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viernes 19 julio, 2019

"1984" es ficción. 2019 es realidad

"1984", de George Orwell, es el mejor relato de ficción sobre un gobierno autoritario: el más astuto, el más preciso, el más acorde con la psicología humana.

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Cass Sunstein


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George Orwell's Dystopian Novel 1984 Tops Best Seller LIst, Publisher Orders Additional Printing Foto: Photographer: Justin Sullivan/Getty Images

"1984", de George Orwell, es el mejor relato de ficción sobre un gobierno autoritario: el más astuto, el más preciso, el más acorde con la psicología humana.

Uno de sus capítulos más representativos explora los Dos Minutos de Odio, los cuales ayudan a establecer y mantener el régimen del Gran Hermano.

Como lo describe Orwell, el odio empieza con una imagen rápida de un rostro sobre una pantalla gigante. Es Emmanuel Goldstein, "el Enemigo del Pueblo". La suya es "una cara inteligente que tenía, sin embargo, algo de despreciable", además de indiscutiblemente extranjera. Produce miedo y desagrado.

Goldstein define la deslealtad a la nación y (lo que es lo mismo) al régimen: "[E]ra el traidor por excelencia, el que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido". Goldstein es responsable de herejías y traiciones de todo tipo. No ama a su país.

En los primeros 30 segundos del Odio, se escucha la voz de Goldstein que denuncia al partido y pide libertad de varios tipos. "Insultaba al Gran Hermano" y "abogaba por la libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de pensamiento".

El resultado es producir rabia y miedo en la audiencia, y hacerlo inmediatamente. Donde quiera que se encuentre, lidera una especie de ejército en la sombra, una red de conspiradores. Es el autor de un libro terrible que incluye todas las herejías.

En el segundo minuto del Odio, las personas entran en un frenesí. Saltan y gritan, en un intento de ahogar la enloquecedora voz de Goldstein. Los niños se unen a la gritería.

El héroe de Orwell, Winston, no puede resistirse. Él, también, empieza a gritar y a patear con violencia. Por su parte, no era un simple espectáculo. "Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel" escribe Orwell, "sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar unirse".

No era necesario fingir: "[U]n éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante".

A pesar de despreciar al Gran Hermano, Winston ve cómo su sentimiento "se transformaba en adoración, y el Gran Hermano se elevaba como una invencible torre, como una valiente roca capaz de resistir" las amenazas. Y a medida que su odio aumenta, se vuelve sexual. Winston fantasea con violar y matar a la chica detrás de él.

En ese punto, el Odio llega al clímax. La voz de Goldstein se convierte en la de una oveja que bala y, por un momento, su rostro se transforma en el de una oveja. Entonces, la cara del Gran Hermano llena la pantalla, poderosa, reconfortante y misteriosamente calma.

Las palabras reales del Gran Hermano no se escuchan, pero se sienten, como una forma de seguridad. En ese momento, los tres eslogan del partido aparecen en la pantalla:

LA GUERRA ES LA PAZ LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Un miembro de la audiencia parece orar al Gran Hermano. Por 30 segundos, la audiencia canta en su honor, en "un procedimiento de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar la conciencia mediante un ruido rítmico". Winston canta con los demás, porque "era imposible no hacerlo".

Los Dos Minutos del Odio son una síntesis de una táctica común entre ciertos líderes, principalmente en los países autoritarios, pero también en las democracias. Enfocan la atención en los enemigos, los extranjeros, los herejes, aquellos que intentan destruir el tejido social.

Lo que hace los Dos Minutos del Odio tan pérfidos es que incluso para quienes se oponen a ellos, y ven cuál es su objetivo, suelen meterse en la piel. La simple repetición de una acusación —contra Emmanuel Goldstein, Hillary Clinton, Ilhan Omar, los musulmanes, los inmigrantes o la prensa— puede dificultar no sentir, en alguna parte de la mente, que la acusación es correcta.

En realidad, es incluso peor.

De acuerdo con la descripción de Orwell, el odio libera algo en el alma humana. No es como si las emociones relevantes —"el miedo y la venganza"— no fueran reconocibles, ni siquiera para aquellos que creían no tener nada contra Goldstein. Al liberar "un éxtasis odioso", representado en cánticos de varios tipos, los líderes autoritarios intentan anular una cosa por encima de todo: lo que Abraham Lincoln llamaba "los mejores ángeles de nuestra naturaleza".


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