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domingo 26 enero, 2020

Detox digital

por Agustina Grasso

Bueno, me robaron el celular. Por suerte, fue solo eso. No me pasó nada, no se quedaron con nada más. Casi ni cuenta me di: un hombre lo sacó de mi cartera y ya. Lloré un poquito, eso sí. No por las fotos o contactos –porque sabía que estaban en “la nube”, que a esta altura debe ser como un chaparrón–, sino porque tenía unos textos que acababa de escribir.

—Te van a venir bien estos días para practicar el desapego digital –me dice una amiga, instructora de yoga y experta en hacer duelos por ser víctima habitual de robos: ya soltó tres billeteras y dos celulares.

Su consejo me gusta: me tomo el hecho de estar sin celular como un experimento social e individual… me lo tomo con calma…

Cierra la pantalla, abre la medalla…

Es como una liberación: ya no tengo que convivir con el temor de que me lo roben, ni con los mensajes a toda hora. Ahora puedo caminar por la calle, con el cuello en alto y mirar el cielo.

Pienso en los menonitas, esas comunidades cristianas que rechazan las nuevas tecnologías y la electricidad. En realidad, mil millones de personas en el mundo no tienen acceso a la electricidad, pero bueno, ellos lo hacen por elección. Y yo en este caso, casi que también…

Los celulares hace quince años que se empezaron a masificar… hasta llegar a hoy que son como nuestros marcapasos: son el objeto que más tenemos en las manos, todo el día: para trabajar, para hablar, pero también para evadirnos del presente … Las stories de Instagram pegan como el Poxiran…

¿Pero qué pasa cuando no tenemos celular? ¿Nos aislamos del mundo? Me pregunto qué pasa si en vez de conectar con gente desconocida en internet conectamos con nosotrxs mismxs…

No me vendría mal meditar y cumplir con esa promesa que me vengo haciendo hace meses: no mirar el celular antes de irme a dormir. Ver las stories es como una adicción que a veces me divierte, otras me acelera o me frusta. Por lo pronto, aprovecho estos días de silencio digital para poner en orden algunas cuestiones del mundo analógico que vengo postergando hace rato.

A todo esto, resulta que el correo postal jamás entregó mi chip y tuve que ir a buscarlo al local de la compañía de celulares, en medio de un día lluvioso: debe ser por “las nubes” repletas de datos…

Hace tiempo que no entro a uno de esos locales: resuelvo lo que más puedo por teléfono. Me siento como en un banco: mostradores, cajas, filas, números, espera. Aguardo mi turno y me pregunto: ¿cuándo las compañías de celulares se convirtieron en el centro del mundo? ¿Cuánto facturan? Un portal de noticias económicas dice que de las ocho empresas más grandes del mundo, siete están relacionadas con la tecnología y tienen un valor aproximado de 700 mil millones de euros...

En fin, llega mi turno y me entregan el ansiado chip. Cuando llego  a casa, se lo instalo a un celular de repuesto que me prestó mi hermano. Mis apps no están. Las pocas que hay están desordenadas, como mi sensibilidad en estos días... ¿Cómo es posible que tener un fucking celular en orden me haga sentir que tengo todo bajo control?

Me voy a dar una vuelta para despejarme y aprovecho para ir a la verdulería. Dicen que alimentarnos de manera sana y consciente no incluye solo los alimentos, sino la información que recibimos. No creo que ser zen implique alejarnos de todo el mundo, pero sí con intentar un buen equilibrio.

La verdulera me dice que las batatas de antes eran las mejores verduras. Ahora les corta las puntas que parecen de corcho.

—Es que ¿sabés qué pasa?  

—Estamos contaminando la tierra y la verdura no es la misma –me dice la vendedora.

Mientras habla, me sigue preocupando mi celular y que no tengo mis archivos.

—Y la Madre Tierra lo sabe. La tratamos mal con tanta contaminación y agrotóxicos. No hay tierra que aguante.

Ahora sí la escucho. Uff… cómo nos anestesia el celular, ¿no? Yo extrañando historia tras historia de Instagram, mientras la Pachamama me habla en la cara.

Y ni qué hablar del litio que se necesita para hacer la batería de los celulares: las mineras que explotan el negocio, por un lado, y les vecines, por otro, que luchan para que no exploten sus tierras.  Al día siguiente, el celular prestado se me cae al suelo y se rompe. Vuelvo a ser parte del experimento.

Mientras tanto, chusmeo precios: los celulares valen lo mismo o más que una heladera, un lavarropas o un televisor, objetos que duran años... ¿Qué representa el móvil en nuestras vidas? ¿Por qué tanto valor? ¿Qué vacío viene a llenar?

Este experimento se me está yendo de las manos. El nivel de intensidad es alto. Finalmente me compro un celular nuevo y pude recuperar todo. Mis apps están en orden. Pero aprovecho y borro cosas que no uso, me voy de grupos de WhatsApp en los que hace meses que no se habla. Borro contactos con los que ya no estoy en sintonía.

La desintoxicación hace su efecto.  

Dicen que desechando cosas viejas hacemos lugar para lo nuevo y que el impulso de deshacerte de lo que ya no va te genera dos sensaciones: el duelo de lo viejo y la alegría de la nueva versión que va ganando espacio. Resulta que ahora que tengo celular, se caen –a nivel mundial– las redes: no se pueden mandar audios, ni fotos… (...)

*Crónicas de una millennial, editorial Cascabel (fragmento).


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