lunes 27 de junio de 2022
COLUMNISTAS soluciones

El arte de traducir

12-02-2022 00:01

Me gusta cómo aparece la palabra solución en los textos que se ocupan del tema de las traducciones. Es distinto de su empleo en aquellos arduos ejercicios de matemática que nos daban en la escuela; ahí nos planteaban un problema, por no decir que nos metían en un problema, cuya solución eventual se divisaba remota, difusa, incierta (alcanzarla traía alivio, no exactamente felicidad). Y es distinto también, por cierto, de su empleo en la fórmula mediática “una solución argentina para los problemas de los argentinos”, en cuyo desarrollo suele propiciarse un equívoco por el cual las soluciones se presentan como si fueran problemas, y los problemas, como si fueran soluciones.

En los textos sobre traducción, en cambio, la palabra solución aparece sin que antes se haya sentido un problema (incluso, probablemente, sin que la palabra haya existido). Y eso porque no solo la solución se vive como una instancia dichosa, sino también el trance previo, el del dilema, el de la duda, el de la perplejidad, el de la dilucidación. Todo ocurre en el lenguaje y todo es igualmente feliz. Lo es en la traducción y también en lo intraducible, en lo dicho y en lo indecible, en los puentes y en los precipicios.

Laura Wittner lo transmite así en Se vive y se traduce. Lo transmite con delicia en lo que va de una lengua a la otra. Pero también en ese otro pasaje, también en ese otro entre, el que queda expresado en el título: el que ocurre entre la traducción y la vida. Y si en la traducción se habita un mundo general de disfrute, de soluciones sin problemas previos, en la vida puede suceder lo contrario: que haya un problema sin solución. Así cuenta Laura Wittner una muerte muy cercana, así la registra en su libro: con el dolor sereno de lo sin remedio, con la sutil discreción de lo que no precisa grandes tonos ni grandes gestos.

Cuenta eso y también cuenta esto otro: la manera en que la vida sigue.

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