lunes 26 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS opinión

El difícil legado de la esclavitud en EE.UU.

13-11-2021 00:35

El primer viernes de cada mes, con puntualidad de reloj atómico, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos publica su reporte sobre desempleo en el país. El 5 de noviembre, por ejemplo, difundió los números para octubre de este año, que marcaron una desocupación promedio del 4,6%.  

Como a los estadounidenses les encanta sazonar sus estadísticas con datos sobre género, raza, origen nacional o situación socioeconómica, entre otros parámetros, siempre hay interesante información para sacar de cualquiera de estos reportes.

Así es que podemos saber que, según este informe sobre desempleo, la falta de trabajo afectó en octubre a un 4% de los estadounidenses blancos, un poco más a los asiáticos (4,2%) y todavía más a los hispanos (5,9% ). Arriba en la tabla, el reporte mostró que el 7,9% de los afroamericanos –casi el doble de los blancos– están en paro, sin empleo. Éste es un ejercicio que puede seguir y seguir.

Hace diez años, si nos mantenemos en este juego, se ve en el informe presentado por esta oficina de estadísticas el viernes 4 de noviembre de 2011, que el desempleo promedio era del 9% , con los trabajadores blancos afectados en un 8%. ¿Los trabajadores negros? 15,%1.

Por otro lado, los afroamericanos –o los que se “identifican” como negros, como se prefiere apuntar ahora– representan alrededor del 14% de los habitantes de Estados Unidos.

Pero, según los números para 2018 de la oficina de estadísticas del Ministerio de Justicia, los varones negros forman el 34% de la población de las cárceles norteamericanas, contra el 29% de blancos y el 24% de hispanos. 

Una sola más, para no atosigar. En un artículo apropiadamente titulado “Los trabajadores negros dejaron de progresar en el pago (de salarios). ¿Es racismo?”, el New York Times señalaba en junio de este año que, en 2020, un trabajador “típico” afroamericano de tiempo completo “ganaba alrededor de un 20% menos que un trabajador blanco típico a tiempo completo. Las ganancias medias de los hombres negros en el 2019 ascendieron a solo 56 centavos por cada dólar ganado por los hombres blancos”, en un pico de una brecha “más amplia que en 1970”, precisaba el diario neoyorquino.

Entonces, cuando los impulsores de la renovada “critical race theory”, CRT o teoría crítica de la raza, denuncian que el racismo no es una cuestión de biología sino de discriminación incrustada en las estructuras de la sociedad –desde la economía a las leyes, pasando por la economía capitalista y la educación– ¿tienen razón?

Los números señalados más arriba aconsejan responder “sí”, y tienen bastante razón: ser negro en Estados Unidos no es solamente haber nacido con la piel de cierto color, sino estar atado a incontables anclas sociales y económicas que harán el desarrollo social, profesional y personal más difícil que el de los vecinos de piel blanca. Y eso sin hablar de que es también bastante más probable terminar muerto por las balas de la policía.

Si la CRT está basada en tantos datos irrefutables y simplemente quiere cambiar siglos de injusticia, ¿por qué los blancos se asustan y –según analizaron muchos comentaristas políticos norteamericanos– van y votan al republicano Glenn Youngkin para gobernador de Virginia en un acto de miedo al empoderamiento negro?

La pregunta, por supuesto, es difícil de responder. Pero tiene mucho que ver con el desinterés del establishment político y cultural estadounidense por resolver las consecuencias de uno de los mayores horrores de la historia, la esclavitud. Los antepasados de los negros estadounidenses no estaban pidiendo irse a vivir a Estados Unidos, o a las colonias británicas en América del Norte, cuando fueron capturados por traficantes de seres humanos en África y trasladados en buques que eran verdaderos centros de torturas al otro lado del Atlántico.

En todos estos siglos, los blancos de Estados Unidos no decidieron “qué hacer” con sus compatriotas negros. Sobre la esclavitud hay infinitos libros y películas, pero de reparaciones económicas para los descendientes de esclavos se habla muy poco, al igual que de las fortunas de muchos apellidos ilustres del país que se forjaron con el sudor y la sangre de prisioneros africanos.

Hubo, sí, leyes progresistas como las que impulsó el demócrata Lyndon B. Johnson, incluyendo la “acción afirmativa” que propició el ingreso de muchos afroamericanos a universidades y empleos federales. Pero, básicamente, el malestar continúa.

Sin embargo, ése no es el problema central con la CRT. La teoría crítica de la raza asusta en Estados Unidos porque tampoco los negros saben “qué hacer”, en este caso, con sus compatriotas blancos. En muchos sentidos, la CRT reavivó la grieta que representaron Martin Luther King, por un lado, y Malcolm X, por el otro. El reverendo apostaba por la evolución, por una paciencia ejemplar –y que en muchos casos los blancos no merecen– para ir cambiando las cosas de a poco, por la creación de un ejército de afroamericanos educados y poderosos que iban a reparar las injusticias por prepotencia de virtudes.

Para Malcolm X, en especial en sus primeros años de activista, los cambios se podían dar solamente de manera revolucionaria, cambiando estructuras sin confiar en los blancos, una posición cercana a los impulsores más radicales de la CRT.

Kimberlé Crenshaw, una profesora de derecho que jugó un papel central en el desarrollo de la CRT, dice que esta teoría “solo dice: ‘prestemos atención a lo que sucedió en este país’,” y cómo eso sigue “creando resultados diferenciados” para blancos y negros.

“Nosotros creemos en las promesas de igualdad –resume Crenshaw–. Y sabemos que no podemos llegar allí si no podemos confrontar y hablar honestamente sobre la desigualdad”. Una proposición impecable, difícil de rechazar.

Una pena que, en muchos casos, la aplicación de estos conceptos termine solamente en la cacería pública del “blanco malo” con culpas de hace unos siglos, por parte de los negros, y en la presentación de este reclamo afroamericano como una amenaza contra los “pobres blancos”, como hizo Youngkin para ganar en Virginia.

*Periodista. Ex corresponsal de la Agencia ANSA en Washington.

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