martes 27 de julio de 2021
COLUMNISTAS Dichos y comparaciones
19-06-2021 01:05

De selvas, indios y barcos

19-06-2021 01:05

El presidente Fernández no se merecía las críticas infligidas por afirmar que los argentinos descienden de los barcos. Esta referencia fue durante muchas décadas, y quizás continúe siéndolo ahora, un ataque contra los inmigrantes europeos que llegaron a este territorio no solo desde hace 200 años sino también cuando lo hicieron como colonizadores para arrebatarles a los pueblos originarios sus territorios. El presidente Fernández tal vez quiso señalar que los mexicanos y los brasileños eran los auténticos habitantes mientras que los invasores españoles y portugueses en América Latina eran usurpadores y habían venido con la intención de travestir la cultura de las civilizaciones existentes en este territorio. Los recién llegados se consideraban superiores, miraban con desdén a los indígenas y trataron de despojarlos de sus tradiciones y religiones para reemplazarlas por la fe católica y las costumbres europeas. Las naciones latinoamericanas surgieron de aquellos conquistadores que buscaron independizarse de la tutela de las metrópolis que los habían mandado para apropiarse de las riquezas y abrir nuevas rutas comerciales.

Mucho después llegaron también en barcos inmigrantes atraídos por las posibilidades de encontrar un futuro próspero que no podían hallar en sus lugares de origen. Españoles, italianos, judíos, ingleses y otros viajaron para integrarse con sus nuevas ideas y estilos de vida a la sociedad local. Esta irrupción mayoritaria fue considerada disruptiva porque implicaba un desafío para el régimen local. Muchos estimaron que los inmigrantes no se identificaban con la “conciencia nacional”; sus ideas foráneas impedían la consolidación de una cultura nacional.

Estas ideas contra la inmigración tomaron fuerza en los años 20 del siglo pasado. El peronismo interpretó este fenómeno al plantearse como representante del pueblo que llegó a las ciudades como producto de la migración interna contra la oligarquía y la clase obrera extranjerizante pregonera de la democracia, el socialismo y el comunismo. El país necesitaba convertirse en nación, identificarse con el territorio y recuperar ese concepto abstracto de alcanzar un destino de grandeza. La Argentina descubría la importancia del “ser nacional” en oposición a todo lo extranjerizante que había arribado en barcos. Los golpes militares utilizaron un lenguaje similar cuando se referían a los apátridas que querían reemplazar la bandera por un sucio trapo rojo. Los movimientos “nacionales” acusaban a la izquierda de trasplantar modelos afines a otras latitudes: la cultura dejaba de ser global para desgajarse en civilizaciones. Unas eran mejores que otras.

Durante los últimos años se acentuó la tendencia de trazar una línea entre el pueblo imbuido del espíritu nacional y los otros. Estos últimos son los que traban el desarrollo, celebran la dependencia, se alejan de sus hermanos latinoamericanos e impiden la integración latinoamericana. En cambio, los mexicanos que descienden de los indios y los brasileños de la selva son los que están consustanciados con los valores ancestrales de los pueblos originarios; los argentinos que bajaron de los barcos solo obstaculizaron el destino de emancipación. La culpa recae en ese 50% y la redención en la otra mitad.

La intención del presidente Fernández fue elogiar a los brasileños y mexicanos y denostar a los argentinos provenientes de los barcos. Hoy está de moda la discriminación positiva, que no deja de ser un paternalismo; con la excusa de revalorizar las culturas originarias se crean barreras como si fueran valores permanentes. El presidente Fernández quisiera parecerse a Evo Morales pero en realidad su fisonomía está más cerca de Jair Bolsonaro al igual que la de todo su entorno. Quizás para plasmar ese espíritu nacional debería hacer un esfuerzo para promover candidatos que se parecieran más a “sus” argentinos y no tanto a los asturianos.

*Diplomático.

Producción: Silvina Márquez.

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