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La IMPORTANCIA DEL DEBATE

Cómo crear políticas de Estado

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Nicasio Oroño fue un destacado político santafesino del siglo XIX, embanderado en todas las causas progresistas de la época, desde el matrimonio civil hasta la educación y la inmigración. Por cuestiones que hoy parecen menores, se enfrentó con Sarmiento, pasó buena parte de su vida convencido de que sus ideas eran contrarias a las del sanjuanino, y murió aborreciéndolo. Probablemente tuvieron diferencias, y no menores, sobre inmigración y educación. Pero en perspectiva, esas ideas, y las de muchos otros, forman parte de un común emprendimiento de transformación de la Argentina, sumamente exitoso, impulsado por el Estado en las últimas décadas del siglo XIX. Hoy lo llamaríamos “políticas de Estado” y nos admiramos del consenso con que se construyeron. Olvidamos los debates y las diferencias y apreciamos la coincidencia. Miramos el bosque e ignoramos los árboles.
En la década de l960 no se hablaba de políticas de Estado. Era común referirse al Proyecto de la Generación del Ochenta. Eran los tiempos de la planificación y de los Planes de Desarrollo, de modo que predominó una imagen tecnocrática. La gran transformación finisecular habría sido el resultado de un proyecto formulado por técnicos calificados y políticos expertos: la famosa “generación del Ochenta”.

Otros preferían hablar, para éste y otros casos, de un “proyecto nacional”. En distintos momentos, el proyecto nacional habría expresado la voluntad unánime del pueblo, encolumnado detrás de objetivos de grandeza nacional. Los técnicos eran importantes, pero también el líder, capaz de encarnar y dar forma a la aspiración unánime del pueblo nacional.
En los tiempos democráticos actuales desconfiamos de esa unanimidad, que tiene resonancias castrenses. Pero apreciamos la idea de políticas de largo plazo, a las que finalmente llamamos políticas de Estado. Son estables y continuas. No dependen de los cambiantes humores políticos de los gobiernos, ni de las coyunturas electorales, sino que se apoyan en saberes técnicos y en consensos. Hoy, las políticas de Estado aparecen en muchas propuestas como las antípodas del decisionismo kirchnerista. Su ideal parece ser un programa redactado por expertos y rubricado por políticos. Combina la ilusión tecnocrática con una dosis de otra ilusión: el consenso, que comúnmente es compartido con los Pactos de la Moncloa.

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No es así como sucedieron las cosas en 1880. Entonces la Argentina adoptó un camino que resultó exitoso, en parte porque se adecuó a las circunstancias del mundo, y en parte porque hubo debates ásperos y enconados sobre cuestiones tan decisivas como el régimen monetario o el laicismo. Luego de ellos, se tomaron decisiones, que supusieron la victoria de unos criterios y la derrota de otros. Fueron debates enconados, y sus protagonistas, lejos de felicitarse por los consensos, a menudo murieron amargados y convencidos de su derrota, como Oroño o el propio Sarmiento.
Así se construyó lo que a la distancia llamamos exitosas políticas de Estado. Son políticas porque hubo confrontación. Pero también son de Estado, y esto es un punto importante hoy, cuando nuestro Estado, tan maltrecho, desatiende una de sus tareas básicas: impulsar y coordinar los debates colectivos que, una vez decantados, sustentarán y orientarán sus políticas. Esta es la tarea de quienes gobiernan el Estado y de quienes integran su burocracia y sus agencias técnicas, y de su calificación e idoneidad depende en buena medida el resultado.

Pero también se requiere un funcionamiento institucional que facilite la circulación del debate por los órganos representativos, los partidos, la prensa y los ámbitos civiles de opinión, que precedan la decisión política. En el transcurso de esa circulación habrá combates. Así, aunque sus protagonistas no lo adviertan, se decantarán los consensos que asegurarán la continuidad del meollo de las políticas. Hoy no tenemos ese “estado donde la sociedad piensa sobre sí misma”, según la frase de Durkheim. Construirlo es un requisito para tener políticas de Estado.

*Investigador principal del Conicet. Dirige el Centro de Historia Política de la Unsam.