que habría que combinarlo con los estudios que hizo Kalecki sobre economías en desarrollo y, particularmente, sobre economías productoras y exportadoras de bienes primarios. Me parece que ahí tocás un punto central. En ese mismo texto, Kalecki reconoce que muchas veces lo que menos conflicto político genera cuando un gobierno interviene en la economía es cuando esa intervención se realiza mediante la inversión pública, porque en ese caso el Estado ocupa un lugar que el mercado no quiere ocupar y que las empresas privadas no pueden asumir.
Ahora, por supuesto, en la medida en que esa inversión pública es tan significativa como para presionar en el mercado de trabajo, empiezan a aparecer contradicciones. La clase empresarial enfrenta mayores reclamos salariales y niveles de desempleo que —a ver, qué paradoja histórica— son los que Karl Marx llamaba el ejército industrial de reserva, pero que hoy cualquier modelo neokeynesiano identifica como la tasa de desempleo que no acelera la inflación, conocida como NAIRU, particularmente en lo que refiere a la economía argentina.
Yo creo que está en una contradicción desde hace tiempo. Mi impresión es que el modelo de Javier Milei nos debería dar una pista sobre cómo superar este estancamiento que tenemos hace años, porque fijate que, si en algo no se lo puede criticar, es que su esquema macroeconómico ha logrado que la economía argentina crezca, particularmente en aquellos sectores que generan dólares: el campo, la minería, el petróleo, el gas y la energía.
El problema de sostenibilidad de ese modelo —que hoy se observa incluso en muchos reportes internacionales de fondos o bancos a los que solo les importa la probabilidad de cobrar los bonos que la Argentina emitió— empieza a aparecer por el lado del empleo y del consumo. Esos sectores generan muchos dólares, pero muy poco trabajo, y la economía argentina presenta una dinámica en la que el mercado laboral se está precarizando rápidamente.
Ahora bien, si uno dice: bueno, tal vez Milei enfrente un problema por ese modelo; y supongamos incluso que perdiera las elecciones porque la gente vota en contra del gobierno por un nivel de consumo que le resulta insatisfactorio, lo peor que nos podría pasar es volver a un esquema que descuide los sectores que generan dólares —el campo, la minería, el petróleo, el gas y la energía— para volcar esos recursos al consumo. Porque rápidamente tendríamos un fenómeno de mejora momentánea que terminaría estrangulado por el sector externo.
Con lo cual, la verdad es que el arte está en combinar el crecimiento del mercado interno con el crecimiento de las exportaciones en democracia. Si yo te hubiera dicho “crecimiento del mercado interno con crecimiento de las exportaciones”, vos me podrías haber dicho: China, que desde su entrada a la Organización Mundial del Comercio dejó de tener un modelo basado en el ahorro interno, es decir, un modelo de consumo interno bajo.
Hoy China crece tanto por la expansión de su propio mercado interno como por la de sus exportaciones. Estados Unidos, en un momento, encontró ese modelo en dos ocasiones en la historia: en el Estado de bienestar y en la primera década después de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
Ahora, rápidamente, cuando aparece China en este plano, ¿qué le pasa a Estados Unidos?
Entiende que la manera de fomentar un consumo alto y precios bajos es justamente abrirse a China, que al entrar al mundo de la manufactura introducía presiones deflacionarias a escala internacional. De hecho, los economistas llaman a ese período Gran Moderación, que va desde fines de los 80 hasta bien entrado el 2000, cuando la economía mundial crece a tasas altas con muy bajos niveles de inflación.
La razón detrás de esto no fue tanto el perfeccionamiento de las herramientas de política monetaria, como interpretaba Alan Greenspan, quien dijo: “Aprendimos a manejar los bancos centrales”. Yo soy más de la idea de que eso estuvo muy ayudado por China, que durante décadas redujo los precios de las manufacturas, lo cual paradójicamente para Estados Unidos fue muy bueno, pero terminó generando áreas de desempleo y de ingresos deprimidos, como el Rust Belt, sobre las cuales Donald Trump se monta para cometer el típico error argentino: cerrar la economía y fomentar el consumo.
Por supuesto, Trump, por definición, no se puede quedar sin dólares, como nos pasa a nosotros, pero sí puede debilitar el dólar. Desde su asunción y, sobre todo, desde el Liberation Day en marzo del año pasado, estamos viendo un fenómeno de debilitamiento del dólar a escala internacional, que genera reacciones en el oro, en la plata y en los mercados emergentes, y que además coloca a los economistas en un mundo inexplorado.
Si hoy me preguntás cuál es el activo libre de riesgo, yo, desde que estudio economía, estaba entrenado para contestar: el dólar o los Bonos del Tesoro de Estados Unidos. Hoy cada vez más analistas decimos que el dólar y los bonos del Tesoro ya no son activos libres de riesgo. ¿Por qué? Porque existe un riesgo de evaluación: si refugiás tu riqueza, tus ingresos o tus flujos en el dólar o en los bonos del Tesoro, te enfrentarás a un Trump que, tal vez para ganar la elección de medio término, presiona a la Reserva Federal para bajar la tasa de interés, generando una devastación del dólar.
Casi en una actitud oracular, Kalecki reflexiona sobre el nazismo, ¿no? No sobre China ni sobre Rusia. Lejos de imaginar la China de aquel momento; claro, no hay un gobierno “cuca” al que se refiera de manera peyorativa el presidente. Él dice: “Bueno, en estos sistemas no hay problema de próximo gobierno porque siempre el gobierno es el mismo”. Y casualmente nos encontramos con que China rompió la tradición de que los presidentes duran diez años y ahora Xi Jinping es presidente eterno. Y en aquella época de la gloria de la ex Unión Soviética, Stalin era el jefe de Estado eterno. O sea, vuelve a plantear, podríamos decir, hace casi cien años, la discusión de hoy: si el capitalismo puede competir contra un sistema capitalista autoritario, para decirlo de alguna manera, como era el nazismo, que hoy es China. A nadie se le ocurriría comparar a Hitler con Xi Jinping, pero en el fondo la esencia de un capitalismo regulado por el Estado y autoritario, salvando las grandes diferencias, es la misma.
Yo creo que el problema que tienen la economía de mercado, y particularmente las economías que se enfrentan con la necesidad de hacer correcciones, es que típicamente esas correcciones implican dolores presentes para beneficios futuros. Entonces, la alternancia democrática genera un gran desafío: ¿cuál es el presidente que hace las correcciones, enfrenta esos costos y probablemente el enojo de la sociedad, para que algunos de esos beneficios los termine usufructuando el que dice “yo voy a cambiar todo” y en realidad está tomando provecho de esas correcciones?
Y te digo algo que casualmente la semana pasada lo discutía con un fondo extranjero, porque analizábamos la velocidad y la intensidad de la apertura económica de Milei, que tiene un objetivo, por supuesto, de bajar los precios, de permitir que el consumidor enfrente valores más razonables, pero que al mismo tiempo, para cualquier analista, es un proceso de cambio muy drástico en un tiempo demasiado corto, con un tipo de cambio que no protege a la industria y con una tasa de interés que dificulta que cualquier industrial diga: “Bueno, voy a sacar un crédito para reconvertirme”.
Y yo recordaba que la dictadura, que también tuvo un período de apertura —la dictadura argentina, que también realizó un ejercicio de apertura comercial muy grande— se tomó 36 meses para abrir la economía argentina. Milei se tomó nada más que 12. Pero claro, ¿cuál era —lo digo con muchas comillas, entendiendo la sensibilidad del tema y sobre todo con la cercanía del aniversario número 50— la tranquilidad que tenía Martínez? Que se podía tomar 36 meses porque sabía, o pensaba, que no iba a tener que enfrentarse con las urnas.
En cambio, imaginate que Milei nos dijera: “Yo dentro de cuatro años voy a abrir la economía como la tenemos abierta hoy. Así que le voy avisando a la industria, a las actividades sensibles, que vayan reconvirtiéndose o cerrando, indemnizando a sus trabajadores o buscando otro tipo de actividad en la cual insertarse”. Bueno, claramente las empresas podrían decir: “En cuatro años va a gobernar otra persona. Es más, va a gobernar otra persona porque Milei va a perder por no abrir la economía y por tener precios domésticos tan altos que el consumidor termina, no sé, viajando a Chile a llenar la valija”.
Entonces te digo esto para no menospreciar el desafío que tienen hoy, qué sé yo, presidentes tan ruidosos como Trump o como Milei, en este lado del hemisferio donde creemos que la democracia, en lo que respecta a libertad de expresión, libertad de elección, respeto de las minorías y, sobre todo, respeto a las instituciones, es un valor.
El capitalismo pudo y supo avanzar de manera democrática y no perder, por ejemplo, la carrera que estuvo dentro de la Guerra Fría con la Unión Soviética. Ahora, en ese avance y en esa democracia tuvo que disciplinar tanto a sindicatos como a cámaras empresariales. Y me parece que eso es una verdad incómoda que no se suele decir. O como le pasó al plan de estabilización de Israel, que tuvo que disciplinar sindicatos y también a empresarios.
Me parece que después de Reagan y Thatcher el mundo giró a la derecha, y esa libertad de empresa durante muchos años estuvo tapada en sus efectos negativos por la proliferación de las finanzas. Y Estados Unidos, por ejemplo, entró en esa dinámica donde la gente consumía con su tarjeta de crédito, compraba sus casas con hipoteca y no le preocupaba tanto perder la protección de un sindicato o perder incluso sus empleos a manos chinas.
Bueno, hoy me parece que ese modelo, esa fase del capitalismo, se agotó. Y creo que la salida que le estamos encontrando está bastante peleada con la democracia. Yo soy de los ilusos que creen que hay una salida democrática a un capitalismo que corra a la velocidad que corre China, pero obviamente es más dificultoso.
Bueno, obviamente estamos compartiendo este texto de Kalecki con el objetivo optimista de encontrarle una solución al problema y que la democracia pueda ser el sistema más productivo, no solamente el más justo. Y parte de lo que incluso vale para tratar de entender el fenómeno de Milei es que primero hay que comprender por qué se producen estos hechos.
Es decir, puede parecer que esta conversación que tuvimos hasta ahora, de media hora, está desprendida y es teórica, totalmente alejada de la realidad, cuando me parece además muy pertinente respecto de qué es lo que está haciendo Trump y la guerra con Irán, vista desde la perspectiva de que en realidad su guerra es con China. Y que el tema del aumento del precio del petróleo, si bien le genera un problema interno con la inflación de Estados Unidos, puede llegar —y esta es mi pregunta— a generarle problemas a China, que es dependiente de la importación de energía e inclusive de todo tipo de commodities. Porque el del petróleo implica luego aumento de todas las demás commodities.
¿Será que, consciente o inconscientemente, inteligente o torpemente, Trump le encuentra la vuelta en realidad a cambiar el término de intercambio, para que los precios manufactureros bajen y las materias primas suban? Y dado que China no tiene materias primas y Estados Unidos sí.
Mirá, ¿sabés que en el seguimiento y análisis del gobierno de Trump yo en la oficina, con el equipo, lo llamo “el sesgo de racionalización”? Digo que es algo que tenemos que combatir: todo el tiempo estamos viendo la quinta derivada de la decisión de Trump porque queremos creer que tiene un componente de racionalidad. Y ahora, justamente esta semana, lo pensaba —vale para Milei también—.
La semana pasada estuve en Nueva York toda la semana trabajando y, por supuesto, al inicio el consenso era: bueno, Trump quiere hacer tres cosas para ganar la elección. Bajar la tasa para que el consumidor pueda consumir más; bajarle el precio de los alimentos, porque acordate que es un presidente que gana diciendo “ya no podemos desayunar”, ¿no?, por el aumento del huevo y el tocino que afectaba los bolsillos norteamericanos; y bajar el precio de la gasolina, una de las cosas que más golpeó negativamente a Biden después de la invasión de Rusia a Ucrania.
Bueno, yo del lunes a viernes vi un aumento del 15% del precio de la gasolina en el mercado norteamericano, en Estados Unidos. Entonces uno diría: bueno, tal vez en el largo plazo esto implique que China podría tener… Pero Trump tiene elecciones en noviembre y hoy el consenso es que las pierde. Y estas medidas le generan un doble perjuicio.
Primero, el concreto del consumidor, que dice: “Bueno, estamos bombardeando Irán, pero a mí llenar el tanque de mi camioneta me sale más caro”. Y el segundo es que he visto encuestas de todo color ideológico donde la sociedad norteamericana no apoya la invasión. Y creo que por un doble motivo. Primero, porque no ocurrió un escenario en el cual Trump explicó claramente lo que hoy denomina la amenaza nuclear. Si bien siempre fue algo que se discutió, creo que no armó bien el escenario, no preparó la opinión pública para esta invasión.
Y otro: mirá, te voy a decir lo que me decía un fondo que estaba sorprendido. Me decía: “Mirá, será un problema mío como padre, será un problema de la educación, pero mis hijos no tienen idea de qué pasa en Irán”. Entonces hay una generación que lo único que ve es que el gobierno está gastando recursos y matando gente en un país del cual no conoce mucho qué pasa y no entiende la importancia para nosotros, Estados Unidos, de la invasión.
Entonces te diría algo que a mí me pone pesimista: creo que ni siquiera hay un plan detrás de esta invasión.
Por eso dije —me parece que eso es lo que ve el mercado—. Hoy estamos con los índices de volatilidad aumentando todo el tiempo porque realmente es difícil de interpretar.
Emanuel, por eso dije “consciente o inconscientemente”. Coincido totalmente con vos en lo que decía Nietzsche: que el ser humano soporta cualquier cosa, a menos que no haya una explicación, y por lo tanto nosotros tenemos que ponerle una explicación a lo que puede no tenerla. Y te digo: esa ha sido la interpretación de la política de Perfil a lo largo de 50 años respecto de todos los presidentes, señalando que muchas veces el carácter es más importante que la ideología. Pero a lo que iba es que China, aun con sus 11 millones de kilómetros cuadrados, ocupa un pedacito del planeta, pero tiene el 25% de la población y el 50% de la producción de bienes industriales. Finalmente, el problema sustancial en la guerra con China, volviendo a Kalecki, son los términos de intercambio entre los productos terminados y las materias primas. ¿Quién tiene las materias primas? Es decir, si finalmente la lógica para competirle a China desde el punto de vista de Estados Unidos no sea el aumento del precio de las materias primas, independientemente de que lo haya pensado.
No, no, te entiendo. Porque si vamos a un mundo mercantilista donde al final terminan siendo más caros los alimentos que las manufacturas, obviamente sería un giro de 180 grados en lo que venimos viendo en las últimas décadas.
Ahora te digo que, pensando y estudiando sobre la dinámica de Estados Unidos y China, me pasa lo siguiente, Jorge. Cuando uno mira la foto, por supuesto que Estados Unidos tiene más bases militares, más armamento, más stock, etcétera. Ahora, cuando uno mira la película, la capacidad de China —por ejemplo, la naval— es abismalmente más grande y más eficiente que la de Estados Unidos.
O sea, si China hoy se pusiera a incrementar su flota naval, Estados Unidos no tendría cómo correr. Tecnológicamente ya hay mucha información respecto de la industria del dron, de la información y de las telecomunicaciones. Y además, en términos de insumos estratégicos, tenés razón en casi todo salvo en tierras raras, que son un insumo sustantivo para la industria armamentística y militar, y que es una de las razones por las cuales Trump fue permeable a bajar los aranceles.
¿Te acordás que una retaliación implícita de China fue prohibir la exportación de tierras raras durante un período muy corto de tiempo que llevó a Trump a retroceder?
Entonces, te digo la verdad: desde que Trump inició este ataque yo siento que Estados Unidos corre atrás. Y por otro lado, por lo que hablábamos de la democracia, pienso que el Partido Comunista chino considera que Trump es una anécdota.
“Obvio, dos años —dicen—, faltan dos años”.
Exacto. Es un suspiro en la dinámica del partido chino y de ese país que tiene, creo que si no me equivoco, ya como 20 planes quinquenales desde que entró a la OMC. Entonces, francamente, creo que acá hemos dicho todo el tiempo: “Uy, ahora China va a temblar, uy, ahora China va a temblar”. Y lo único que veo es a Estados Unidos temblando.
Trump volvió a recordarle a Milei el apoyo electoral: "Estaba abajo y subió como cohete"
Por eso me llama mucho la atención. Y veo un Trump que, si te fijás en términos de shocks, cada mes que pasa la cantidad de impactos que le mete a la economía es mayor, en una idea de que evidentemente lo que sea que tiene en la cabeza no está saliendo de la manera que él quisiera que saliera.
MV