lunes 02 de agosto de 2021
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19-06-2021 01:10

Ayer nomás

19-06-2021 01:10

En Madrid hay una librería especializada en libros iberoamericanos de segunda mano. Lleva décadas en una calle céntrica, vecina al Paseo del Prado, y concita la atención, sobre todo de coleccionistas e investigadores. Allí, con suerte, se pueden encontrar primeras ediciones de los libros de Manuel Puig, Octavio Paz, Gombrowicz, que para algunos puede ser un autor argentino, o Claude Simon, que para otros es una huella de Saer. Los precios son paralizantes, pero el mercado es dinámico y la librería continúa firme, ahora atendida por el hijo del dueño. Si la genealogía y la vocación continúan, puede que en un futuro vendan una primera edición autógrafa de un libro que Aira aún no ha escrito.

Hace unos días apareció el informe anual de tendencias que publica la agencia Wunderman Thompson. En el apartado dedicado al campo cultural aparece, bajo el título de “Formatos nostálgicos”, el regreso explosivo del viejo casete. “Renacimiento analógico”, apunta el artículo, en el cual se da cuenta de los lanzamientos en el viejo formato de las novedades de Lady Gaga, Dua Lipa o el grupo K-pop BTS.

Este año, el vinilo superará por vez primera a las ventas de las versiones en CD y se espera un crecimiento exponencial del casete en el futuro próximo. Si bien las cintas son, fundamentalmente, de artistas pop actuales, los vinilos de mayor salida, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, son de los Beatles y de Oasis.

En el informe se lanza la hipótesis de que este resurgimiento de los formatos analógicos responde a la búsqueda de una ceremonia de los sentidos frente al contacto cero al que nos lleva el camino digital. Solo hay que pensar cuánto nos falta para manejar con un ligero movimiento de mejillas –o de los párpados– los dispositivos tal y como hacía, obligado por su enfermedad, Stephen Hawking.

La observación es pertinente, pero más allá de la relación con el objeto primario, la manipulación de walkman o el rito de sacar el vinilo de su funda de cartón y ponerlo en el giradiscos hay cierta pulsión de construir una parcela de eternidad, de objetivar la nostalgia. Así como el piercing o un tatoo escriben la ficción de la singularidad –que aún no alcanzó a la amputación como expresión radical–, estos ritos son algo así como mojar el bizcocho en el té y recuperar la pérdida (algunos, antes, podían, escribió Saer). Tener a mano la primera edición de Ema, la cautiva o El limonero real solo facilita una nueva relectura en el soporte original; el ejercicio sigue siendo intelectual y no místico. Pero la posesión del objeto es irresistible. Como el consumo de las ficciones que evocan la Guerra Fría.

La versión de El topo de Tomas Alfredson no solo practica la ceremonia de la reconstrucción sino que, incluso, en su banda sonora incluye una versión que Julio Iglesias hace de La mer en los años 70, el clásico de Charles Trenet, quien lo grabó en 1946, es decir, en el inicio de la posguerra y de, precisamente, la Guerra Fría. Triple salto mortal.

Hay una serie en las plataformas, The Americans, en la que un matrimonio ruso espía en los Estados Unidos de Reagan. La serie es floja, pura trama. Esto mismo también comentó Leila Guerriero en una columna sonora que tiene en una radio española. Ella destaca como virtud la obsesión, la fe ciega, inquebrantable, de la pareja. El detalle es cierto, pero antes, antes del propósito férreo, patológico o no, está la nostalgia del relato, como en Le Carré y, me parece que, aun más allá de eso, está la relación de los dos protagonistas: la unión por encima de todo, el apoyo del uno en el otro y la vibración combustible que no declina. Y esto se convierte en tema central. Algo que también es vintage, para el que lo perdió, para el que nunca lo tuvo o para quien lo imagina.

Hace años, cruzando Carnaby Street en Londres, le pregunté a un amigo inglés, mucho mayor que yo y que me acompañaba aquella mañana, si recordaba los días del Swinging London en ese lugar. “No –me respondió–, los que se acuerdan no han estado aquí”.

*Escritor y periodista.

Producción: Silvina Márquez.

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