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COLUMNISTAS / Apuntes en viaje
domingo 11 agosto, 2019

Balido

Antes de salir de Buenos Aires había pasado por la verdulería a comprar unas mandarinas para el viaje. La verdulera es una mujer parecida a la protagonista del libro.

por Selva Almada

Balido. Foto: Marta Toledo

Hace unos meses mi madre compró una oveja. Me mandó la foto por wasap. Le pregunté si les iba a decir a los nietos que eligieran un nombre, como hacen en el zoológico cuando nace un cachorro. Me dijo que no, que ya le había puesto nombre: Nube. A las pocas semanas de tenerla con ella supo que estaba preñada. Venía así, me dijo. Y empezamos a sacar cuentas: el cordero nacería en julio, cuando los niños de la familia estuvieran de vacaciones, visitándola. Con mi hermana, mientras, nos wasapeábamos sacando otras cuentas: el corderito estaría a punto para la Navidad. Aunque por el entusiasmo de mi madre enseguida nos dimos cuenta de que no estaba en sus planes ponerlo a la parrilla.

Pasaron los meses y llegaron las vacaciones de julio. Yo volví de Asunción y me fui al pueblo a reunirme con mi hermana y mis sobrinos. El parto de la Nube era inminente.

Para el viaje de ida, en micro y a la tarde, me llevé dos libros de dos amigas que publicaron este año. Releí varios fragmentos de El tiempo que lleve olvidar, de Mercedes Bisordi, la Mimi. En una versión muy anterior del libro había una escena donde la narradora se despertaba en medio de la noche por los balidos lastimosos de los corderos cuando su abuelo los llevaba al sacrificio. Era una escena espeluznante y hermosa. El libro en su versión definitiva también lo es, esos hombres y mujeres de campo que carnean animales, esquilan ovejas, montan en pelo, que pueden carnear también a su esposa y al amante; que pueden ser domadores feroces y tener voz de mujer; o un muchacho devenido una muchacha que pasea por el pueblo a caballo llevando un perrito acomodado en la silla de montar. Es el libro perfecto para cruzar el puente Zárate-Brazo Largo e ir adentrándome en la provincia, acostumbrando el oído.

Afuera el día estaba frío y medio gris. Había llovido bastante, se notaba en las aguadas al costado de la ruta. Saqué de la mochila Era tan oscuro el monte, de Natalia Rodríguez Simón, Naty o la Chiquita, como le decía Laiseca. No es este de espinillos que se crispan junto a la 14 el monte del título de la novela. Es una historia de migrantes. Antes de salir de Buenos Aires había pasado por la verdulería a comprar unas mandarinas para el viaje. La verdulera es una mujer parecida a la protagonista del libro, me imagino así su tienda, con ese olor a humedad, a moho que se desprende de los cajones de frutas, de las verduras que ella rocía prolijamente varias veces al día para que no se marchiten. La novela de Naty está llena de humedad: de la leche materna, del semen, del sudor de la bailanta, de la sangre que los machos derraman porque sí, la propia y la ajena. La terminé en pocas horas, antes de finalizar mi viaje, y le mandé un wasap: terminé la novela, es hermosa y más triste que la mierda. No salió, nunca hay señal en esta parte del camino.

Al final esos días en el campo estuvieron soleados, casi primaverales: un respiro en medio de la escarcha. Todos los días esperamos el nacimiento del cordero, pero nada. Pasaron los días y volvimos al trabajo, la escuela, la vida y dejamos a la Nube esperando a la cigüeña.

Unos días después mi madre nos mandó un video por wasap: nació por fin. En la filmación ya es un animalito hecho y derecho, mira a la cámara del celular y nos regala un balido alto y fuerte. No tiene nombre y no tendrá porque se va a morir inesperadamente. La Nube tiene una infección y no puede amamantarlo. Le dan mamadera pero el invierno es demasiado grande para un cordero tan chiquito.


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