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sábado 23 mayo, 2020

Cuando pase el temblor

Después de la absurda grieta cuarentena/anticuarentena, hará falta generar una narrativa ante los grandes desafíos que siguen vigentes.

‘...yo caminaré entre las piedras...’ Alfonsín, Menem, De la Rúa, Kirchner, Cristina, Alberto. Foto: Pablo Temes

Cada gobierno desde 1983 intentó mostrar a la sociedad un norte que marcara su gestión de gobierno casi siempre presentado como “refundacional”.

Narrativas iniciales. No siempre los principales objetivos fueron económicos, Raúl Alfonsín se propuso democratizar a la sociedad después de décadas de golpes y violencia política, con dos ejes principales: llevar a la Justicia a los responsables del terrorismo de Estado desde 1976 y a las cúpulas guerrilleras, bajo la teoría de los dos demonios.

El otro gran eje era democratizar a los sindicatos. Este doble programa provenía de sus denuncias sobre la existencia de un “pacto militar-sindical” para poner un manto de olvido sobre el accionar de la dictadura. En ambos frentes Alfonsín tuvo muchas dificultades. Las presiones militares lo obligaron a dictar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. En el frente sindical las cosas no irían mucho mejor: la Ley de Democracia Sindical de 1984 sería derrotada en el Senado por un voto, colocando a los sindicatos en la vereda de enfrente hasta el final de un gobierno sacudido por la hiperinflación y los saqueos.

Cómo olvidarlo. La brújula que guiaría a Carlos Menem cambiaría 180° desde la campaña del 89, cuando prometía la revolución productiva y el “salariazo” para abrazarse al ideario neoliberal: privatización, desregulación y descentralización con un norte único: “pertenecer al primer mundo”. Su “obra maestra”: el Plan de Convertibilidad de entre el peso y el dólar uno a uno.

Pero en su primer año hubo sucesos como el plan BB, hiperinflación y saqueos, caída del PBI y el Plan Bonex (canje forzado de plazos fijos por bonos).

Saldría de este modelo un país sin inflación, con empresas privadas a cargo de los servicios públicos, el sistema de jubilaciones y hasta de YPF, y millones de argentinos recorriendo el mundo con el dólar barato. Menem reelecto en el 95 se transformaría en el presidente con más días consecutivos gobernando: 3.807 contra 3.396 de Perón entre 1946 y 1955.

Crisis. Fernando de la Rúa propuso un gobierno sin corrupción y sin las frivolidades que le adjudicaban a Menem. La fuerza convocante con que esos mensajes habían llegado a buena parte de la sociedad se desinfló rápidamente. Su alianza con Carlos Chacho Álvarez terminó con la renuncia de este como vicepresidente tras el escándalo sobre el pago a senadores para la sanción de una ley de reforma laboral.

La deriva del gobierno de la Alianza se centró en la imposibilidad de hallar una salida a una convertibilidad agotada. La renuncia de De la Rúa a fines de 2001 en medio del caos marcaría a la sociedad argentina por generaciones.

La ola K. Luego del interregno de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner asumiría el 25 de mayo de 2003. Muchos argentinos comenzaron a conocerlo recién ahí (había sacado solo el 22,2% de los votos). Sus principales ejes se centraron en desarmar las reformas menemistas de los 90, y el restablecimiento de los juicios a los militares. Eran épocas de crecimiento a tasas chinas, baja inflación y reservas estallando gracias al boom de la soja y aumento de las retenciones y una alta imagen positiva de NK.

Con el ascenso a la presidencia de Cristina Kirchner los logros del primer gobierno kirchnerista parecían empañarse. La crisis financiera internacional de 2008 se combinó con el conflicto con el “campo” y el enfrentamiento con el grupo Clarín. Surgiría una Cristina más a la izquierda, centrada en la confrontación con los “monopolios de medios” y una nueva ley de servicios audiovisuales. Su segundo mandato ya sin NK (fallecido en 2010) tuvo la inclusión como eje central, el establecimiento de la AUH y el enfrentamiento con los sectores medios por la introducción del cepo cambiario.   

Nueva derecha y el regreso del peronismo. Mauricio Macri intentó a su modo generar un cambio de polaridad en la sociedad con su ataque a las políticas “populistas” de los gobiernos K, la introducción de los CEO en la conducción del Estado nacional, así como proponer la meritocracia como regla social predominante. La necesidad de financiamiento llevó a su gobierno a endeudar al país, primero con fondos privados y luego con el FMI, y hoy parte del “default amigo”. El mensaje de un gobierno orientado a los mercados no se vio retribuido con esperadas inversiones, con el final conocido.

Alberto Fernández ha comparado la situación actual a la que tuvo que enfrentar Néstor Kirchner en 2003 cuando era jefe de Gabinete. Sin embargo, la situación histórica se perfila en forma distinta. A la recesión de la economía que proviene de los años macristas se le suma la fuerte escasez de dólares a diferencia de aquellos de NK. Durante la campaña electoral Fernández había planteado como eje central la reactivación de la economía, objetivo difuso en parte por la renuencia de los empresarios argentinos a invertir en el país bajo el argumento de los altos impuestos imperantes y las fuertes regulaciones laborales.

Estado salvavidas. Al iniciar su gobierno, Fernández planteó como su principal objetivo la reducción de la pobreza estructural. Para lograr dicho objetivo presentó en el lejano diciembre de 2019 una ley de solidaridad que le permitiría obtener recursos de los sectores de mayores ingresos para volcarlos entre los más pobres. Los resultados de este programa quedaron en suspenso cuando la pandemia del Covid-19 envolvió a la sociedad argentina. Hoy resulta casi imposible hasta hacer las encuestas presenciales de la EPH del Indec para conocer cuál es el porcentaje de pobres. El Impuesto País que buscaba recaudar entre quienes viajaban y gastaban con tarjeta en el exterior cayó a casi cero por la cancelación de todo tipo de viaje. Además de enfocarse en los más pobres, el Gobierno debió socorrer hasta a las empresas grandes para ayudar en el pago de los salarios. De aquí surgen ideas desgastadas para que el Estado pase a ser propietario de las empresas productivas, abriendo la discusión sobre si puede reemplazar a la inversión privada.

Más allá de las discusiones médicas-políticas y el surgimiento de una nueva (y absurda) grieta cuarentena/anticuarentena, la generación de un nuevo norte político es esperable tras la superación del problema sanitario.

*Sociólogo (@cfdeangelis)


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