COLUMNISTAS
epitafios

Chau clase media

Saul Alinsky, autor de Manual para revolucionarios pragmáticos (1971).
Saul Alinsky, autor de Manual para revolucionarios pragmáticos (1971). | Cedoc

Durante la pandemia, la insistencia en destacar las cualidades proféticas de 1984 o Un mundo feliz alcanzó un paroxismo insoportable. Por lo general, se unge con esa condición siempre a los mismos libros, invitándonos a buscar, tal vez por oposición, otros que nos parezcan tan o más dignos de alistarse en una categoría así de prestigiosa. Podríamos preguntarnos por qué la capacidad, real o percibida, de hacer futurismo cuenta con tanto favor, pero lo dejamos para otra oportunidad, a fin de requisar los alcances de un ensayo que se autodefine como destinado a “jóvenes activistas comprometidos con la lucha, comprometidos con la vida”.

Tratado para radicales. Manual para revolucionarios pragmáticos (1971), última obra de Saul Alinsky, hijo de inmigrantes rusos nacido en Chicago a comienzos del siglo pasado, habla de muchos de los rasgos sociales que definen buena parte de la coyuntura actual. Es una suerte de propuesta política que se dio a conocer bajo el nombre de community organizing, siendo aquellos que la desarrollan community organizers, motes que no deben confundirse con la “comunidad organizada” peronista, que en poco o nada acuerda con su perspectiva. Pese a referenciarse en el “pragmatismo”, el pensamiento de este sociólogo tampoco guarda demasiada consonancia con la colección de ensayos escritos entre 1903 y 1911 por Giovanni Papini, y publicados bajo ese nombre. 

Centrado sobre todo en sus experiencias personales formando activistas, Alinsky postula que la lucha armada es generalmente innecesaria y que renegar del sistema carece de sentido: “¿Cuál es la alternativa a trabajar ‘dentro’ del sistema? –se pregunta–. Un caos de basura retórica al grito de ‘¡Abajo el sistema!’?”. Parado en la izquierda, se permite ser crítico, sin desconocer que para el momento en el que escribe “la revolución se ha convertido en sinónimo de comunismo mientras que el capitalismo es sinónimo del statu quo”. Sostiene que, siempre renuentes a los grandes cambios, las personas “aceptamos una revolución si garantiza que está de nuestro lado, y solo si vemos que es inevitable”. Propone a Moisés como un modelo, sin dejar de renegar de “una ética judeocristiana que no solo ha convivido con, sino que ha justificado, la esclavitud, la guerra y todas las terribles explotaciones del ser humano”, al tiempo que dispara contra quienes “amontonan tesis y escritos acerca de la ética de los fines y los medios (…) ajenos a las responsabilidades, a los problemas operacionales y a la incesante presión para tomar decisiones inmediatas”. 

Para los del medio, todo parece ir rumbo al epitafio, sin una revolución, ni revolucionarios que puedan impedirlo.

Pero sus mayores dotes proféticas se dan al decir que “la primera tarea de los activismos revolucionarios es lograr que un porcentaje importante del pueblo desemboque en el desencanto con las formas y los valores del pasado” y al endiosar la polarización: “Los hombres no actuarán a no ser que estén convencidos de que su causa se encuentra al 100% del lado de los ‘ángeles’ y que la oposición está al 100% del lado del ‘demonio’”. Y es todavía más visionario al proponer silenciar disidencias corriéndolas por izquierda: “Aquellos que, por cualquier combinación de razones, fomentan lo contrario a la reforma se convierten en los aliados inconscientes de la extrema derecha política”. 

Y el gol de media cancha en lo que a ser un adelantado respecta llega cuando estigmatiza a la clase media: “Entre los poderosos y los desposeídos se encuentran los que tienen un poco y quieren más. Divididos entre la conservación del statu quo para proteger lo poco que tienen y el deseo de cambio para tener más, son personalidades partidas, esquizoides políticos, económicos y sociales. Buscan el camino seguro para aprovecharse del cambio sin arriesgarse a perder lo poco que tienen. Insisten en tener un mínimo de tres ases antes de jugar una mano en el póquer de la revolución. En términos termo-políticos, son tibios y están enraizados en la inercia”. 

Cincuenta años después, el sector contra el que apuntó Alinsky se debilita ante un cambio de paradigma en el que, más allá de los discursos “del bien”, la precarización de aquellas prerrogativas que hasta hace poco se daban por sentadas avanza consolidando ¡otra vez! la vieja partición de élites y masas. 

Para los del medio, todo parece ir rumbo al epitafio, sin una revolución, ni revolucionarios que puedan impedirlo.