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Bibliófilos y librófilos

Los librófilos adquieren libros solo porque existe la posibilidad de leerlos algún día.

06-11-2021-logo-perfil
. | Cedoc Perfil

A diferencia de un cinéfilo, que es alguien al que le gustan intensamente las películas, un bibliófilo es un aficionado a juntar libros raros o primeras ediciones. Cuando un cinéfilo se dedica a esas cosas, se lo llama coleccionista. Con la aparición de los formatos digitales, hay más cinéfilos coleccionistas pero quien colecciona versiones de las películas en material fílmico se ofende si lo confunden con quienes amontonan DVDs o llenan discos duros con material bajado de la web. Es casi la diferencia que hay entre un bibliófilo y alguien que tiene una biblioteca grande. 

De todos modos, es necesaria una palabra para los que a lo largo de su vida han comprado, robado, recibido o acumulado de alguna manera una buena cantidad de libros sin preocuparse por la exclusividad ni por la exhaustividad. Digámosles librófilos, como quien dice zoófilos, algo que sugiere promiscuidad y excluye el refinamiento. Creo ser uno de ellos (un librófilo, digo) y no sé cómo designar mi vicio. Además, las precisiones y las divisiones que les caben a los ordenados bibliófilos son inaplicables a los caóticos librófilos, que juntan libros a partir de un interés que puede ser incluso vago o circunstancial y tampoco tienen demasiadas posibilidades de hacer dinero con eso, ya que el valor de reventa de los libros (salvo los que coleccionan los bibliófilos) es mucho menor que el de los autos usados. 

Los librófilos adquieren libros solo porque existe la posibilidad de leerlos algún día. A la inevitable pregunta sobre si uno leyó todos los libros que posee, responderán que no solo no los leyeron, sino que no los van a leer. Y eso por dos razones. Una es que no les alcanzaría el tiempo aunque le dedicaran todas las horas posibles de cada uno de sus días. La otra es que hay una distancia metafísica entre comprar un libro, aun cuando uno sienta que la vida carecerá de sentido si no lo hace, y leerlo efectivamente, ya que entre la adquisición y la lectura pueden variar el humor y el interés, además de que actúa un mecanismo disuasivo que se parece a la histeria del seductor, que hace que las presas eróticas pierdan interés una vez conquistadas.

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De todos modos, con los años, el librófilo se da cuenta de que su biblioteca contiene unos cuantos libros interesantes. Y no solo interesantes, sino libros que le crean una gran culpa justamente por no haberlos leído. Hace poco tuve una de esas crisis de culpabilidad y empecé a juntar al lado de la cama volúmenes de autores con los que estaba en deuda. Por suerte se me pasó al otro día, porque me hubiera quedado sin espacio para llegar a acostarme. Pero, al despertar, me di cuenta de que, entre muchos otros, estaba al lado del Tristram Shandy de Sterne, de las Almas muertas de Gogol, de los Diarios de Kafka, de Molloy de Beckett, de Las alas de la paloma de Henry James, de las Charlas de los lunes de Mansilla, de Ser norteamericanos de Gertrud Stein y de todos los libros de Jack Kerouac que todavía no leí. Porque otra de las manías del librófilo es la autoprohibición de leer a ciertos autores si no se reúnen antes todos sus libros, lo que lo convierte en una clase degradada de bibliófilo. Pero me consuelo pensando que ese fetichismo es más sano que el de las ediciones firmadas por el autor y el de los libros en impecable estado.