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Cosas de negros

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| Cedoc

Qué asco lo de estos chicos de Los Pumas. No tanto los chistes imbéciles (¿quién no ha pronunciado alguna vez alguno?) sino que se pretenda que esas son cosas de adolescentes rebeldes, con las hormonas desarregladas. 

¿Intervino el Inadi de oficio? ¿O, como suele ser su costumbre, reservó sus energías para otras causas (nunca las que importan verdaderamente)?

Los chicos de la verdulería donde suelo aprovisionarme consideraron que los recuperados exabruptos de esos inexcusables jugadores los habilitaban a decir similares barbaridades. A la tercera estupidez los paré en seco: ¿pero vos te miraste al espejo? ¿pero vos sabés qué sangre corre por mis venas? Como argentino, les dije, yo tengo sangre indígena y sangre probablemente negra (independiente de la coloratura de mi piel), aunque mi apellido parezca muy centroeuropeo. “Atlanta” murmuró uno mientras pesaba las papas, y simulé no oírlo.

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Yo no sabría ahora decir en qué momento empecé a soportar mal los índices de una manera de pensar la relación entre los lenguajes (o los discursos), lo mundano, lo viviente y lo universal. En todo caso, de pronto, la expresión “expresión latinoamericana” se me apareció y me exigió un compromiso.

Todo lenguaje, es, en principio, un gesto. Es decir: la “expresión”, ese acontecimiento de discurso, pone en contacto una(s) lengua(s) y uno(s) cuerpo(s). La expresión americana (que involucra tres dimensiones: lo viviente, lo discursivo, la escritura) pasa del gesto al estilo hablado y del estilo hablado al estilo escrito. 

Pedro Henríquez Ureña, el más grande filólogo que dio este continente, había elegido para la primera lección de la Gramática castellana que hizo junto con Amado Alonso un fragmento de la Excursión a los indios ranqueles de Mansilla. El fragmento da el mismo escalofrío que los twits de los rugbiers (dice lo mismo).

La Excursión de 1870, tan transitado por nuestras juventudes porteñas, es contemporáneo de un libro de poemas al que hay que rescatar del archivo. Se trata de Horas de meditación (1869) de Horacio de Mendízabal (1847-1871).

El libro sale en 1869, el autor muere dos años después, durante la epidemia de fiebre amarilla mientras ayudaba a las víctimas como secretario de la junta popular presidida por el doctor Roque Pérez. 

El afroporteño Horacio de Mendízabal se pregunta en el prólogo del libro: “¿Tendríais horror de ver un negro sentado en el primer puesto de la república? ¿Y porqué, si fuese ilustrado como el mejor de vosotros, recto como el mejor de vosotros, sabio y digno como el mejor de vosotros? ¿Tan solo porque la sangre de sus venas fue tostada por el sol del Africa en la frente de sus abuelos? ¿Tendríais horror de ver sentado en las bancas del parlamento á un hombre de los que con tan insultante desdén llamáis mulato, tan solo porque su frente no fuese del color de la vuestra? Si eso pensáis, yo me avergüenzo de mi pueblo y lamento su ignorancia.” 

Para los suprematistas blancos de la generación del 80 y los rugbiers de hoy y de mañana es un poco demasiado. Mejor es poner a los afroporteños en su lugar y que sea lo que Dios quiere (si bien no hay estadísticas que corroboren la sospecha de que la fiebre amarilla diezmó particularmente a la población afroporteña, lo cierto es que después de 1871 declina aceleradamente).

La expresión americana se articula en la tensión entre lo europeo, lo indígena y lo negro. La heteretopía latinoamericana (correlativa de su heteroglosia expresiva) es muy radical: no tiene historia, ni inteligencia, ni pueblo y su tarea es la construcción de esas tres dimensiones: darse una historia, sostener una inteligencia, inventar un pueblo (que falta).

Hay que construir, para eso, un lugar de enunciación novomundano, hacer de America no solo un tema obsesivo, sino una perspectiva, y una hipótesis de futuro. O como dijo Pedro Henríquez Ureña, ese negrito dominicano: “Si no nos decidimos a que [América] sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificación”.

Eso es algo más allá de toda necesidad y toda posibilidad, es una exigencia.