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El acoso

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| Cedoc

Tal vez desgastamos la palabra “acoso”; tal vez extendimos en demasía el campo semántico de su referencia, tal vez no hicimos otra cosa que debilitarla, desperdigarla, mitigarla. Tal vez cometimos ese error. Y si bien las palabras no deciden la realidad del mundo, ni tanto menos la suplen, no dejan de encuadrar la manera en que pensamos y, por ende, el sentido de lo que hacemos. Las palabras no son las cosas, pero traen consecuencias en el mundo de las cosas (un mundo en el que ellas mismas están).

Tal vez desgastamos la palabra “acoso”. La empleamos para designar, por caso, la escena del piropo callejero. Una escena que, incluso para quienes la deploren, incluso para quienes la padezcan, responde más a la contingencia que a la constancia (por más que la suma de contingencias produzca un efecto abrumador de constancia, haciendo de los sucesivos piropeadores un mismo piropeador, un solo piropeador). La constancia del porfiado, del que por nada del mundo desiste, es asunto de otro orden, que puede darse también en la calle (y entonces, sí: el piropeador acosa). Entre las formidables parodias que Guillermo Cabrera Infante ensaya en Tres tristes tigres, hay una en la que El acoso, de Carpentier, se reescribe como El acaso: se pasa de la determinación a la indeterminación. Me pregunto con qué propósito, y eventualmente con qué ventajas, se plantea un desplazamiento de signo inverso.

La palabra “acoso” la empleamos también para definir ciertas escenas amorosas, escenas de seducción, de deseos que se escrutan y se encuentran o se desencuentran. Bajo la exigencia implícita de una improbable perentoriedad sentimental o erótica, una por la cual sea posible establecer sin mucha vuelta un sí o un no y hacerlo de manera clara y distinta, pasó a recelarse y condenarse (precisamente, en términos de “acoso”) toda forma de insistencia, o incluso de reanudación, de nuevo intento, de nueva oportunidad. Como si la suerte de un amor o de un deseo debiese jugarse, al igual que en la ruleta rusa, de una sola vez.

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Tal vez extendimos por demás esa palabra, ese concepto: “acoso”. Y le quitamos precisión, eficacia, fuerza. Porque en estos días se han producido hechos particularmente tremendos en relación con el acoso y los acosadores, y es como si las palabras reclamaran, no un sentido literal, que es por definición imposible, pero sí un sentido más específico y más ajustado. Acoso: la persecución brutal y la mortificación persistente con la que Mauricio Parada Parejas atormentó a Paola Tacacho durante varios años. Esa fijación tan subrayada con quien había sido su docente mucho tiempo atrás indica ostensiblemente la condición del perturbado mental. Y sin embargo, las trece denuncias efectuadas por Tacacho no encontraron en la Justicia la respuesta necesaria. Desestimaron el peligro de las conductas de Parada Parejas, aunque eran de por sí ofensivas; como si se tratara apenas de un enamorado algo obstinado que, por alguna razón, no acertaba a resignarse y desistir.

Pero no: no se trataba de eso. Se trataba de un acoso en serio. Acoso en sentido estricto, acoso de verdad. Pasó de largo. El desenlace feroz del acuchillamiento en plena calle fue terrible; algo tuvo, para la frustración general, de tragedia autogenerada: convertir en ineluctable lo que no era ineluctable. Eso que pudo ser evitado cobró la forma de la fatalidad. No era un destino, pero se transformó en un destino. La persecución a Paola Tacacho, por Parada Parejas, pasó a ser un acorralamiento, por pura inacción estatal.

Otros casos se agregaron en estos días, como el del acuchillamiento (esta vez, por fortuna, sin costo de vidas) de dos mujeres en un instituto de baile por parte de un trastornado que desde antes venía acosando. Acosando en sentido estricto, acosando de verdad. Permítanme citar un tuit de Alexandra Kohan. En febrero de 2018, escribió: “Ven psicópatas por todos lados, salvo cuando es un psicópata de verdad. A ese nunca lo ven venir. Quizás haya una relación entre esas dos cosas”.

Yo creo que tiene razón. Quizás haya una relación entre esas dos cosas.