Malvinas: una bandera que el Gobierno prohibió y que el mundo sigue mirando
La tensión por el partido con Inglaterra y la necesidad de reivindicar la soberanía de las Islas Malvinas se incrementaron luego de la prohibición de ingresar estos símbolos en el estadio. El error del gobierno de ser el portavoz de las restricciones y la sorpresa por el posicionamiento de los jugadores. Una Argentina que no tiene grietas en el reclamo y un gobierno aislado. La negatividad vinculada a Milei y Malvinas llegó al 66%.
El Gobierno creyó estar por el camino correcto cuando quiso separar el fútbol de la política. Pero en ese camino, la prohibición de banderas terminó de blindar a un país entero detrás de un reclamo que no dejó de crecer desde que se confirmó que Argentina jugaría la semifinal del Mundial contra Inglaterra. La censura expuso un consenso del que el Gobierno, por ser su portavoz, quedó totalmente ajeno.
Bastó con que la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, se convirtiera en la encargada de anunciar que los hinchas argentinos no podrían ingresar al estadio con banderas de Malvinas para que finalmente suceda lo que ya se empezaba a sentir: un partido de fútbol se transformaría en mucho más que un partido.
Monteoliva podría haber dejado que el protocolo FIFA hiciera su trabajo, como en cualquiera de los otros partidos del Mundial. En cambio, se puso al frente como vocera de la restricción, la justificó en cadena de radios y hasta explicó la logística: los argentinos entrarían por la puerta 4, los ingleses por la puerta 3. Dijo que buscaban que “el festejo sea en paz”. El resultado fue el opuesto: convirtió al Gobierno en el rostro visible de una censura.
La ironía se completó sola. Argentina ganó 2-1 y, en pleno festejo, Lo Celso, Otamendi y otros jugadores desplegaron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. Todo lo que Monteoliva había intentado contener afuera del estadio llegó al campo de juego, sostenido por los propios futbolistas. El Gobierno se desconcertó. Ningún funcionario sospechaba que el equipo del que se viene apropiando podría llegar a sostener esa consigna.
Los números confirman que lo de La Libertad Avanza terminó siendo un exceso autoinfligido. Según un relevamiento de Adhoc, en los últimos cinco días la conversación sobre Malvinas superó las dos millones de menciones. El día del partido, las menciones a las islas duplicaron a las registradas el 2 de abril, la fecha “oficial” del reclamo. El encuadre fue inequívocamente argentino: “Malvinas” se mencionó diez veces más que “Falklands”. Y hay un dato que le duele particularmente a la Casa Rosada: en las últimas 48 horas, las menciones que cruzaron a Milei con Malvinas acumularon un 66,7% de negatividad.
Malvinas no solo fue tendencia en Argentina. También lo fue en el mundo, empujada por la carga simbólica del cruce futbolístico y por la disputa territorial. Miles de usuarios que nunca habían escuchado hablar del tema decidieron buscar de qué se trataba ese “Islas Malvinas” escrito en una sábana de hotel. Google Trends detectó, además, un salto en las búsquedas de letras de canciones de cancha dedicadas a las islas.
Del otro lado del Atlántico, la bandera de los jugadores tampoco pasó inadvertida. El Reino Unido le pidió formalmente a la FIFA que investigue el episodio. El ministro británico de Ciencia, Peter Kyle, calificó el gesto de “totalmente inapropiado” y sostuvo que la política debe mantenerse al margen del fútbol. La vocera de Downing Street redobló la apuesta: dijo que el Mundial podía no ser de Inglaterra, pero que las islas, sin duda, sí lo eran. Reafirmó, además, que la posición británica sobre la autodeterminación de los isleños “no ha cambiado”.
A pesar de esta intransigencia británica, en las últimas horas y descolocado por haber quedado del otro lado del despliegue de la bandera en la cancha, Milei anunció que se estaba cada vez más cerca de la recuperación de las Islas.
El movimiento oficial de marcar las restricciones sin anunciar una mínima queja por parte del Gobierno obvió que Malvinas es uno de los pocos temas donde la Argentina no tiene grieta. Cualquier encuesta de los últimos años demuestra que más del 80% de la población cree que el país debe seguir reclamando la soberanía sobre las islas. Ese consenso transversal es justamente lo que Monteoliva logró incomodar sin necesidad.
Mientras acá el reclamo sigue siendo casi unánime, en Reino Unido el consenso comienza a mostrar grietas generacionales. Una encuesta de la organización More in Common, conocida en mayo de este año, reveló que apenas el 9% de los jóvenes británicos de entre 18 y 24 años considera “muy importante” que las islas sigan bajo control británico, contra el 29% del total de la población. Aun así, el 56% de los británicos apoyaría una respuesta militar ante un intento argentino de recuperar las islas.
Aunque el Gobierno venía festejando cada etapa que la Selección sorteó en este Mundial, no pudo apropiarse de una de las mayores celebraciones de los argentinos: una bandera que la propia Monteoliva había prohibido terminó flameando en la cancha, en las redes sociales y en los portales de todo el mundo.
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