—Usted fecha con precisión el umbral del 30 de noviembre de 2022, en el que se lanzó ChatGPT y lo plantea como un hecho único en la historia de la humanidad. ¿Qué fue lo que vio en ese momento o en las semanas que lo siguieron, que lo llevó a pensar que no se trataba de una innovación técnica más, sino un cambio de otra naturaleza?

—Suelo contar que la noche del 30 de noviembre al 1º de diciembre de 2022 dormí muy mal, aunque habitualmente duermo muy bien. Apenas vi que se lanzaban al mercado las inteligencias artificiales generativas, comprendí que se estaba produciendo un cambio como los que rara vez se viven en la historia de la humanidad. A partir de ese día se produjo lo que llamo el giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial, que es el subtítulo de mi libro El desierto de nosotros mismos. ¿Qué significa? Que de ahora en adelante, y cada vez más, se encomendará a los sistemas la realización de tareas que, desde tiempos inmemoriales, movilizaban nuestras facultades intelectuales y creativas. Es decir, aquello que nos es propio, nuestro centro vital, quedó expuesto de un día para el otro a un proceso llamado a no detenerse nunca, que amenaza con reducirlo o incluso, con el tiempo, casi erradicarlo, en beneficio de sistemas a los que delegamos lo que me atrevería a llamar nuestra alma. Abro mi libro con una breve cita de Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline: «Yo puedo decir que la vi venir, la catástrofe». La había olvidado y volví a encontrarla en 2024. La elegí como epígrafe porque me impactó que, durante las semanas y los meses posteriores al 30 de noviembre de 2022, solo vi multitudes celebrando, en las redes sociales, entre mis amigos, en la calle y en los programas de televisión. Celebraban unos sistemas que, en aquel entonces, producían sobre todo textos, que escribían y se pronunciaban en nuestro lugar. Creo que la humanidad ha caído muy bajo al recurrir a máquinas para que hablen en su nombre. Pero ¿con qué tipo de lenguaje? Con lo que llamo un lenguaje de muerte: necrosado, estandarizado, matematizado, desprovisto de todo aliento vital. Estaban en juego dimensiones tan fundamentales y delicadas, aquello que nos es más propio, que podríamos haber esperado de la humanidad una actitud de phronesis, como decía Aristóteles. Phronesis significa prudencia, pero no solo eso. Ante situaciones delicadas, potencialmente peligrosas, debemos ejercer nuestra facultad de juicio con circunspección y sagacidad, porque, si no lo hacemos, corremos el riesgo de avanzar hacia horizontes muy peligrosos. Eso es exactamente lo que estamos viviendo. No actuamos con prudencia: todo el mundo se abalanzó sobre estas máquinas. Y lo vamos a pagar muy, muy caro desde el punto de vista social, cultural, civilizatorio y espiritual.

—En “El desierto de nosotros mismos”, usted recorre una larga historia de delegación de la técnica. Primero de nuestras fuerzas físicas, luego de las tareas cognitivas y ahora directamente de nuestras facultades intelectuales y creativas. ¿Por qué cree que esta última delegación es de naturaleza muy diferente a las anteriores?

—La técnica tiene una larga historia. En su primera gran etapa cumplió una función protésica. Los seres humanos inventaron herramientas y máquinas para realizar tareas a una escala y a una velocidad que excedían las posibilidades del cuerpo. Hasta la posguerra, hasta los años cincuenta, buena parte de la historia de la técnica consistió en eso, en poder desplazarnos más rápido o levantar cargas más pesadas. Nada de eso implicaba una negación de lo que somos. Con la Revolución Industrial, las máquinas adquirieron tal potencia que tendieron a convertir a los trabajadores en una suerte de robots, en seres impersonales cuya función era hacerlas funcionar. Ese fue uno de los dramas de la Revolución Industrial. Al mismo tiempo, muchos de esos dispositivos ampliaron nuestra capacidad de actuar sobre el mundo. Eso trajo beneficios y también tuvo consecuencias para el planeta. Pero en ese proceso todavía no delegábamos en las máquinas aquello que nos es propio. En los años noventa y en la década del 2000, la informática nos permitió realizar cada vez más operaciones cognitivas, desde hacer cálculos y comprender situaciones hasta comunicarnos y escribir con un procesador de textos. Aun así, algo esencial de nosotros permanecía intacto. La gran ruptura se produjo hace cuatro años. Lo que está en juego ahora es el núcleo mismo de lo que somos. Fíjese en lo que estamos haciendo en este momento. Conversamos, reflexionamos, tratamos de analizar una situación. Con el tiempo, las máquinas van a hacerse cargo de todo eso. No podemos considerar que un cambio semejante forme parte del curso natural de las cosas. Como señalaba Michel Foucault, entre otros, analizar los fenómenos históricos exige estudiar las continuidades y saber reconocer las rupturas y apreciar su alcance. Hay rupturas en la historia de la humanidad que pueden redefinirlo todo. No podemos tomar a la ligera una transformación social, cultural, civilizatoria y antropológica de esa magnitud sin examinar con precisión qué está en juego. Probablemente todavía no hayamos comprendido el alcance de la ruptura que tenemos ante nosotros. A comienzos de noviembre de 2026, lo que nos toca hacer en este diálogo, con los elementos de análisis de los que disponemos, es examinar qué hemos creado y adónde puede llevarnos. Están por cumplirse cuatro años del lanzamiento de ChatGPT y faltan otros cuatro para 2030. Estamos a mitad de camino. En estos cuatro años han pasado muchas cosas y nos quedan otros tantos si queremos evitar perdernos en lo que llamo «el desierto de nosotros mismos», el abandono absoluto de nuestras facultades más fundamentales. Hay fuerzas e intereses muy poderosos que nos llevan a creer que todo esto es una evolución más, algo casi natural. Mucha gente habla en nuestro nombre. Quienes deben tomar la palabra son quienes pueden analizar lo que ocurre con independencia, sin defender intereses en juego.

“La IA tiene el lenguaje de la muerte necrosado, estandarizado, matematizado, desprovisto de todo.”

—Usted, hace diez años, en “La Siliconización del mundo”, describió la expansión a escala planetaria del modelo nacido en Silicon Valley, que llamó tecnoliberalismo. ¿Qué continuidad encuentra entre ese diagnóstico y hoy, analizando la inteligencia artificial generativa?

—En ese libro, que publiqué hace exactamente diez años, analicé cómo la llamada «economía de los datos», nacida en Silicon Valley, se había impuesto como el modelo económico supuestamente más prometedor. En todas partes querían reproducirlo. Buenos Aires aspiraba a ser el nuevo Silicon Valley de América del Sur, y Santiago tenía la misma ambición. Lo mismo ocurría en París, Londres, Barcelona, Delhi o Tel Aviv. Todas esas ciudades querían ser el nuevo Silicon Valley o, al menos, imitar su modelo, convencidas de que allí estaba el futuro. Había una suerte de seguidismo en esa adhesión a un modelo que venía de un solo lugar. Hoy vemos la misma actitud. Desde hace cuatro años, todo el mundo quiere subirse al tren de la inteligencia artificial sin haberse hecho las preguntas necesarias. En Francia, por ejemplo, Emmanuel Macron se apresuró a respaldar a la empresa Mistral AI sin preguntarse si lo que apoyaba podía poner en peligro algunos de los principios fundamentales que Francia defiende. Lo que sucede desde hace unos años es una continuación directa de lo que llamé la “silicolonización del mundo”. Hay algo decisivo que conviene tener presente. Tanto esa silicolonización como la expansión de la inteligencia artificial a todos los ámbitos de la vida responden a un proyecto industrial. Lo respaldan dirigentes políticos que ven en él el horizonte luminoso del capitalismo, pero no es un proyecto de sociedad. Tal es su poder y tanto se ha insistido en que representa el futuro del capitalismo que terminó por imponerse como un modelo ineludible. Las sociedades no tuvieron voz. Y cuando hablo de la sociedad, hablo del mundo del trabajo, de la cultura, de la investigación, de la escuela. Nadie tuvo la oportunidad de pronunciarse. El modelo se impuso. Esto plantea un problema político de primer orden, porque la política supone pronunciarse colectivamente. Supone una pluralidad de voces, la confrontación de ideas y, en ocasiones, el desacuerdo. Aquí no hubo pluralidad, debate ni acuerdo. No hubo ningún proceso político y, sin embargo, las consecuencias políticas son enormes. La cuestión es cómo recuperamos la capacidad de decidir sobre todo esto. Y cuando digo «nosotros», me refiero al conjunto de la sociedad, a todas las fuerzas que la integran. Lo que lamento es que todavía no veo en la sociedad ni una conciencia de lo que está en juego ni una movilización a la altura de lo que exige la situación.

“La mayor cualidad del pueblo argentino es el interés por el otro, la pasión por el otro.”

—En este nuevo libro sostiene que desde el inicio de la cibernética, a mediados del siglo veinte, anima a los ingenieros a un credo que consiste en construir artefactos superiores a nosotros mismos. Y que ese credo encierra una forma de odio hacia lo humano. Para nosotros, para ilustrarlo, usted retoma una, respuesta de Hinton, uno de los pioneros de las redes neuronales, que llegó a decir que no es seguro que los humanos seamos la mejor forma de inteligencia posible. ¿De dónde proviene ese desprecio por lo humano y cómo llegó a convertirse en un proyecto industrial?

—Me parece increíble que Geoffrey Hinton haya dicho que tal vez no seamos la mejor forma de inteligencia. ¿Cuál sería, entonces, la mejor? Hay en esa idea una negación de nosotros mismos, incluso un odio hacia lo que somos. Hinton dudó antes de decirlo y terminó por hacerlo ante la insistencia de una periodista. Esta idea tiene una historia que analicé en La silicolonización del mundo. En Estados Unidos, y en particular en el mundo tecnológico de California, está muy arraigada la creencia de que la creación quedó inconclusa. El mundo está lleno de defectos y el ser humano también. Usted, yo, todos cometemos errores. Hay guerras, desorden, caos, aunque el mundo no se reduzca al caos. Desde hace unos quince años prevalece en Silicon Valley la convicción de que estamos ante un milagro. En aquel entonces se hablaba de «tecnologías exponenciales». La promesa era que las tecnologías digitales y las primeras formas de inteligencia artificial iban a redimir, a un ritmo exponencial, todos los defectos humanos. Esa era la ideología, y Hinton, por mucho que haya dudado en decirlo, comparte esa visión. La promesa llega tan lejos que serán los sistemas los que verifiquen nuestros actos. Ya ocurre en la aeronáutica, un tema que me apasiona. Los pilotos siguen piloteando, pero los sistemas comprueban si cada una de sus maniobras se ajusta a lo previsto. Eso empezó con el Airbus A320. Cuando Hinton dice que quizá no seamos la mejor forma de inteligencia, parte de la idea de que la tecnología nos conducirá hacia una sociedad sin defectos, higienista, en la que todo estará optimizado para alcanzar la máxima eficiencia y en la que desaparecerá lo real. Aquí, en un país de lacanianos, sabemos la importancia que tiene lo real. Lo real es la experiencia, el límite, lo inesperado. Es también la insatisfacción, la frustración. De eso habla Lacan. Lo que se pretende es que todo eso desaparezca y que, en cada ocasión, se nos presente la situación que los sistemas hayan calculado como la mejor, tanto para el individuo como para la sociedad. ¿Nos damos cuenta de que eso equivale a negar lo que nos hace humanos y lo que hace posible la historia? Siempre hay lugar para lo inesperado, para la responsabilidad y para la acción. No hay una verdad absoluta. Vivir es aprender a lidiar con lo que nos toca y procurar que las cosas salgan lo mejor posible. Claro que tenemos defectos, pero pretender redimirnos de todos ellos equivale a negarnos a nosotros mismos. Todo esto responde a un proyecto industrial que busca generar ganancias gigantescas. Se apoya en una ideología que la sociedad quizá aceptó con demasiada facilidad, con demasiada ingenuidad. Basta con ver lo que ocurre hoy en la psiquis de las personas. Uno se dice “Tal vez haya que vivir así. Si quiero conocer a alguien o ir a un buen restaurante, el sistema tiene que decirme quién me conviene o qué restaurante elegir». Y termina por pensar «Ya no tengo que decidir yo”.

“Lo que está en peligro es nuestra facultad deser libres y de pensar en primera persona.”

—Ahora, según usted, estar todo el tiempo frente a las máquinas que se presentan como portadoras de la verdad termina borrando la figura del otro, ¿no? ¿Qué lugar entonces ocupaba el otro en la manera en que aprendíamos, que pensábamos, que nos equivocábamos? ¿Y qué le sucede a una vida en la que ya no hace falta preguntar nada a nadie?

—En realidad, es un modo de vida antiargentino. Eso de excluir al otro es la “antiargentinidad”, si me permite la expresión. Usted mencionó una noción muy importante, la de verdad. Se habla muchísimo de inteligencia artificial, pero a menudo reina la confusión. Si uno le pregunta a la gente qué es la inteligencia artificial, a muchos les cuesta explicarlo. Unos dicen que hace falta más, otros que hace falta menos. Para unos es maravillosa, para otros es terrible. Pero ¿de qué estamos hablando? Por una cuestión elemental de método, habría que distinguir dos tipos de inteligencia artificial. Uno funciona desde hace unos quince años y sigue vigente. El otro apareció hace cuatro. Ya en 2018 intenté formular una definición clara y rigurosa del primero en mi libro La inteligencia artificial o el desafío del siglo, que fue traducido al español. La distinción importa precisamente por la relación que ambos mantienen con la verdad. Creo que hablamos del primer tipo hace dos años, señor Fontevecchia. Es una potencia de análisis experto, capaz de interpretar fenómenos cada vez más diversos y de hacerlo cada vez más en tiempo real. Tomemos el ejemplo de Waze. La aplicación interpreta el estado del tránsito a una velocidad a la que yo no podría hacerlo y, a partir de esa interpretación, me sugiere que tome un camino en lugar de otro. Por eso definí esta inteligencia artificial como una “potencia cognitiva y organizacional”. Interpreta y organiza. Lo que nos indica admite distintos grados. A veces nos sugiere cómo actuar y a veces nos lo prescribe. A eso lo llamé el “giro conminatorio de la técnica”. Decía que la técnica se convertía en una instancia que nos dice la verdad. ¿Por qué hablar de verdad? Porque la verdad, a diferencia del hecho, tiene siempre una dimensión prescriptiva. La verdad religiosa llama a quienes eligen someterse a sus dogmas a actuar en consecuencia, por ejemplo, a respetar determinadas restricciones alimentarias. También la palabra de los padres es palabra de verdad. “Son las nueve de la noche, es hora de acostarse”. Y uno actúa en consecuencia. Ese primer tipo de inteligencia artificial interpreta una situación y, a partir de ahí, formula una recomendación. Esto tiene consecuencias jurídicas y políticas muy importantes, porque son los sistemas los que nos dicen que actuemos de una manera o de otra, por lo general con fines de racionalización o para inducirnos a realizar transacciones comerciales. A eso me refiero cuando digo que la técnica se erige en una instancia que enuncia la verdad. Hace cuatro años apareció otro tipo de inteligencia artificial, tan distinto que casi podríamos haberle dado otro nombre. Su potencia consiste en producir símbolos, ya sean textos, imágenes o sonidos. Es algo muy distinto de la capacidad de análisis experto. Sin embargo, ambas formas de inteligencia artificial coinciden en un punto, el de la verdad. A través de los robots conversacionales, los sistemas de IA generativa nos hablan y nos dicen qué hacer. “Haga esto”, “vaya a tal restaurante”, “haga tal viaje”. Y las personas entablan una relación con esos sistemas para decidir cómo actuar. Vamos hacia un mundo en el que multitudes dejarán en manos de sistemas la decisión sobre el rumbo de su vida. Hace dos semanas leí en Le Monde un artículo sobre unas personas que iban a Singapur y le pidieron a ChatGPT que les organizara todo el viaje. Ellas ya no hacen nada. Es la verdad omnisciente de la técnica. La técnica sabe más que yo. En esa misma línea, Sam Altman decía en 2023 que el futuro eran los superasistentes para todos los ámbitos de la vida. Un superasistente arquitecto, un superasistente diseñador, un superasistente profesor. Van a responder a todo lo que les pidamos, en cualquier ámbito de la vida. ¿Qué significa eso? Que yo lo excluyo a usted de mi horizonte. Cada vez lo necesito menos. Cada vez más, voy a estar cara a cara con un sistema. Al comienzo decía que la mayor cualidad del pueblo argentino es el interés por el otro, la pasión por el otro. Eso es lo que va a desaparecer. Tenemos que volver a pensar en términos teóricos qué es la alienación contemporánea. El concepto de alienación tiene una larga historia desde Marx. 

Sadin con Fontevecchia: “Serán los sistemas los que se hagan cargo del curso del mundo en su conjunto. Es la negación de lo político, la negación de nosotros mismos, la negación de la pluralidad”. (FOTO MARCELO DUBINI)

Hoy es indispensable teorizar sobre la forma que ha tomado en estos últimos cuatro años. Espero que lo que estamos conversando interpele a los lectores de Perfil. Creo que la mayor forma de alienación contemporánea, tanto por la modalidad que adopta como por su masificación a escala planetaria, es la dependencia continua del sistema. Dependemos de él para escribir, para decidir qué curso darles a las cosas, hasta para preguntarle cómo organizar una comida. Esa dependencia total tiene tres consecuencias. La primera es el enorme costo energético. Hay muchos jóvenes que dicen “Yo no viajo en avión”. Muy bien. Pero si uno les pregunta “¿Y vos usás ChatGPT o Claude?”, ya no están tan orgullosos. Si decidís no viajar en avión, tampoco deberías usar la IA generativa. Las dos cosas van juntas, porque la conciencia no se divide. La segunda tiene que ver con la dependencia respecto del sector privado. Imagino que le hablo a un estudiante de veinte años. Sos anticapitalista y usás ChatGPT. Cada una de tus consultas genera ganancias. Así hacés que tu vida se apoye continuamente en sistemas privados. Que tu vida dependa a cada momento de ese régimen privado es otra forma de alienación. La tercera modalidad de alienación, y es terrible, consiste en desprendernos de nuestra autonomía de juicio. Yo no necesito un sistema que decida cómo voy a pasar mi estadía en Buenos Aires. Quiero perderme en las calles de Buenos Aires, señor Fontevecchia. En eso consiste la felicidad de la que hablaba Guy Debord, en deambular. Quiero perderme. La alienación consiste en depender de esos sistemas, y eso es lo que tenemos que teorizar.  Uno puede estar alienado sin siquiera advertirlo. Estos sistemas tienen para uno más atractivo que el azúcar, que una Coca-Cola cargada de azúcar o que un helado de chocolate. Resultan tan útiles que uno pierde de vista hasta qué punto depende de ellos. Recurrir a esos sistemas de la mañana a la noche para decidir el rumbo de la propia vida es la mayor forma de alienación contemporánea. El costo energético es gigantesco. A eso se suma el vínculo permanente con un régimen privado que uno mismo alimenta constantemente. Y, además, uno renuncia a su facultad de juzgar. Volvería a las palabras de Immanuel Kant. “Atrévete a pensar por ti mismo”. Atrévete. Supone un esfuerzo, no es algo que se dé por descontado. Atreverse a pensar por uno mismo es la base del humanismo europeo que ha nutrido a todo nuestro mundo. Es también el fundamento de la libertad, de la pluralidad, de la contradicción y de la aceptación de que todos somos seres singulares y libres. Y, sin embargo, vamos hacia un régimen de homogeneización absolutamente lúgubre.

“Ya se automatizan profesiones de servicios en la abogacía, la informática y el periodismo.”

—Al aparecer ChatGPT, usted decía que cientos de millones de personas se abalanzarían sobre esas máquinas sin hacerse preguntas por los hijos, en el sentido de que los adultos abandonamos a las nuevas generaciones. Lo mencionaba nuevamente aquí en el reportaje. ¿Qué tendría que haber hecho una sociedad responsable frente a sus hijos en aquel momento y más aún, ¿qué se puede hacer?

—Señor Fontevecchia, le dije que la noche del 30 de noviembre dormí mal. Soy feliz en mi vida, pero me entristece y me desespera todo el tiempo que hayamos abandonado a nuestros hijos. Es importante ver la cronología, cómo sucedieron las cosas. A partir de diciembre de 2022, todo el mundo se abalanzó sobre esos sistemas. Yo me decía “vamos hacia algo muy grave” y veía multitudes entusiasmadas. Ese contraste ya me resultaba muy perturbador. Lo analicé muy pronto, en una columna que apareció en Le Monde en enero de 2023 y que después reprodujo Página/12, uno de sus competidores, discúlpeme. También con usted hacemos a menudo columnas y entrevistas, cosa que le agradezco. Me sorprendía que la gente ni siquiera se preguntara qué clase de lenguaje era ese. Muchos decían “ChatGPT es genial. Hay sistemas que escriben en nuestro lugar”. Si le parece, más adelante podemos volver sobre ese lenguaje y explicaré por qué lo llamo “el lenguaje de la muerte”. Pero antes de abalanzarnos sobre esos sistemas tendríamos que habernos planteado la madre de todas las preguntas, la madre de todas las preocupaciones, la que tiene que ver con nuestros hijos. Hace tres años yo preguntaba “¿Ven venir la pregunta que nos van a hacer nuestros hijos?”. Hablaba de los chicos que, unos años más tarde, iban a preguntarnos lo que ya nos preguntan hoy. “Papá, mamá, ¿por qué voy a la escuela? ¿Por qué me levanto a las siete y media de la mañana? ¿Por qué voy a aprender gramática? ¿Por qué voy a estudiar los grandes textos? ¿Por qué voy a aprender ortografía? ¿Por qué voy a aprender a leer? Y, al fin y al cabo, ¿por qué voy a aprender a escribir si hay sistemas que, con un simple prompt, con un chasquido de dedos, van a escribir en mi lugar?”. Olvidamos, en particular, que la práctica de la escritura, el ejercicio de la escritura, está en la base de la formación y la estructuración del pensamiento, del ejercicio de nuestro juicio y de nuestra facultad crítica. No nos hicimos esas preguntas y somos culpables de una grave irresponsabilidad. Creo que, si Dios existe, debería castigarnos por lo que hicimos, por haber abandonado a nuestros hijos. Y también abandonamos a muchos docentes que dicen que ya ni siquiera comprenden el sentido de su misión. Sé que usted quiere volver más adelante sobre la educación, pero quisiera contarle una pequeña anécdota. Este verano, en Santander, en España, adonde me había invitado la universidad, leí un volumen de George Sand titulado Escritos políticos. Sand contaba la historia de una joven con discapacidad intelectual que vivía en un hospicio católico de su región, el Berry, en el centro de Francia. En un momento dado, en el hospicio empezó a estorbarles. Ya no sabían qué hacer con ella y la dejaron vagar, como quien abandona a un perro. La administración de los servicios públicos, lo que existía en ese entonces, se hizo cargo de ella. Cuenta George Sand que, al cabo de unas semanas, allí también empezó a estorbarles y la abandonaron. Un tiempo después la encontraron muerta en el campo. Eso interpeló a George Sand, a su conciencia de socialista. Escribió una carta pública a la Iglesia católica y al prefecto. Les dijo “Ustedes abandonaron a esta joven. Es una vergüenza”. Y acuñó un neologismo. “Han cometido un inocenticidio”. No dijo “infanticidio”, señor Fontevecchia. Dijo “inocenticidio”. Y creo que todos hemos cometido un inocenticidio. ¿Por qué digo que hemos cometido un inocenticidio? Sé que vamos a volver sobre la educación, pero es muy importante decirlo. Nuestros hijos no lo saben. Quienes lo sabemos somos nosotros. Nuestros hijos no saben que usar esas máquinas los va a vaciar de sus facultades, que van a quedar reducidos a seres manipulables. Les correspondía a los adultos responsables decirle a un chico “Eso no lo toques”. Y el chico iba a preguntar “¿Pero por qué, papá, mamá?”. “Porque no es como un videojuego. Ni siquiera es como TikTok. Lo que está en peligro es tu facultad de ser libre y de pensar en primera persona. Y eso tenés que aprenderlo”. Le correspondía a la escuela, a los dirigentes políticos, a quienes somos padres, a toda la sociedad, decirles a los chicos “Eso no lo toquen”. Y después están los mercaderes del templo, señor Fontevecchia. Está el lobby. Los mercaderes del templo entraron en la escuela. Dicen “Vamos a adaptarnos, vamos a crear sistemas a los que los chicos se van a adaptar”. Uno no se adapta a sistemas que nos privan de la facultad de escribir y de pensar en primera persona.

Éric Sadin, en Periodismo Puro (FOTO MARCELO DUBINI)

—Usted dedica un capítulo al olvido criminal, según sus palabras, de los tres pilares sobre los que se apoya la educación. ¿Cuáles son esos pilares? ¿Qué rol le corresponde a la escuela cuando un chico puede obtener de una máquina en segundos el texto que antes le exigía aprender a escribir?

—Sí, los tres pilares. Hay principios fundamentales en la educación y, lamentablemente, los olvidamos. Somos responsables de nuestros hijos. Hace quince años que toda esa gente del mundo de la tecnología, todas esas empresas, ofrecen lo que se llama edtech, la tecnología educativa. En su mayoría son ingenieros o empresarios. No saben nada de educación. Quienes desde hace unos quince años proponen aplicaciones educativas y hoy proponen introducir la IA generativa, ¿leyeron el Emilio de Rousseau? ¿Leyeron lo que escribió Condorcet sobre la educación? ¿Leyeron a Hannah Arendt sobre la educación? Probablemente no. La educación es un campo de conocimiento y de exploración muy preciso. Ellos lo desconocen. Ponen esos productos en el mercado y hacen lobby en la escuela sin tener ninguna competencia en la materia. Quisiera darle un ejemplo de algo de lo que ya fuimos culpables. Pienso en lo que sucedió en Europa a mediados de la década de 2010. No sé cómo fue en la Argentina o en América Latina, pero en Europa se impuso una doxa, la de la digitalización de la escuela pública. Era el gran mantra. No hizo falta ninguna reflexión, ningún seminario, ningún congreso que reuniera a personas de distintas disciplinas. La digitalización de la escuela pública se presentó como una verdad. Por entonces, el primer vehículo de esa digitalización fueron las tabletas. Los países nórdicos, Noruega, Suecia y Dinamarca, estaban a la vanguardia de la digitalización de la escuela pública, si se me permite la expresión. Abandonaron los libros y la escritura a mano. Solo quedaron las tabletas. En noviembre de 2014, François Hollande, que era presidente de la República, hizo un anuncio por televisión. Yo vi la presentación. Como un rey que decide por su sola voluntad, dijo que a partir del año siguiente, es decir, de septiembre de 2015, todos los chicos de doce años que asistieran a lo que en Francia llamamos collège solo tendrían tabletas. Al oírlo, llamé a unos amigos docentes y a gente de la inspección educativa. Les pregunté “¿Sabías algo de esto?”. Nadie estaba al tanto. Y resulta que, cuando me enojo, señor Fontevecchia, escribo una columna. A los pocos días, Libération publicó la que escribí con el título “El desatino de las tabletas en la escuela secundaria”. Era 2014. Todavía se puede leer en línea. Por entonces la gente decía “Éric Sadin quiere volver a la época de las velas”. En francés hay un dicho, no sé si en español se dice lo mismo, “la venganza es un plato que se come frío”. ¿Por qué le cuento esto? Porque desde 2023, en los países nórdicos, docentes, neurocientíficos, directivos de escuelas y ministros dicen “Nos equivocamos por completo. No tendríamos que haber abandonado la escritura a mano ni la lectura profunda. No tendríamos que haber abandonado el vínculo de aprendizaje con el profesor ni el estudio de los grandes textos. Vamos a dar marcha atrás, a retomar todo eso”. Sí, pero ya es tarde. Es tarde porque se perdieron los hábitos y, mientras tanto, sacrificamos a una generación. Y eso es exactamente lo que está pasando ahora. Es como si no aprendiéramos de la historia, de nuestras faltas, de nuestros errores. ¿Se da cuenta? Sacrificamos a una generación de chicos que ya ni siquiera saben escribir con una lapicera, que están sobrexcitados, que ya no tienen paciencia para leer diez líneas de un libro. En cuanto a lo que llamo los tres pilares de la educación, están, en primer lugar, los “tesoros de la humanidad”, como decía Émile Durkheim. La filósofa Simone Weil usó la misma expresión. Los tesoros de la humanidad son el patrimonio del mundo. Son los grandes textos, las obras de Cervantes, de Lorca, de Victor Hugo, de Dostoievski. También los estudios, las ciencias humanas, la música, la historia del arte, los fenómenos históricos, la historia de las sociedades. Todo eso es nuestro patrimonio. Hay huellas de todo eso. Existe. El segundo pilar es la escuela. ¿Qué tarea les corresponde a los profesores? Hay una palabra, señor Fontevecchia, que casi hemos olvidado. La transmisión. Les corresponde asegurar esa transmisión, con su singularidad, con su pluralidad. Ningún profesor es igual a otro. Tienen sus defectos y a veces hay profesores que nos cambian la vida. Su tarea es transmitir ese patrimonio a los alumnos, que a lo largo de los años van a reapropiarse de él. La escuela es el lugar del aprendizaje. Y aprender significa descubrir que hay cosas más grandes que nosotros. Hoy se habla de una crisis de la autoridad. Pero la autoridad no consiste en dar un golpe de puño sobre la mesa. Consiste en comprender que hay cosas más grandes que nosotros, que en la historia hubo personas más grandes que nosotros. Eso es especialmente importante para los chicos. Comprender que hubo personas que pensaron, que produjeron grandes obras, reapropiarse de esas obras y aprender de ellas. ¿Con qué fin? Paul Valéry decía que el león está hecho de ovejas asimiladas. Se trata de hacer propio lo aprendido para poder hablar como un ser libre y, gracias a esa apropiación, hacer un aporte singular. Ese es el horizonte ideal de la escuela. Aprender para llegar a ser un ser libre y singular, en el sentido de que cada uno pueda hacer su propio aporte. Así, cada uno se convierte en una riqueza para la comunidad. La escuela tiene una larga historia que recorro en parte en el libro, incluida la profesionalización. Pero lo que está ocurriendo hoy con la IA generativa es que estamos abandonando el deber de formarnos y de formar a nuestros hijos para llegar a ser libres y responsables. Eso es lo que estamos abandonando. Seres singulares, libres y responsables en el seno de una comunidad de seres vivos.

—Usted mencionó las revueltas estudiantiles en Francia. Hay algunas comparaciones con el mayo del 68, y en aquél momento, después terminó ganando la derecha electoralmente. ¿Existe la posibilidad de que estas revueltas estudiantiles y esta rebeldía de los estudiantes en Francia terminen otra vez favoreciendo el triunfo de la derecha con Marine Le Pen?

—Analicé esto en La era del individuo tirano. Francia es un país, pero también es un ideal. Es un ideal republicano muy poderoso, el de la igualdad de oportunidades, la importancia de los servicios públicos, la calidad de las instituciones, la protección social y la salud. Otros países han hecho suyo ese ideal en algunas ocasiones. Lo que hemos vivido en Francia se ha vivido en todo el mundo, pero en Francia ha sido tanto más doloroso cuanto más poderoso es ese ideal. Está inscrito en nuestras representaciones. Es la idea de que formamos parte de un conjunto común, con bases comunes, con valores comunes, con oportunidades para todos, con una protección, con la posibilidad de hacer lo que a uno le gusta y de encontrar su lugar. Libertad, igualdad, fraternidad. Lo que experimentamos desde hace varias décadas es que eso funciona cada vez peor. Y desde hace veinte años, más aún desde hace unos diez, desde la llegada de Emmanuel Macron, el problema ya va más allá de que funcione mal. Es una ficción, señor Fontevecchia. Ya no creemos en ese ideal. Y no es solo que ya no creamos en él, es que es una ficción. Por eso la gente se siente traicionada. Cuando uno se siente traicionado, puede dejarse llevar por sus pulsiones. Tiene razones para estar enojado. Es el rencor. Por lo que oye, por lo que comprende, por lo que observa en sus padres, en sus amigos y en el estado de las cosas, esta generación de estudiantes percibe claramente un desfase entre los discursos, las representaciones y la realidad. La semana pasada, aquí en la Argentina, volví a leer en Le Monde a estudiantes que decían “La meritocracia no es verdad, es una ficción”. Creo que no se manifiestan por el estado de los edificios de los institutos, de las escuelas secundarias o de las universidades, aunque ese haya sido el motivo inicial, en septiembre. Tampoco creo que se manifiesten porque haya menos profesores o porque consideren que tienen demasiado trabajo. Es que ya no creen. Dicen que todo es una ficción gigantesca. A eso se suma la amenaza de la IA generativa, porque perciben que hay algo que los pone en peligro. Creo que ese es un rasgo que se manifiesta en todo el mundo. En Francia es muy marcado porque el ideal es muy poderoso. Nos ha decepcionado un ideal en el que todos quisimos creer. Es muy hiriente, muy humillante. Uno creció con ese ideal y después resulta que no existe. Todo eso es una ficción. Es de una violencia terrible. Es tan violento como que la mujer de uno lo engañe. En ese estado nos encontramos. Pero, en un sentido más amplio, el mundo entero ha dejado de creer. Ahí aparecen los adivinos. Puede ser la extrema derecha, pueden ser los populistas de izquierda, puede ser un loco que aparezca de un día para otro y haga promesas completamente disparatadas. Como ya no se cree en el orden de las cosas tal como se ha dado en los últimos cincuenta años, en los últimos veinte, queda abierta la puerta a perspectivas que pueden llevarnos por caminos muy peligrosos. No sabemos, por ejemplo, qué rumbo tomará Francia. Lo que creo es que nuestras psiquis están muy, muy desorientadas.

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“Milei, el opuesto absoluto de lo que es la Argentina misma”

—Déjeme decir que la semana pasada, en Córdoba, creí comprender algo del carácter argentino que se vincula con lo que probablemente conversemos. Creo que la mayor cualidad de los argentinos, una cualidad que todos deberíamos cultivar y que hoy está en peligro, es un interés casi desmesurado por los demás, una pasión por el otro. Y cuando digo el otro, me refiero a la familia, a los amigos, a las personas que uno puede encontrar en la calle y, por supuesto, a la cultura, los autores y los libros. Creo que nunca vi otro país en el mundo donde exista semejante interés, semejante pasión por el otro. Como si hubiera una conciencia de que no nos bastamos a nosotros mismos, de que la vida es más rica con los demás y de que podemos esperar mucho de ellos. Y, como comprenderá, al decir esto también estoy señalando lo que hoy se encuentra en peligro.

—La Argentina fue el país más igualitario de América Latina y encarnó un ideal para la región. Se reconoce en la tradición insumisa de Francia, con sus marchas, sus discusiones políticas y su espacio público politizado. En algunos sentidos, hasta parece más francesa que la Francia de hoy: aquí se estudia a Lacan en el grado y Foucault es el filósofo más estudiado. Usted, que ha visitado varias veces la Argentina, destacó el interés de los argentinos por el otro. ¿Cómo explica que un país con esa tradición haya elegido a un presidente que lleva el individualismo al extremo y se define como anarcocapitalista y libertario?

—No conozco la situación argentina tan bien como usted, ni de lejos, pero probablemente aquí, como en otras partes, ya no se cree. El peronismo, la derecha, vuelven, son siempre los mismos. Las alternancias son idénticas. Ya no se cree. Entonces, de pronto, alguien propone algo y uno se dice “Vamos a probar”. El problema es que a veces hay experimentos extremadamente peligrosos. Por lo que vi desde julio, cuando Milei quería crear un “Estado agéntico”, se puede decir que entendió algo. Lo digo con ironía. Entendió que vamos hacia una automatización cada vez mayor de los asuntos del mundo y, de manera indirecta, nos lleva a plantearnos la pregunta existencial y filosófica fundamental de nuestro tiempo. En el momento en que las IA generativas van a hacerse cargo de nuestras facultades intelectuales y creativas y en que los sistemas de inteligencia artificial van a organizar cada vez más el curso de los asuntos del mundo, la gran pregunta que se nos impone es “¿Cuál es mi papel en la Tierra?”. Al mismo tiempo, Elon Musk y Silicon Valley desarrollan humanoides. En febrero estuve en China. En un restaurante, fue un robot el que vino a traerme los platos. Fui a observar eso. Ya ni siquiera vamos a hacer esos gestos. 

Éric Sadin, en Periodismo Puro. (FOTO MARCELO DUBINI)

Tenemos un lavavajillas y ni siquiera vamos a sacar la vajilla. ¿Y entonces qué? ¿Vamos a estar todos en TikTok, diabéticos, sin movernos siquiera? ¿Ese es el futuro? La gran pregunta es cuál es nuestro papel en la Tierra. Milei habla de un “Estado agéntico”, pero lo que viene es mucho más que eso. Es lo que llamo la “anhumanidad”, una humanidad de la que estaremos cada vez más excluidos. Serán los sistemas los que se hagan cargo del curso del mundo en su conjunto. Es la negación de lo político, la negación de nosotros mismos, la negación de la pluralidad, y todo eso, además, con un lenguaje homogéneo. Es la negación de la vida misma. Como me dijo que esta es la última pregunta de nuestra entrevista, señor Fontevecchia, quisiera contarle una pequeña anécdota. En mayo recibí un correo de unos estudiantes de diecisiete años del liceo Victor Hugo, en la ciudad de Poitiers, en Francia. Es un liceo artístico. Me escribieron “Señor Sadin, queremos ser compositores, escritores, coreógrafos, bailarines. Ese mundo que viene no es el nuestro. No lo queremos. No queremos usar las IA generativas, queremos expresar nuestras facultades”. Terminaron el correo con estas palabras. “Ayúdenos, señor Sadin. La juventud lo apoya”. Me conmovió mucho. Pensé en esos chicos que están en la adolescencia, que tienen quince, dieciséis, diecisiete años. Después recibí otros testimonios de jóvenes de la misma edad. Y pensé que ellos son los inocentes que saben. Son más lúcidos que los adultos. Son los inocentes de los que hablábamos antes, que no quieren ser parte de un inocenticidio, que saben a qué mundo están llegando. Es como si tuvieran una conciencia natural de las cosas, casi innata. Así entiendo a esos jóvenes, como si tuvieran una conciencia innata de que “eso no es el mundo, no lo queremos”. La semana pasada pensé en esto en Córdoba, en el patio de la Manzana, mientras miraba los muros de la universidad. Le juro, señor Fontevecchia, que dije en voz alta “Hay que ayudar a los jóvenes”. Mi misión ahora, en la medida de mis posibilidades, es tenderles la mano, junto con otros, a quienes no quieren vivir en ese mundo alienado. Creo que va a haber dos tipos de humanidad. Por un lado, estarán los seres alienados, que dependerán del sistema de la mañana a la noche para organizar el curso individual y colectivo de su existencia. Serán mayoría. Del otro lado habrá una minoría, pero ¿quién sabe si no va a crecer con todos estos jóvenes que vienen? Serán seres libres que querrán dar testimonio de sus facultades, ejercer sus facultades, obrar con los demás, aportar su propia piedra al mundo. Diría que esa segunda humanidad se parece mucho a algo fundamentalmente argentino. Y es esa humanidad, esa manera de vivir, ese espíritu de la vida impregnado de un espíritu argentino, lo que habría que defender en todo el mundo. Eso es lo que nos corresponde hoy. Eso es dar muestras de responsabilidad y de voluntad de no someternos a un curso del mundo que nos va a quemar el alma. La Argentina es un país lleno de almas, lleno de alegría, lleno de calidez táctil. Eso es, en realidad, la segunda humanidad, una humanidad que defiende todo eso. Por eso, a veces me pregunto, y podríamos preguntarnos todos, ¿Javier Milei es argentino o detesta a tal punto la argentinidad que quiere hacer de su país el opuesto absoluto de lo que es la Argentina misma?    

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La encíclica de León XIV sobre la IA y el fin de trabajo también de servicios

—Quiero agradecerle, señor Fontevecchia, porque publiqué una columna sobre la encíclica del papa que apareció en Libération, en Francia, y en El País, y que usted reprodujo. El papa me leyó. Bueno, el papa, su consejero, el señor (Paolo) Benanti… En el Vaticano me leen porque mis libros están traducidos al italiano. Pero me leyeron mal o no me leyeron lo suficiente. Sé que me leen porque unas personas del claustro de los Bernardinos, en París, que me invitaron a un programa de YouTube en enero, me llamaron en aquel momento y me preguntaron “¿Quiere hacer un programa sobre la encíclica?”. Les dije que no tenía tiempo. Me explicaron “Es que en el Vaticano lo leen”. Me pareció que en las palabras del papa León XIV, que está Buenos Aires esta semana, había cierto discurso de la adaptación. Uno no se adapta a eso. Habría que haberlo prohibido. Creo que la educación es la cuestión principal. Y, dado que el papa va a venir, quisiera decir que critiqué algunos puntos de la encíclica con toda amistad, desde una afinidad de espíritu. De ningún modo lo hice para oponerme. Pero hay que recordar, como creo que hice en mi columna, que, de los diez mandamientos, siete son prohibiciones. “No matarás”, “no jurarás en falso”, “no mentirás”, “no darás falso testimonio”. Siete. Porque la prohibición es la base de la moral. Y a veces es la base de la libertad, de la posibilidad de vivir juntos. Voy a ir más lejos. En los ámbitos educativos, la prohibición tendría que haber sido la base de la educación para hacer posible el desarrollo de adultos libres y responsables. Para eso habría sido necesario prohibir.

“La humanidad ha caído muy bajo al recurrir a máquinas para que hablen en su nombre.”

—Usted habla de una ofensa hecha al homo faber y anuncia un huracán sobre los oficios de servicios de la cultura, que a diferencia de los trabajos de fábrica, que exigen largos años de formación, se destruyen. ¿Qué consecuencias tiene para la sociedad que el saber adquirido con años de estudio se destruya y deje de ser necesario?

—Es de una tristeza infinita. Hablábamos de educación, señor Fontevecchia. Hablemos de otro ámbito decisivo de la vida humana, el trabajo, sobre el que desde hace cuatro años se han dicho muchos disparates y sobre el que nos hemos equivocado por completo. Puedo explicar las cosas con mucha precisión porque he trabajado mucho sobre esto. Permítame un pequeño paréntesis. En abril de 2023 me invitaron a la Feria del Libro de Buenos Aires. Allí estaba nuestra amiga Agustina Blanco, que se encarga de la traducción. Fue la primera vez que nos vimos. La mayor parte de lo que digo hoy ya lo había dicho entonces, aunque desde aquel momento las ideas han madurado y se han desarrollado. En particular, lo que se refiere al trabajo. En aquel momento yo decía que esto iba a ser terrible para el trabajo y, sobre todo, para las profesiones de servicios, para el sector terciario. Algunos amigos, o personas con las que me encontraba en conferencias o congresos, me decían “Éric Sadin, vos siempre ves todo negro. Mirá, hay estudios que dicen que las cosas van a salir bastante bien, que incluso va a ser formidable”. Mi primera reacción era preguntar “¿Quién hace esos estudios?”. Es la pregunta nietzscheana. ¿Quién habla? ¿Quién habla cuando hablo? Cuando uno miraba esos estudios, encontraba bancos, firmas de seguros, consultoras que tienen una visión del mundo. Ahí están los sesgos. Son visiones sesgadas. Para ellos, la tecnologización del mundo es el horizonte luminoso del trabajo y del capitalismo. ¿Y quiénes hacían esos estudios? Gente de Accenture, de Capgemini, gente de treinta años que acababa de terminar sus estudios. ¿Con qué conocimientos hacían esos estudios? Una vez más, el trabajo es un campo de investigación muy preciso dentro de las ciencias humanas. Requiere largos estudios de comprensión y observación. Yo decía que no era así en absoluto, que no era así como había que ver las cosas. ¿Cómo basarse en esos estudios sin preguntar primero quién los había hecho? Francamente, de todo el trabajo que hice en mis libros, el análisis que voy a exponer es uno de mis mayores orgullos.

“Sacrificamos a una generación de chicos que ya ni siquiera saben escribir con una lapicera.”

No soy economista, señor Fontevecchia, soy filósofo. Hay un economista que recibió el Premio Nobel de Economía, Philippe Aghion, a quien conozco. Nada de lo que estoy diciendo lo vio, y ahora se da cuenta de que se equivocó. Y yo no soy economista. Voy a hacer, en pocas palabras, una demostración que creo implacable. ¿Por qué no lo vimos? Porque nuestras representaciones se fundan en una ecuación, en una creencia. En todo caso, en una ecuación. Cuando digo “nuestras representaciones”, hablo del mundo económico, del mundo político, de las consultoras, de los institutos universitarios y también de la gente en general, de la población. Esa ecuación es la que teorizó Joseph Schumpeter, el economista austríaco que emigró a Estados Unidos en los años treinta. Formuló algo de manera muy lúcida, desde un punto de vista subjetivo, no científico, pero basado en observaciones. ¿Qué teorizó Joseph Schumpeter? Que ciertos desarrollos tecnológicos provocaban la destrucción de empleos, pero, y todo está en ese mais, en ese “pero”, se producía un desplazamiento hacia empleos de nueva creación. Es lo que llamó “destrucción creativa”. Lo lúcido de esa formulación es que se verificó década tras década. En particular a comienzos de los años ochenta, cuando la robotización de las líneas de montaje de automóviles y de las grandes fábricas trajo consigo la destrucción de muchos empleos. En ese momento podía decirse que era, en cierto modo, por una buena causa, puesto que eran trabajos muy penosos. Y efectivamente hubo desplazamientos hacia empleos de nueva creación, hacia empleos de servicios. Los empleos que se destruían pertenecían al sector secundario y los desplazamientos se producían hacia empleos del sector terciario. Esto se ha verificado a tal punto desde los años ochenta que hoy, en la mayoría de los países del mundo, entre el 70 y el 80 por ciento de las ocupaciones pertenecen al sector terciario. ¿Qué caracteriza a la mayoría de las ocupaciones del sector terciario? Que casi todas movilizan nuestras facultades intelectuales y creativas. De ahí la importancia de los conceptos. Movilizan nuestras facultades intelectuales y creativas. Ahora bien, desde hace cuatro años se ponen en el mercado sistemas que, a velocidades infinitamente superiores a nuestras capacidades cognitivas, de manera supuestamente más confiable, e insisto siempre en el “supuestamente más confiable”, y, a la larga, a menor costo, a menor costo, van a realizar la casi totalidad de esas tareas. Y, si no estamos atentos, esto será cada vez más así. ¿Cómo no ver el huracán que viene? Ya está en marcha con los despidos. Y esta vez no habrá un desplazamiento hacia empleos de nueva creación, porque esos empleos no existen. Va a ser un huracán. Philippe Aghion es schumpeteriano. Cuando dice que esto va a crear nuevos empleos, esa creación será marginal. Desde hace un año, señor Fontevecchia, usted habrá oído hablar de jobs apocalypse. Ya llegó el momento en que se automatizan numerosas profesiones de servicios. Ocurre en la abogacía, en la informática, incluso en el periodismo, con los secretarios de redacción. Eso es lo que está sucediendo en el campo del trabajo. 

“Lo que llamo la ‘anhumanidad’es una humanidad de la que estaremos cada vez más excluidos.”

Hay otro fenómeno además de los despidos. A la luz de la demostración que acabo de hacer, estamos apenas al comienzo. Pero no se trata solo de los despidos. Hay algo más, y para eso no hay cifras. Si quiere, señor Fontevecchia, dentro de dos años volvemos a vernos con las cifras. Si me vuelve a invitar, vuelvo y lo verá. La verdad de 2026 no es la de 2028. Hay un proceso potente en marcha. Y hay otras cifras que no vemos porque no son públicas, las de la disminución de las contrataciones. Cuando alguien se jubila o se va, se contrata a menos gente. O no se contrata a nadie. ¿Y a quién afecta eso? A los jóvenes. Abandonamos a los jóvenes en la escuela, a los que tienen entre diez y veinte años. Y estamos abandonando a los jóvenes que dentro de unos años se encontrarán en el mundo del trabajo. Los que hoy entran a la universidad, el giro intelectual y creativo, de aquí a tres o cuatro años… A quienes se manifiestan hoy en París, por ejemplo, a los estudiantes universitarios y secundarios, les digo “Sí, pero tal vez no se estén manifestando por las razones que corresponden. Es por esto por lo que hay que manifestarse. Lo que va a estar en peligro es su futuro como personas que puedan ejercer una profesión”. Las profesiones de las que hablamos son las del homo faber. No son trabajos penosos. Son profesiones en las que se disfruta de la tarea, que dan reconocimiento social, que generan efectos de sociabilidad y que a menudo han requerido estudios largos y costosos. Es todo el mundo del homo faber, del trabajo como implicación de uno mismo, a menudo feliz. Cuando uno es periodista, le gusta ejercer el periodismo. A los profesores, por lo general, les gusta ejercer su profesión. Es toda una idea de la sociedad la que está siendo erradicada en unos pocos años. Por eso no hay que permanecer pasivos ante esto. Es toda una idea de nosotros mismos la que hoy está en peligro. Quisiera volver a la encíclica para terminar con la cuestión del trabajo, aunque, si desea continuar, no dude en hacerme otras preguntas, señor Fontevecchia. Lamenté que León XIV no dijera en la encíclica que, puesto que el trabajo y las profesiones de servicios están en peligro, es el momento de repensar radicalmente la cuestión del trabajo sobre nuevas bases de fraternidad y complementariedad. Sobre la base de colectivos en los que los jóvenes, y no solo los jóvenes, trabajen y creen colectivos con modalidades de trabajo respetuosas de cada persona, equitativas y respetuosas de la biosfera. Decía que no habrá un desplazamiento hacia un sector cuaternario. Pero también nos corresponde a nosotros inventarlo.

Y creo que les corresponde a los colectivos de pequeña escala reinventar el trabajo. Colectivos de arquitectos, de viticultores, de ebanistas, de jardineros. Ya hay nuevas maneras de repensar el trabajo que están en marcha. Eso es lo que habría que impulsar hoy, maneras de repensar el trabajo en la era de las IA generativas. El papa estuvo cerca de comprometerse en ese sentido, pero a mi juicio, no lo hizo. Creo que es una gran cuestión que nos concierne. Tiene dos dimensiones. Por un lado, defender las profesiones que consideramos nuestra razón de vivir. Por otro, el desafío laboral, social y civilizatorio de los próximos años, en la era de las IA generativas, consiste en repensar nuestra manera de ser sujetos que actúan, de dar testimonio de nuestras facultades. Ahí se abre un campo de trabajo luminoso, muy importante, en el que deberíamos comprometernos. Es lo opuesto a esperarlo todo del sistema y a esa dimensión de la alienación de la que hablábamos. Es absolutamente lo contrario.

—En las exigencias que enuncia al final de El desierto de nosotros mismos, figura la defensa del principio de que la sociedad está hecha de lazos de interdependencia que usted considera factores de convivencia, paz y educación. ¿De qué manera el trabajo que nos hace para otros el del maestro, el del médico y el del traductor sostienen la paz social y qué se resquebraja cuando esos vínculos pasan a ser mediados por un sistema.

—Absolutamente. La sociedad no se compone solo de principios, leyes, creencias u horizontes comunes. También se compone de vínculos de interdependencia. Todos nos necesitamos unos a otros. Cuando estoy enfermo, necesito un médico que me toque, que me vea, que siga mi evolución. Eso no lo hace un sistema. Si tengo un problema jurídico grave, necesito un abogado que me aconseje, de preferencia un buen abogado que me dé buenos consejos. Necesitamos un profesor. Todos nos necesitamos unos a otros. Es precisamente esa dimensión la que veo exaltada en la Argentina, la de los vínculos de interdependencia. Esos vínculos son los que, en cierta medida, les permiten a los argentinos vivir en esas condiciones, conservar la esperanza, contar con los demás, con la familia, con los amigos. Un mundo en el que ya no hay vínculos de interdependencia, en el que los seres humanos están alienados hasta el punto de no estar más que cara a cara con su sistema, es lo que llamé en La era del individuo tirano el “aislamiento colectivo”. Ese aislamiento supone dos cosas. La primera es, tarde o temprano, la tristeza. Porque estar todo el tiempo frente a pantallas no nos hace felices. Hay alegría en estar con los demás, en obrar con los demás y en la presencia táctil del otro. La segunda es que seremos cada vez más manipulables. Los sistemas nos hablan, nos orientan para que realicemos transacciones comerciales y también van a quedar en manos de clanes ideológicos. Seremos tanto más influenciables, en especial los jóvenes, que están solos frente a esos sistemas. Son los vínculos de interdependencia los que hay que defender. Eso es lo que está en peligro en todo el mundo del trabajo. Cuando hablaba de reinventar el trabajo hoy, me refería a cómo exaltar el hecho de obrar juntos. Creo que la gente nunca ha tenido tanta necesidad de eso. Si uno les pregunta a los jóvenes qué desean hoy, lo único que quieren es obrar con los demás, construir con los demás, sentirse útiles, hacer su propio aporte. Y está sucediendo lo contrario.

“Multitudes van a dejar en manos de sistemas la decisión sobre el rumbo de su vida.”

—Usted cita al economista de la destrucción creativa, pero Keynes también proyectó que para más o menos esta época, 2020, los únicos trabajos que quedarían serían los trabajos de servicios. Y también había proyectado que las tecnologías y las máquinas permitirían reducir la jornada laboral. Lo que vemos es que la jornada laboral no se reduce, ¿dónde está el error de Keynes en esta proyección de que las máquinas reducirían la cantidad de horas de trabajo?

—Keynes sí vio algunas cosas, entre ellas la importancia de las profesiones de servicios. Pero quizá no vio hasta qué punto la sociedad de servicios estructuraba todas las sociedades. Eso lleva tiempo, puesto que todas las sociedades se han convertido en sociedades de servicios. Lo que no podía ver, porque no tenía los medios para verlo, era que esas profesiones estaban en vías de ser objeto de una automatización cada vez más integral. Tampoco nosotros podíamos verlo hace quince años, hace diez o incluso hace cinco. Ya que usted habla de Keynes, hay una reflexión que compartimos. Sin nostalgia alguna, al contrario, con la perspectiva de recobrar nuestro impulso vital, creo que uno de los horizontes de futuro para todos nosotros, sobre todo para los jóvenes, es la mano. Eso no significa que debamos abandonar nuestras facultades intelectuales y creativas.

De ninguna manera. Hoy se oye a muchos jóvenes decir que están cambiando de carrera. Es muy interesante lo que está pasando. Muchos estudiantes que cursan carreras intelectuales y creativas cambian de rumbo y se orientan hacia oficios manuales. Creo que hay que retomar el espíritu de William Morris, el artista y teórico socialista que en su momento criticó la Revolución Industrial. Morris veía que los seres humanos iban a dejar de ser actores de su destino, que iban a ser juguetes de los sistemas. Reivindicaba el trabajo artesanal. Era un defensor de la artesanía. La artesanía es equidad, es complementariedad, son obras en común. Creo que hay que pensar en una suerte de “pre-Keynes”, sin nostalgia alguna. Se trata de darles a las personas la posibilidad de hacer lo que desean hacer, de realizarse. Yo soy spinozista y voy a decir esto en la Argentina. No creo en el poder curativo de la palabra como creen los lacanianos o los freudianos. Que me disculpen los lacanianos y los psicoanalistas. No creo en absoluto que la palabra cure. Creo que lo que cura es la realización de uno mismo en la acción. Si me gusta hacer ciertas cosas, me doy los medios para realizarlas, y eso produce felicidad, produce alegría. Pero hay que darse los medios. Eso es lo que teorizó Spinoza, la alegría como ejercicio de las facultades más fundamentales de uno mismo. Los jóvenes no piden más que eso. Eso es lo que hay que construir hoy. Y eso es lo que me habría gustado que dijera el Papa. Trabajemos en ello.

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Diario PERFIL gratis en colegios; el regreso del papel a las aulas

—En septiembre, la OCDE publicó los resultados de las pruebas PISA dos mil veinticinco, que registraban entre sus países miembros los promedios más bajos de la historia de la evaluación de lectura, de matemáticas, con una caída que venía ya desde antes de la pandemia. ¿Qué lectura hace usted de esta caída a la luz de lo que plantea en el desierto de nosotros mismos sobre la educación y el abandono de la escritura?

—Es muy triste. El deterioro de la educación es un fenómeno mundial. Hay muchos factores. Quizá influyan la hiperprofesionalización de la escuela, la falta de recursos o el exceso de alumnos por aula. Y, por supuesto, las redes sociales y la digitalización de nuestras vidas. Hoy todo viene hacia nosotros. La información viene hacia nosotros. Los sistemas nos dicen qué ver. Algo cambió en ese impulso hacia los demás, hacia las obras, hacia lo que hace al conocimiento, al saber, a la asimilación. Creo que en la escuela se produjo un vuelco. Era un lugar donde se aprendía a ir hacia la exterioridad, hacia el mundo, hacia los otros. Ahora es el mundo el que viene hacia nosotros. Ese vuelco se produjo en la escuela, pero va más allá de ella y nos concierne a todos. Ya ponemos menos en juego nuestras facultades. En un mundo en el que desde hace unos quince años las ejercemos cada vez menos, era casi natural que, al aparecer sistemas que se hacen cargo de nuestras facultades más fundamentales, nos dejáramos llevar. Podríamos habernos dicho “Cuidado, acá queda un último bastión. Hablar, reflexionar, decidir un poco sobre mi vida”. En cambio, nos dejamos llevar. Creo que hoy hay que pensar la escuela en un contexto más amplio, en el que es el mundo el que viene hacia nosotros. Es la primera vez que lo digo así, señor Fontevecchia. Es el mundo el que viene hacia nosotros. Ahora bien, el mundo no viene hacia nosotros. Nuestra relación con el mundo es una relación real en la que nos corresponde ir hacia lo real. A eso lo llamamos curiosidad. A eso lo llamamos enriquecerse en la relación con los demás y con lo real. Eso es lo que abandonamos en la escuela. Hay chicos que ya ni siquiera les creen a sus profesores y los contradicen continuamente. Quizá hayamos olvidado qué es lo que está en el corazón del aprendizaje. Hoy, más que nunca, habría que volver a trabajar sobre lo que constituye el fundamento del aprendizaje.

LA DESPOSESIÓN DE NOSOTROS MISMOS. “La mayor forma de alienación contemporánea, tanto por la modalidad que adopta como por su masificación a escala planetaria, es la dependencia continua del sistema”. (FOTO MARCELO DUBINI)

—En línea con la vuelta al papel en las aulas de países escandinavos y de Japón, Editorial Perfil impulsa un proyecto de “realfabetización con el papel”. De lunes a viernes regalamos un diario a padres de chicos en edad escolar, muchos de ellos nativos digitales, para que sus hijos vean en casa que un diario se puede recortar, releer y compartir. El folletín, la revista y el diario fueron durante mucho tiempo pasos en el camino hacia el libro. ¿Qué papel tuvo la desaparición de las publicaciones impresas en el deterioro de la lectura?

—Lo felicito por su iniciativa. ¿Ustedes distribuyen los diarios gratuitamente? Es formidable. Vivimos en un mundo de hiperreactividad. Eso no es natural. Hemos olvidado la temporalidad del aprendizaje y de la comprensión. Hace falta tiempo. Y quizá los resultados de las pruebas PISA también tengan que ver con que ya no nos damos tiempo. Ya no nos damos tiempo para aprender ni para comprender que, para llegar a dominar algo, hace falta tiempo. Hace falta sudor. No se aprende en un día a escribir, a leer, a comprender los fenómenos, a analizarlos. Todo eso lleva tiempo. Por eso la escolaridad dura tantos años. Y todos nosotros también necesitamos tiempo. Lo digital, con las pantallas, lo táctil y la reactividad, casi ha ocultado ese tiempo. Nos relacionamos desde la inmediatez y eso tiene una consecuencia evidente. Dejamos de ejercitar nuestras facultades de reflexión, de aprendizaje y de comprensión. Eso supone una pérdida y entraña numerosos peligros. Porque llega un momento en que, si dejamos de reflexionar, si no nos tomamos el tiempo de comprender las cosas, son las pulsiones las que hablan. El libro, la lectura en papel, es todo lo contrario. Es tiempo. Uno no recorre una página en diez segundos. Es la experiencia misma del tiempo. Para quienes todavía la viven, esa experiencia del tiempo, en una temporalidad que llamaría natural, es siempre una experiencia de enriquecimiento. Siempre, señor Fontevecchia. Al menos, esa es mi experiencia, y estoy seguro de que a usted y a todos ustedes les pasa lo mismo. Es siempre una experiencia de enriquecimiento. En cambio, de nuestra relación con el tiempo a través de los objetos digitales nunca podremos decir que sea una experiencia de enriquecimiento. Ni siquiera es una experiencia. Es un momento en el que uno casi se deja llevar. Es otra economía de la atención.

Producción: Sol Bacigalupo.