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COLUMNISTAS / Apuntes en viaje
domingo 8 diciembre, 2019

Buena vida

Casi a diario, del sector de cobros del banco me llamaban para saber cuándo podría ir cancelando cuotas de los préstamos y al menos pagar el mínimo de las tarjetas.

Oliverio Coelho

Buena vida Foto: marta toledo
domingo 8 diciembre, 2019






Las facilidades que dan los bancos siempre me tentaron. Los préstamos online instigan la fantasía del dinero gratuito, igual que las tarjetas de crédito. De modo que durante años viví de un dinero que no tenía ni ganaba. Nunca supe la razón por la que me lo ofrecían. Probablemente un malentendido. Fui pagando las tarjetas con préstamos, y a la vez pagando cuotas de préstamos y tarjetas con más préstamos. Hasta que un día mi capacidad financiera se agotó. Y no hubo más préstamos y pagar las deudas se volvió inviable. Al principio fantaseé que con un trabajo decente podría hacer frente a las cuotas. Después de búsquedas laborales infructuosas, entendí que con un sueldo promedio no llegaría a pagar un cuarto de las cuotas y no me quedaba nada de dinero para vivir. El lema “trabajar para cancelar una deuda infinita, morir como un esclavo y legarles deudas a tus hijos” se volvía cada día más real. Correría con el banco la carrera de Aquiles y la tortuga. Aunque pagara cuotas e intereses, siempre debería más de lo que me habían prestado. Así había sido el sistema crediticio mafioso argentino.

Casi a diario, del sector de cobros del banco me llamaban para saber cuándo podría ir cancelando cuotas de los préstamos y al menos pagar el mínimo de las tarjetas. Debo confesar que me producía cierto goce hacer promesas de pago y entablar diálogos confesionales con los acreedores, explicar mi situación, victimizarme diciendo que había perdido el trabajo.

Decidí entonces empezar de cero. Con los últimos “ahorros”, compré un pasaje para salir del país. Cuando el avión despegó hacia Cancún, sentí el inmenso placer de haber vencido al sistema financiero y haber recuperado la libertad. En mi futuro destino, pensé, no tendría tarjetas, no sería visible para el sistema financiero, no sería cliente, no sería nada más que un consumidor clandestino. Pero en cuanto salí del aeropuerto de Cancún, dos promotoras me abordaron y me dijeron que estaban ofreciendo promocionalmente la tarjeta internacional American Express sin costo y renovación gratuita. Pregunté cuáles eran los requisitos. Como si olieran la sed de un jugador empedernido, me contestaron “solo pasaporte”. Desenfundé el pasaporte e instantáneamente tuve mi primera tarjeta de crédito posterior al fraude. Me prometí dosificarla. Podía resultarme útil a la hora de asentarme en la playa. En el fondo a los bancos no les importa que sus clientes no paguen. La impuntualidad y el fraude están dentro del cálculo estadístico. Asumen los riesgos, cuentan con gente como yo y por eso son capaces de ofrecer tarjetas gratuitas a la salida de un aeropuerto.

Así empecé mi nueva vida. Con una deuda. Apenas pisé las calles de Cancún, elegí un restaurante bien caro para estrenar mi American Express. En el bar de al lado, conocí una mujer bastante más joven. Invité varios tragos. Y pasé la noche en un hotel cinco estrellas que pagué con mi flamante tarjeta.

Despertar con una ligera deuda en la conciencia fue, para mí, de lo más normal. Mientras desayunaba pensé que en ese mismo momento estaba contrayendo una nueva deuda. Enseguida me di cuenta de que el desayuno estaba incluido en la estadía.

Dejé pasar el día en la playa. Cuando cayó el sol, empecé a sentir ansiedad por volver al bar del día anterior y consumir todos los créditos pendientes de mi nueva vida.


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