sábado 17 de abril del 2021
BLOOMBERG
28-04-2020 03:14

África podría morir de hambre ante el brote de COVID-19

“Es fácil ver el comienzo de las cosas y más difícil ver el final”, escribió Joan Didion en “Goodbye to All That” (Adiós a todo). Sus palabras resuenan en medio de la pandemia de COVID-19, cuando nadie tiene la más mínima idea de si estamos al principio, en el medio o cerca al final. En África subsahariana, la incertidumbre es particularmente preocupante, porque es difícil saber si los frágiles sistemas de suministro de alimento del continente resistirán ante esta tensión.

Jessica Fanzo
28-04-2020 03:14

“Es fácil ver el comienzo de las cosas y más difícil ver el final”, escribió Joan Didion en “Goodbye to All That” (Adiós a todo). Sus palabras resuenan en medio de la pandemia de COVID-19, cuando nadie tiene la más mínima idea de si estamos al principio, en el medio o cerca al final. En África subsahariana, la incertidumbre es particularmente preocupante, porque es difícil saber si los frágiles sistemas de suministro de alimento del continente resistirán ante esta tensión.

Si bien el continente ha avanzado mucho hacia la seguridad económica en las últimas décadas, la enfermedad que conocemos como COVID-19 podría obstaculizar este progreso. Las condiciones varían significativamente de un país a otro, pero muchos luchan por garantizar que sus ciudadanos tengan acceso a lo esencial: jabón para lavarse las manos, agua potable y alimentos nutritivos para fortalecer el sistema inmunológico.

El hambre y la inseguridad alimentaria no han desaparecido. En África subsahariana, 23% de las personas están desnutridas. Debido a las consecuencias económicas mundiales de COVID-19, el número de personas en todo el mundo que enfrentan inseguridad alimentaria aguda podría casi duplicarse este año a 265 millones, estima el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, y gran parte de ese impacto se sentirá en África.

Al mismo tiempo, la obesidad y las enfermedades no transmisibles (enfermedades del corazón y diabetes, por ejemplo) están aumentando en muchos países de bajos ingresos, y se está demostrando que estas condiciones presentan complicaciones graves para las personas infectadas con COVID-19. Gran parte del continente africano también está lidiando con otras enfermedades infecciosas complejas (VIH/SIDA, tuberculosis, malaria y otras enfermedades tropicales desatendidas) que dificultarán aún más el tratamiento de infecciones por COVID-19.

A medida que se expande por el continente, COVID-19 ejercerá aun más presión sobre sistemas de salud frágiles —con limitaciones de ventiladores y camas adecuadas, equipos mínimos de protección personal y, en algunos lugares, muy pocos trabajadores de la salud.

Simultáneamente, las cadenas de suministro de alimentos están comenzando a fallar. Las cuarentenas en 30 países africanos han dificultado mucho que agricultores vendan sus productos en los mercados o que trabajadores logren llegar a los campos. La asistencia alimentaria no siempre llega a los más necesitados. Muchos mercados informales —los infames mercados húmedos o al aire libre donde la mayoría de los africanos compran sus alimentos— están cerrados, lo que aumenta la inseguridad alimentaria y la amenaza de desnutrición. Informes de las oficinas de la Alianza Global para la Mejora de la Nutrición en Nigeria y Mozambique señalan que los precios de los alimentos, particularmente de frutas y verduras, han aumentado significativamente.

En muchas ciudades africanas, el distanciamiento social y el autoaislamiento están destinados al desastre. Los barrios marginales y los asentamientos informales están superpoblados y carecen de servicios básicos como agua corriente, instalaciones para cocinar y electricidad. Incluso si las personas infectadas con COVID-19 tuvieran donde aislarse, algunas sienten que deben trabajar para alimentar a sus familias. El transporte hasta el trabajo a menudo implica autobuses llenos y largos trancones, lo que aumenta la propagación de la enfermedad.

A raíz del aumento del desempleo mundial, también se espera que las remesas en todo el mundo caigan —en 20%, o casi US$10.000 millones, según el Banco Mundial. En África subsahariana, podrían caer 23%. Esto obligará a más personas a salir a trabajar, incrementando así su exposición.

Sin duda, los países africanos tienen ciertos aspectos a su favor. Por un lado, tienen experiencia con enfermedades infecciosas masivas (VIH/SIDA, ébola y polio, entre otras) y los sistemas de salud pública se han fortalecido en la última década. La República Democrática del Congo ha sido gravemente afectada por el ébola, pero hay señales de progreso con una disminución de casos a principios de 2020.

En la crisis actual, los Gobiernos africanos podrían aprender algunas lecciones del resto del mundo que ha estado lidiando con la pandemia durante un mes o dos de anterioridad y trabajar para mantener el suministro de alimentos en movimiento. El continente aún es 60% rural, y muchos africanos urbanos tienen vínculos cercanos con el campo dado que poseen tierras o parcelas familiares. Con suerte, una menor densidad de la población en las zonas rurales podría frenar la propagación de COVID-19, lo que permitiría que agricultores continúen cultivando alimentos; claro está, si logran obtener acceso a las semillas y las tecnologías necesarias para plantar y cosechar. El apoyo a los productores de alimentos es una necesidad absoluta.

Otra fortuna de África subsahariana es que tiene una población relativamente joven, lo que la podría hacer más resistente a los brotes de COVID-19 con menos hospitalizaciones y muertes.

Aún así, sigue siendo difícil divisar el final. Algunas personas plantean la hipótesis, con poca evidencia, de que África podría no verse tan afectada como otros lugares debido a su clima cálido. Tal vez, dicen, la propagación será más lenta en África, y eso le otorgará tiempo adicional. Dada la facilidad con que COVID-19 se ha extendido en otros lugares cálidos como Singapur y Tailandia, no es algo con lo que se pueda contar.

Para garantizar que África no muera de hambre y que pueda resistir al brote de COVID-19, es esencial garantizar que las personas tengan acceso a alimentos, agua, jabón, tapabocas y remesas para mantener a sus familias. Los más pobres y más vulnerables deberían ser la prioridad. Se contará con el apoyo de Gobiernos mundiales y sus socios donantes, incluidos el Banco Mundial y el Programa Mundial de Alimentos, durante los próximos cuatro meses. Las empresas productoras de productos alimenticios también necesitan apoyo. Todos debemos ayudar para asegurarnos de que esto suceda.