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COLUMNISTAS / DESAFÍO 2020
domingo 22 diciembre, 2019

Crisis, territorio y tiempo

El territorio –y la sociedad– se fragmentan más: lo que nos une como habitantes de una misma calle, de un mismo barrio, de un mismo país queda en suspenso, en entredicho.

Nicolás Tereshuk

Saqueos. La idea del “sálvese quien pueda” es preocupante. Foto: cedoc
domingo 22 diciembre, 2019

La inflación más alta en casi treinta años y los mayores niveles de desocupación y pobreza en una década no dejan lugar a dudas. Estamos ante una nueva crisis económica y social en la Argentina. Estos episodios son traumáticos para las personas, para el Estado y para el cuerpo social y pueden pensarse en términos de tiempo y espacio.

El tiempo, por supuesto, se acelera. Se viven varias vidas en unos momentos. Y así como la dinámica es de vértigo, también a veces todo parece girar en círculos. O en espiral. Como en un déjà vu. O como en esos sueños recurrentes en los que solo cambian algunos elementos o personajes.

El territorio –y la sociedad– se fragmentan más: lo que nos une como habitantes de una misma calle, de un mismo barrio, de un mismo país queda en suspenso, en entredicho.

En un texto de principios de los años 90 (Acerca del Estado, la democratización y algunos problemas conceptuales. Una perspectiva latinoamericana con referencia a países pocomunistas. Desarrollo Económico. Vol. XXXIII Nº 130), el politólogo Guillermo O’Donnell revisaba qué había pasado en países como la Argentina, Brasil y Perú al entrar en “una clase particular de crisis económica” en la que se da “un patrón de inflación alta y recurrente”. Aunque hablaba de las fortísimas hiperinflaciones de fines de los 80, un país que verá tres años seguidos de recesión por primera vez desde fines de los 90, una región que muestra en la media década que va de 2014 a 2019 “el menor crecimiento de las últimas siete décadas”, según el último reporte de la Cepal, pueden mirarse en aquel espejo.

Es en esos contextos en que los horizontes temporales se vuelven “extremadamente cortos”, los actores se mueven en “niveles muy desagregados” y la expectativa es de que “todos harán lo mismo”. “Es el mundo del ‘sálvese quien pueda’. El primer y más básico fenómeno es una dessolidarización generalizada”. La cruda imagen que nos plantea el autor es preocupante y familiar.

En una espiral descendente y acelerada, los grandes actores económicos atacan con el objetivo de colonizar el Estado y obtener réditos de corto plazo. Las posibilidades políticas de encontrar una salida se achican y las capacidades del sector público se encogen.

“(...)  la desintegración del aparato estatal, el aumento del déficit fiscal, una opinión pública hostil, partidos políticos que anticipan réditos electorales futuros mediante la aguda crítica al gobierno (incluso líderes del partido gobernante, que temen ser arrojados al abismo de su impopularidad) y los cálculos defensivos de poderosos actores económicos disminuyen la probabilidad de que la nueva política tenga éxito…”

Es con este tipo de escenarios en mente que hay que entender la situación que enfrenta el presidente Alberto Fernández, luego del fracaso de la gestión de Mauricio Macri, con la consiguiente situación de fragilidad en la que quedó el Estado nacional. Un Estado que fue orientado a beneficiar a los actores más grandes e internacionalizados de la economía. Un proyecto que habló de ser Australia, entrar a la OCDE, ser “mercado emergente” y vincularse sin intermediaciones con los circuitos financieros internacionales y terminó quedándose no solo sin dólares sino también sin pesos para cumplir con sus mínimas obligaciones. Un Estado paralizado, sin rumbo, dedicado a custodiar la fuga de divisas mientras el ex presidente cumplía la insólita proeza de arruinar su ilusión reeleccionista.

Sin una comprensión de ese contexto no se entendería por qué el jefe de Estado convocó ante la Asamblea Legislativa “a la unidad de toda la Argentina en pos de la construcción de un Nuevo Contrato de Ciudadanía Social”. Ni podría captarse el sentido de las medidas urgentes que adopta el Gobierno mientras plantea una amplia declaración de emergencia en el Congreso. No son medidas aisladas de una gestión que comienza. Se trata de, en cambio, encontrar una forma integral y sustentable de enfrentar una crisis que aún no termina.

El punto de partida básico es poner un piso a la caída económica y al deterioro social. Esa posibilidad y los acuerdos que sostengan ese nuevo escalón serán la clave para desandar la crisis. Dicho de otro modo, son tareas destinadas a desacelerar el tiempo y a empezar a revertir una fuerte fragmentación territorial y social. Ampliar los horizontes de actores sociales que puedan empezar a sentirse parte de una misma Nación. Dejar en suspenso los juegos de suma cero propios de economías en caída libre y de sociedades sin perspectiva. Sentir que tenemos algo en común con los más cercanos, pero también con otros argentinos a los que no vemos ni conocemos. Reparar para poder levantarnos.

*Politólogo UBA – Flacso.


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