Etología

Tu perro puede distinguir cuando estás triste: qué descubrieron los científicos al mirar dentro de su cerebro

La convivencia de miles de años parece haber dejado huellas profundas. Científicos estudiaron perros despiertos mediante resonancia magnética y comprobaron cómo reaccionan sus cerebros.

INTUICIÓN. Ellos saben reconoer como estamos de ánimo. Foto: Gza: Laura V. Cuaya

Cualquier persona que conviva con un perro probablemente ya lo intuye: basta llegar a casa preocupado, triste o de buen humor y ver que el compañero “sabe” que algo cambió. Ahora la etología sumó varias pistas para explicar esa capacidad empática.

En concreto, un estudio científico logró observar directamente la actividad cerebral de los perros ante estas situaciones. Y encontró que ellos pueden diferenciar expresiones humanas de felicidad y, además, distinguir entre algunas caras que expresan miedo, tristeza o enojo.

El trabajo, publicado en la revista científica iScience, recurrió a una herramienta poco habitual para investigar a nuestros compañeros de cuatro patas: usaron resonancias magnéticas funcionales (fMRI). Los perros participantes, todos animales de compañía acostumbrados a convivir con sus familias, fueron entrenados para permanecer despiertos, quietos y sin sujeciones dentro del resonador mientras los experimentadores les mostraban fotografías de rostros humanos.


En un primer experimento participaron ocho perros, a los que se mostraron caras de desconocidos con expresiones felices o neutras. Cuando aparecían las sonrisas, aumentaba la actividad en áreas cerebrales vinculadas con el procesamiento visual y social y con los mecanismos de recompensa. Entre ellas aparecía en el núcleo caudado, un dato que, según los investigadores, sugiere que observar un rostro humano feliz podría tener un significado emocional positivo para el animal, ya que se relaciona con el sistema de recompensas bioquímicas y de neurotransmisores.

Cara triste

La pregunta más interesante la hicieron después: ¿para un perro todas las caras “malas” significan básicamente lo mismo? Para averiguarlo, realizaron un segundo experimento con 12 animales y les mostraron rostros humanos que expresaban felicidad, tristeza, miedo y enojo. Luego utilizaron técnicas de machine learning para buscar diferencias entre los patrones de actividad cerebral.

Los resultados mostraron que la actividad de determinadas regiones permitía diferenciar claramente las caras felices de cualquiera de las tres expresiones negativas. Y cuando los investigadores analizaron el cerebro completo encontraron patrones que permitían distinguir las caras de miedo de las tristes y también las de miedo de las enojadas.

En cambio, no pudieron diferenciar con la misma claridad “enojo” de “tristeza”. Es, según Laura Cuaya, investigadora de la Universidad de Viena y autora principal del trabajo, la primera demostración de que el cerebro canino puede diferenciar emociones humanas que comparten una “valencia” negativa.

Eso no significa, advierten los científicos, que un perro experimente la tristeza o el miedo de la misma manera que una persona, ni que pueda “leer la mente” del dueño. Además, una fotografía es apenas una parte de la información que reciben cotidianamente: en la vida real observan nuestros movimientos y postura corporal, escuchan cambios en la voz y cuentan incluso con las señales que pueden obtener mediante su olfato.

La explicación de esta sensibilidad podría esconderse en una historia compartida de miles de años. A diferencia de los primates, nuestras similitudes con los perros no provienen de un ancestro evolutivo cercano. La hipótesis de los investigadores es que la domesticación favoreció capacidades sociales que les permitieron interpretar mejor las señales humanas, cooperar y convivir con nosotros. “Evolucionaron con nosotros para comprender nuestras expresiones y cooperar”, resumió Cuaya.

En concreto, este hallazgo suma evidencia científica a algo que millones de personas saben (o creen) reconocer todos los días: mientras nosotros miramos a nuestros perros, ellos también llevan miles de años aprendiendo a mirarnos.