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domingo 21 junio, 2015

Calor electoral

La construcción de las candidaturas refleja que el verticalismo tiene límites. Enseñanzas.

Foto: Dibujo: Pablo Temes
domingo 21 junio, 2015

El proceso electoral va produciendo hechos, nuevas certezas y nuevas incertidumbres. La candidatura de Zannini mueve a las más diversas conjeturas. A algunos de los votantes de Scioli que no son fans de la Presidenta no les gusta; pero, ¿a cuántos de esos votantes que constituyen el capital político propio de Scioli realmente les importa demasiado la figura del vicepresidente en la fórmula presidencial? A cambio de eso, Scioli ha consolidado definitivamente su lugar como el candidato oficialista y ya tiene abierto el camino para jugar la final, a la que llega en buenas condiciones. El resto son conjeturas y demandas dirigidas al próximo gobierno que se van generando desde ya y que seguramente van a ir en aumento.

La otra cara de la moneda del oficialismo en este proceso electoral es el caso Randazzo, a quien el Gobierno hubiera querido compitiendo en la provincia de Buenos Aires. Randazzo resistió el manejo verticalista de su situación y deja a Buenos Aires sumida en una gran incertidumbre. El verticalismo tiene límites.

En los espacios opositores y en los procesos provinciales la situación está igualmente movida. La percepción más difundida es que Macri pasó a sufrir algunos contratiempos y Massa vuelve a alentar expectativas. El macrismo sufrió un contraste en Santa Fe; además, el ejercicio del estilo vertical también encontró algunos límites en el Pro, los que se reflejan sobre todo en algunas tensiones con sus socios políticos.

Finalmente, hay una fórmula mixta Pro y UCR para disputar la gobernación de Buenos Aires y se espera con ansiedad el resultado de la votación en Mendoza. El macrismo parece también inquieto en la Capital Federal, donde la sombra de Lousteau ha pasado a ser una amenaza en la segunda vuelta –y eso pone de relieve el valor electoral de Gabriela Michetti, contrariando las preferencias verticales dominantes en el PRO–.

Massa –quien en vocación verticalista no se queda atrás– hoy parece que se apuró demasiado a declararse fuera de carrera y amenazar con bajar su candidatura. Ha perdido algunos aliados de peso en distintos distritos, ya no puede capitalizar el triunfo de Weretilneck en Río Negro y no está en óptimo estado para capitalizar el posible triunfo de Schiaretti en Córdoba (que, si ocurre tal como parece, será otro contraste para el Pro/UCR).
Este proceso va dejando enseñanzas. Una de ellas es ésta de los límites al verticalismo, que son los que impone una sociedad irreversiblemente plural como es la argentina. Otra es que el liderazgo de la Presidenta en el espacio kirchnerista es una fuente de poder, pero también tiene sus límites. En ese plano de las percepciones de los votantes –que también son poderosas, pero no son fácilmente manejables– se identifican por lo menos dos ingredientes distintos dentro de lo que hoy es el oficialismo: el “muy K” y el “no tan K”. El “muy K” tiene poder y avanza bajo el impulso de ese poder; pero no tiene muchos votos, sus candidatos frecuentemente fracasan. El “no tan K” es menos poderoso, pero es electoralmente exitoso. Scioli –quien finalmente y después de una larga y tenaz insistencia ha logrado su gran objetivo, la candidatura oficialista–, Perotti en Santa Fe, Rioseco en Neuquén, Bermejo en Mendoza, Urtubey en Salta, son exponentes de ese fenómeno que refleja un aspecto de las expectativas sociales que suele escapar a los análisis: hay una parte de la Argentina de hoy para la cual el dilema no es “kirchnerismo o cualquier otra cosa” –o, como se suele decir, continuidad o cambio– sino continuidad con cambios.

El club de los kirchneristas moderados no solamente tiene muchos miembros en los segmentos dirigentes de la política sino también en la sociedad. Y no está sumergido en las napas subterráneas; encuentra cómo y a través de quiénes expresarse. Muchos especulan sobre el papel de esos moderados en el futuro próximo; pero, por lo pronto, está claro que el oficialismo no puede ganar elecciones sin candidatos de su ala moderada.

Hay una tercera enseñanza: no todo es “K o anti K” en la Argentina de hoy. La Ciudad de Buenos Aires lo ilustra claramente: el kirchnerismo no es una opción competitiva en el distrito. En mayor o menor grado eso pasa en otros lugares del país.

Contrastes. En esto de las percepciones contrastan la mirada de los dirigentes y la del común de la población. Entre los dirigentes los hay decididamente opositores, y los hay que parecen soñar con un algo que no existe; querrían algo así como un Scioli candidato acompañado por moderados, sin demasiados ingredientes de ultrakirchnerismo. Eso no lo tendrán, está clarísimo. Pero no votan a otros candidatos, o bien porque no calculan que puedan ganar o bien porque no terminan de tenerles confianza. En la masa del electorado esa distribución de la confianza es más clara. Las encuestas de opinión que indagan más allá de lo puramente electoral ayudan a explicar, por ejemplo, por qué Scioli –o el oficialismo, lo que se prefiera– está obteniendo más intenciones de voto: la gente le deposita más confianza en el manejo de temas tales como la salud, la creación de empleo, la educación y hasta, mínimamente, la inflación. El reciente Pulso de Ipsos lo documenta. Massa es más confiable en temas de seguridad; Macri, en corrupción.

El efecto final de estos hechos que va produciendo el proceso electoral habrá de medirse con dos varas. Una es la puramente electoral. La segunda vara que medirá el impacto de lo que está sucediendo la proporcionan los mercados. Esta no se manifiesta solamente en los movimientos bruscos de la situación a corto plazo –aunque éstos incidirán, obviamente, como en todo proceso electoral– sino también en las expectativas a mediano plazo. Sobre esas expectativas económicas hay poco que pueda hacerse desde la toma de decisiones comunicacionales. La Argentina enfrenta problemas duros para obtener crédito externo y para conseguir un influjo significativo de inversiones. Toda la retórica política al respecto –tanto la optimista como la pesimista–es casi inocua frente a la sensación térmica de los actores económicos.

El posicionamiento de los candidatos –las percepciones de los votantes– es decisivo en una campaña electoral, y desde la comunicación puede hacerse mucho para controlarlo. Las percepciones macroeconómicas son igualmente críticas para el desempeño de la economía, pero sobre ellas sólo se puede actuar con decisiones; allí los discursos sobran.


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