viernes 09 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS mistica, actitud y fortuna

Dos historias muy diferentes

Boca terminó su victoria 3-1 bajo una lluvia impiadosa con una idea de problemas no resueltos, con el sabor dulce de Luciano Figueroa (autor de dos de los goles) y una gran actuación de Pablo Mouche. Es curioso, porque debe haber sido uno de los peores partidos de la era Ischia.

07-03-2009 03:17

Boca terminó su victoria 3-1 bajo una lluvia impiadosa con una idea de problemas no resueltos, con el sabor dulce de Luciano Figueroa (autor de dos de los goles) y una gran actuación de Pablo Mouche. Es curioso, porque debe haber sido uno de los peores partidos de la era Ischia. Riquelme fue bien marcado por Esmerado, pero cuando se le quejó sin razón a Pablo Lunati, el árbitro se sensibilizó y cobró un foul inexistente del volante contra Román y más tarde lo amonestó. Angel Cappa arriesgó al dejarlo a Esmerado y lo tuvo corto mientras el mejor fue Huracán. Boca se benefició con el fútbol lindo pero ineficaz del Globo, con un (otro) penal no cobrado a favor del rival y, tras un pase riquelmeano de Mouche, se puso en ventaja gracias a Palermo. No lo merecía, pero lo hizo. Después, Boca disfrutó de lo que disfrutan los equipos que están derechos: Lucho Figueroa entró por Palermo y metió los tantos restantes. Y fueron importantes los dos. El primero de Figueroa aseguraba el resultado y el segundo de Lucho (tercero xeneize) también, porque Eduardo Domínguez –el yerno de Carlos Bianchi– había descontado para Huracán.

Ustedes dirán que el texto que antecede es el comentario de un partido antiguo. Y tienen razón. Pero es una manera de marcar el camino de lo que fue la semana de Boca. Fue a San Cristóbal, la ciudad más futbolera de Venezuela, donde 40 mil personas lo hicieron sentir realmente visitante ante el Deportivo Táchira. Es un escenario hostil, pero la riquísima historia xeneize de los últimos diez años se gestó en “escenarios hostiles” y hasta con equipos infinitamente mejores que el Táchira. ¿O cuando Samuel metió el cabezazo en el Azteca, en la Libertadores 2000, el ambiente era gentil para Boca? ¿O acaso el desempate por tiros desde el punto penal en el Morumbí fue sencillo? Y, para no ir tan atrás, recordemos que el año anterior Boca había ido a jugar contra Atlas de México a Guadalajara y lo despachó con un rotundo 3-0, con tres de Palermo y después de haber empatado 2-2 en la Bombonera. Estas cosas de la presión, de los gritos y de ser visitante-visitante, para Boca tienen un valor relativo.

El tema es que Ischia cambió mucho el equipo desde Huracán a Táchira. Armó una formación más madura para el torneo local (Ibarra, Morel Rodríguez, Palermo, Vargas) y otra un poco más joven para Venezuela (Roncaglia, Gaitán, Noir, Viatri). En ambos casos, la dupla central fue Cáceres-Forlín, Vargas fue volante derecho y, por sobre todo, Riquelme condujo al equipo. A Román le resultó más sencilla su tarea en la Copa. No lo marcaron tan bien como Esmerado en la Bombonera y el trámite lo ayudó. Además, un empate con el Globo hubiese sido un resultado negativo; en cambio, un 0-0 con el Táchira hubiera sido digerible. Sin embargo, Boca ganó el partido 1-0 en el tramo final. Y lo ganó con un golazo, repitiendo los protagonistas del domingo anterior. Lo condujo Riquelme, Mouche levantó la cabeza, la metió en el área y, así como Palermo la empujó al arco del Globo, Lucho Figueroa puso un cabezazo formidable al ángulo derecho del arquero. Fue el cierre de una gran semana. Porque, si bien este juego no tiene lógica, se puede hacer un razonamiento. Boca jugó muy mal con Huracán y metió tres goles. Su rendimiento con Táchira no lo exime de algunas críticas y, así y todo, también ganó. Algunos hablan de mística copera. Es probable en estas cuestiones. Pero, además, hay excelentes rendimientos y rachas a las que Ischia les presta debida atención. El excelente rendimiento es de Mouche, la racha es de Figueroa. Y, encima, sus defectos no lo condenaron.

A River, en cambio, sí. River no tiene esta suerte o mística si se quiere. El domingo, San Lorenzo lo sacó del medio y le metió un gol a los 27 segundos; y otro a los 5 minutos. Y un tercero a los 17. Consiguió el 1-3, pero le durmieron toda ilusión con un 4-1 en el filo del primer tiempo. En el segundo, llegó el quinto que selló la goleada. Como dirían los viejos comentaristas, “el resultado exime de mayores comentarios”. Fabbiani trató de explicar la derrota diciendo que “llegaron cinco veces y metieron cinco goles”. Es un gran mérito del Ciclón, pero, a la vez, es un problemón para River. Significó, por un lado, que Ojeda no sacó ninguna, que los defensores tuvieron un 100% de ineficacia y que River ni siquiera remató al arco rival.

Con esa carga fue a Perú a enfrentar a la Universidad San Martín de Porres, un equipo modesto que le ganó. Gorosito modificó la estructura. Barbosa reemplazó a Ojeda, reapareció Gerlo (de buen trabajo), armó un doble cinco que rindió –Ahumada-Nico Domingo– y abrió la cancha con Galmarini y Sambueza. El problema de ese injusto 1-2 final es que se repitieron los defectos. El primero está en el fondo. Cabral siempre juega al límite. En Lima, se tiró desesperado a los pies de un delantero que estaba incómodo y pese a que no cometió falta logró que el mediocre árbtiro José Buitrago cobrara penal.

River atacó mejor que con San Lorenzo. Pudo haber llegado al gol por Galmarini, penetró la última línea peruana con Sambueza y hasta soltó varias veces a Ahumada y a Domingo. El problema es que le falta lo que le sobra a Boca: delanteros eficaces. Mientras Figueroa saltó con un defensor encima y la clavó en el arco, Rosales tiró afuera una pelota que con sólo empujarla marcaba la igualdad. Falcao, además, al ver que la pelota no le llega se desespera y baja. Y así recorre muchos metros, en un movimiento que termina favoreciendo al rival. El gol de River lo hizo el colombiano, al acertar en uno de los mil centros que le tiraron.

Son distintos y están en tiempos distintos. En una semana, Boca acomodó los tantos con dos resultados imponentes e importantes. A River, en cambio, le pasó de todo, hasta engordó Fabbiani. Pero está claro que la fortaleza anímica y futbolística no se consigue o se pierde de un día para el otro. Es algo que se crea con el tiempo. Los resultados son claros. Los de uno y los de otro.

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