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miércoles 22 enero, 2020

La apuesta a 50 años de viñatero frente al cambio climático

Amanece temprano en lo alto de la estepa patagónica, y el sol baña matorrales y mesetas cubiertas de nubes con un sorprendente tono amarillo dorado. Pero solo es más tarde, cuando la niebla se extiende por el piso, que Los Cóndores, una extensa hacienda ubicada justo en el lado chileno de la frontera con Argentina, aparece a plena vista. Es la Patagonia por excelencia.

Laura Millán Lombrana

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Amanece temprano en lo alto de la estepa patagónica, y el sol baña matorrales y mesetas cubiertas de nubes con un sorprendente tono amarillo dorado. Pero solo es más tarde, cuando la niebla se extiende por el piso, que Los Cóndores, una extensa hacienda ubicada justo en el lado chileno de la frontera con Argentina, aparece a plena vista. Es la Patagonia por excelencia.

Están las vastas superficies sin árboles y, en el horizonte, los picos nevados de los Andes. Están las noches llenas de estrellas y escalofriantes —15 grados Celsius bajo cero o más frías en pleno invierno— y los brillantes y ventosos días que les siguen.

Están los gauchos, Navarrete, el capataz, y sus asistentes, los hermanos Solís, todos curtidos, introvertidos e intensos. Está el ganado, las ovejas Corriedale, unas 4.000 cabezas, y los depredadores que las acechan: zorros rojos, caracaras patagónicas y enormes cóndores que dan nombre a la hacienda.

Pero escondido a un lado del establo principal, a pocos metros de donde un montón de lana descansa bajo el sol de fines de la primavera, hay un pequeño pedazo de tierra que revela la verdad sobre Los Cóndores. No es una típica hacienda de la Patagonia, o al menos desde que el jefe de Navarrete, un español llamado Miguel Torres, la compró hace un par de años. Cada mañana, Navarrete —Nelson es su nombre de pila— viene a este lugar y, por instrucción de Torres, revisa lo que parece no ser más que un montón de delgados palitos de color marrón que sobresalen del suelo.

Son parras de uva. Una fila es de chardonnay; la siguiente, de riesling; y la siguiente, de pinot noir: 150 parras en total. Es posible que Navarrete, gaucho de toda la vida, no sepa esencialmente nada sobre vino, pero Torres sabe mucho.

Es el patriarca de Miguel Torres SA, empresa productora de vinos que ha crecido desde que era una pequeña empresa familiar a fines del siglo XIX hasta ser uno de los productores de vino más grandes de toda España. Y su apuesta es audaz, aunque inquietante: que un viñedo de clase mundial puede prosperar aquí. Torres sospecha que todo lo que se necesita es que los retorcidos efectos del calentamiento global hagan lo propio.

Sabe que demorará, tal vez hasta 50 años, que las temperaturas suban lo suficiente para que esos pequeños palitos se conviertan en viñedos saludables. Ahí es donde entran Navarrete y los hermanos Solís. Las ovejas que crían, esquilan y sacrifican deben pagar las cuentas mientras Torres espera, pacientemente, que el cambio climático se deje sentir en este remoto rincón de la Patagonia.

Navarrete, por su parte, ha llegado a aceptar el plan. Inicialmente, encontraba que era absurdo. Recuerda que no podía parar de reír, pensaba que estaban locos.

Sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más sentido le encontraba. El clima ya ha cambiado por aquí, haciendo que, por primera vez, ciertas verduras sean viables. Y así, pensó, si los pimientos, la lechuga y los tomates ahora pueden prosperar en invernaderos y las papas pueden crecer en campo abierto, ¿por qué no pueden hacerlo algún día también las uvas para vino?

Por supuesto, durante años los viticultores han estado cambiando las técnicas y trasladando sus viñedos para adaptarse a las altas temperaturas. Muchas regiones que eran demasiado hostiles para igualar los delicados sabores de las vendimias producidas en las tradicionales capitales vinícolas del mundo están repentinamente prosperando, como en los valles de Sussex, en el extremo sureste de Inglaterra; o en la península de Jutlandia, en Dinamarca; o a lo largo de las orillas del lago Michigan, en Estados Unidos.

En Chile también. Concha y Toro SA, el principal productor del país, ha ajustado radicalmente sus métodos de cultivo, implementando sistemas de riego más eficientes y utilizando bioquímica avanzada para crear nuevas variedades de uvas; ha comenzado a plantar campos a cientos de kilómetros al sur de sus principales instalaciones cerca de Santiago, la capital. (En América del Sur, ocurre lo opuesto a los climas del norte: más al sur generalmente significa temperaturas más frías, no más cálidas). Miguel Torres, que ha estado en Chile durante cuatro décadas, también había adquirido nuevas tierras en los últimos años, comprando grandes terrenos en la ciudad de Osorno, donde produce sauvignon blanc.

Pero esta estrategia patagónica está en una escala completamente diferente. Los Cóndores está casi 500 millas (unos 800 kilómetros) al sur de Osorno. Su temperatura promedio es unos 5 grados Celsius más fría en invierno. La audacia de la iniciativa evidencia cuán alto es el riesgo para la industria y cuán resignados están algunos al inexorable aumento de las temperaturas globales.

Navarrete, de 64 años, dice que el propio Miguel Torres considera que este es un experimento, un proyecto a muy largo plazo y agrega que no cree que esté vivo para probar el vino de ese viñedo.

La fiebre del sur en Chile se hace aún más urgente debido a la sequía que ha azotado durante la última década las regiones de cultivo en la zona central del país. Ha sido una tierra implacable y abrasadora que durante mucho tiempo había sido cultivable y productiva, aunque no de un verde exuberante.

Esta zona de Chile es, en muchos sentidos, la California de Sudamérica: rodeada por montañas altísimas por un lado y el océano Pacífico por el otro, árida hasta el punto de asemejarse a un desierto en algunos tramos y, sin embargo, con la perfecta cantidad de agua dulce para riego, increíblemente fértil.

Además del cabernet sauvignon y el chardonnay, la región produce y vende todo tipo de frutas a compradores en EE.UU. y otros destinos: cerezas, ciruelas, naranjas, toronjas, limones, arándanos, frambuesas, manzanas, aguacates, nueces, almendras. Chile es el mayor exportador mundial de muchos de estos productos. Es un negocio anual de US$6.000 millones y una industria que necesita de gran cantidad mano de obra: es responsable de casi uno de cada 10 empleos en el país.

Pero, como California, Chile se ha visto fuertemente afectado por el cambio climático. La sequía es un ejemplo. Según los científicos, su intensidad y duración son señales reveladoras de que este no es un típico evento climático. Durante la última década, han caído en la región solo 30% de las precipitaciones anuales que se registraron en el siglo anterior. El año pasado fue el más seco de todos.

Según René Garreaud, climatólogo de la Universidad de Chile, nunca se había visto un período de 10 años tan seco como este y cree que el cambio climático está jugando un papel importante.

Tal vez en ninguna parte se haya sentido más la sequía que en el Valle del Aconcagua, una delgada franja de tierras agrícolas al norte de Santiago. Durante décadas, los agricultores de la zona han obtenido gran parte del agua de los ríos y arroyos que bajan de la montaña Aconcagua cuando la capa de nieve se derrite en la primavera. Pero debido a que casi no cayó nieve el invierno pasado, los lechos de los ríos están secos y el mensaje a los agricultores, dice Víctor Catán, es claro: riegue solo los campos más fértiles. No habrá suficiente agua para regarlo todo, dice Catán, que dirige una asociación local de agricultores.

Catán, de 45 años, ha cultivado en el valle toda su vida. Sus tierras se encuentran en la parte oriental exterior, hacia las faldas del Aconcagua, el pico más alto de los Andes. Cultiva melocotones, uvas de mesa y algunas ciruelas también.

Al comienzo de la temporada de siembra, en agosto, decidió dejar en barbecho unas 40 hectáreas, el 20% de todas sus tierras. Pero no fue suficiente. En noviembre, cortó el suministro de agua a otras 7 hectáreas. Con menos tierras para trabajar, ha despedido a cinco de sus 30 agricultores de tiempo completo y planea contratar solo 140 trabajadores temporales durante la temporada de cosecha que termina en abril. En un año normal, contrataría a unos 200.

Lo que más preocupa a Catán y a otros agricultores es que si las lluvias no vuelven en 2020 y los campos abandonados se quedan sin agua otro año, podrían perderse para siempre, víctimas de la desertificación.

El viñedo del centro de investigación Concha y Toro se encuentra en la región del Maule, en el centro de Chile, la principal región vinícola del país.

Los cultivos de frutas son, por supuesto, una gran parte del problema en sí mismos. Consumen grandes cantidades de agua, aproximadamente el 80% del consumo total de Chile. Una forma de aliviar el problema sería el abandono de las técnicas de riego rudimentarias que se utilizan hoy en día, como la práctica centenaria de inundar el campo, a favor de sistemas de goteo más sofisticados, que usan solo una pequeña parte del agua.

El problema es que esta transformación requiere mucho capital, aproximadamente US$3.000 por hectárea, y si bien esa cifra es manejable para Concha y Toro o Miguel Torres, se trata de una suma prohibitiva de dinero para un agricultor de frutas pequeño. Incluso Catán, uno de los principales agricultores de la región, ha logrado introducir sistemas de goteo en solo parte de sus tierras.

Esto pone de relieve otro aspecto cruel de la sequía: acentúa aún más la desigualdad. Al no poder hacer frente a las inversiones necesarias para mantenerse en el negocio, los agricultores más pobres venden sus tierras a los más ricos, que pueden cubrir esos gastos. Y esto ocurre en un país con uno de los mayores niveles de desigualdad del continente americano, y en el que esa desigualdad contribuyó a provocar una ola de protestas que sacudieron las ciudades de todo Chile a fines del año pasado.

Luego está la migración hacia el sur.

Tal como lo hicieron los grandes productores de vinos, los agricultores más ricos ahora están haciéndose con grandes superficies de tierra a cientos de kilómetros al sur del valle del Aconcagua. Dos regiones vecinas en particular son ahora muy codiciadas: Biobio y Nuble. Los precios agrícolas se han disparado un 100% en los últimos cinco años, según GPS Property, una consultora con sede en Santiago. Un acre en esas tierras cuesta hoy más de US$5.000. Eso es casi el doble del costo medio de US$3.000 por acre para las tierras agrícolas en EE.UU.

Katherine Rachel, agente inmobiliaria en Temuco, una ciudad al sur de Biobio y Nuble, ha observado el aumento de los precios con asombro. Los chilenos del norte han estado comprando tierras a un ritmo tan frenético que se pregunta si todo esto es solo una gran burbuja que estallará en algún momento. Hace unos años, dice, 13 millones de pesos (alrededor de US$17.000) compraban cinco hectáreas de tierra más o menos. Ahora, se puede comprar una, y no muy buena. Rachel sabe que no es bueno para su negocio, pero le resulta difícil recomendar terrenos para la compra por agricultores en la zona hoy en día. Es mejor, dice, ir más al sur, como lo hizo Miguel Torres, donde los precios de las tierras hasta ahora no han sufrido el impacto por el auge.

Apostar por el cambio climático es una estrategia un poco incómoda, puede pesar sobre la conciencia. Lo que ayuda a explicar por qué los ejecutivos de Miguel Torres se apresuran a señalar que plantaron 1.800 pinos en Los Cóndores para compensar algunas de las emisiones de carbono producidas por las docenas de viñedos que poseen en España, Estados Unidos y Chile.

El viñedo en Los Cóndores es, por ahora, un tanto patético. Cada una de las vides está cubierta por un plástico verde. Para mayor protección, una valla alta y cubierta rodea toda la zona. Esto mantiene a raya a las liebres salvajes y bloquea el viento, que puede ser tan fuerte que a los lugareños les gusta decir, en broma, que hace volar las piedras.

Nada de estos mimos parece importar mucho. La única vida real detectada dentro de la cerca una mañana reciente eran los dientes de león que crecían salvajemente alrededor de las vides marrones. Navarrete no se desanima. Sabe que el progreso, si llega, será tediosamente gradual, y se alegra con el más pequeño de los avances: la presencia de un pequeño brote marrón o de una raíz que se ha asentado firmemente en el suelo.

Nadie en Miguel Torres qiso proporcionar una estimación de cuánto tendría que subir la temperatura para que las vides prosperen, pero un científico francés llamado Hervé Quénol cree que el cambio tendría que ser de varios grados centígrados. Quénol, miembro del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, ha estado estudiando durante años cómo el cambio climático ha hecho viable la vinificación en el lado argentino de la Patagonia, que se extiende mucho más al norte que en el lado chileno y, como resultado, es un mucho más cálido en algunas partes.

Para que un viñedo se considere viable en la Patagonia, Quénol dice que las temperaturas medias deben oscilar entre 12 y 20 grados Celsius durante la temporada de crecimiento. En Coyhaique, la ciudad más cercana a Los Cóndores, normalmente oscilan entre los 8 a 14 grados en esos meses.

Resulta difícil acceder a predicciones para aumentos de temperatura específicamente alrededor de Coyhaique. Los pronósticos de la Universidad de Chile son lo más cercano, con una previsión para la Patagonia en su conjunto: las temperaturas llegarán a aumentar 1,6 grados para 2069, justo donde acaba el horizonte de la apuesta de Miguel Torres. ¿Será suficiente? Quénol dice que es muy posible, y agrega que el potencial para que los pequeños viñedos tengan éxito en el lado chileno es enorme.

Por su parte, Navarrete se contenta con vivir la vida gaucha, ensillando su caballo cada mañana, como lo ha hecho durante décadas, y guiando el rebaño de ovejas. Viajó a Tierra del Fuego, en el extremo sur de Sudamérica, para recoger las ovejas él mismo y le preocupaba que no se adaptaran al nuevo clima. Ahora, se deleita con la cacofonía incesante de los corderos recién nacidos, de rostro blanco, y con la lana amontonada y lista para la venta a un comprador británico. Se maravilla con lo hermoso y, sin embargo, extraño que fue todo.

“Aquí está el primer lote de lana patagónica del Sr. Miguel Torres”, dice, esbozando una amplia sonrisa. “Increíble, ¿verdad?”.


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