viernes 17 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS intensidades
13-08-2021 23:55

El idioma salvador

13-08-2021 23:55

Un amigo (un poeta) me pasa un poema de Roque Dalton, el gran salvadoreño que abrazó la causa comunista, que estuvo preso y fue expulsado de su país, que vivió en Chile, en Cuba, en la entonces Checoslovaquia, en México, que se peleó con la autoritaria nomenclatura cultural cubana, y que murió asesinado en 1975 por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, que lo juzgaron culpable de agente de La Habana, de la CIA, del reformismo internacional y de indisciplina. Todavía no se conoce el paradero de sus huesos.

El poema de Dalton se llama El idioma salvador y es una larga retahíla de palabras salvadoreñas con sus equivalentes españolas: “serpentina: cerveza. llorona: naranja. perico: aguacate. frailes: huevos. balastre: rancho carcelario. canción: carne. color: café. vasallos: plátanos. san fernando: panza de res. pólvora: arroz. chipopos: frijoles. coronel: pavo. mapin: pan. mora: gallina. sorias: tortillas. pañuza: agua. barniz: salsa, condimento o comida distinta que se agrega al rancho para mejorarlo. lucha libre: fritada de vísceras de buey. desperdicio de alambre: macarrones”.

Dedicado “A los miembros de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española”, dice que solo hay una lengua redentora, la lengua materna (a la que, sin embargo, todo poeta quiere transformar en otra cosa). Y dice que la lengua materna no es una, y que no se trata de registrar meramente las variantes “dialectales” como desviaciones respecto de una hipotética norma culta sino de hacer pasar el cuerpo por esa lengua amasada por unos pueblos.

Tal vez sin saberlo, Roque Dalton se inscribe en una larga tradición filológica que luchó por la independencia lingüística, en busca de la expresión americana, contra la obsesión de los académicos por un lenguaje único y concentracionario y el odio hacia las diferencias. El bogotano Rufino José Cuervo sostuvo en 1881 que, como al dogma religioso, al lenguaje también lo acecha el cisma y por eso la diferencia debe ser destruida. Ese terror letrado y comercial (porque se trata de garantizar el comercio en un mercado que se imagina ya mundial) fue contestado en 1882 por el cubano Juan Ignacio de Armas, quien puso al español en la misma situación del latín: una lengua madre de la cual se desprenderían por lo menos cuatro idiomas americanos (con un aire de familia). “Buenos Aires”, sostuvo, “va actualmente por delante en la natural formación de un idioma propio”.

Por supuesto, Juan Ignacio fue tildado de extravagante (un poco, porque las etimologías que proponía lo son) y condenado al baúl de lo inservible como un antecedente de la dialectología hispanoamericana, que en su ya centenaria existencia no ha conseguido resolver el mapa lingüístico americano precisamente porque insiste en considerar al español de América una unidad con diferentes variantes. Incluso pese a que algunos investigadores (José Pedro Roma, por ejemplo) han subrayado que muchas veces una población usa un lenguaje ininteligible para profesores que viven a 50 kilómetros (tratándose además de dos comunidades monolingües). 

Tal vez sea inútil desasociar el nombre del lenguaje que utilizamos del nombre de la patria que nos ha tocado en suerte porque esa desasociación (ese desasosiego), como operación filológica, favorecería a quienes piensan la lengua como una materia prima en un paradigma colonial-extractivista.

Las academias de hoy contestan la lección de la Tierra, que se expresa en diferencias puras, y proponen descripciones pluricéntricas. Pero esa disparatada competencia entre lo contingente y lo eterno, entre lo universal y lo particular, entre lo global y lo local, sigue desconsiderando la intensidad lingüística y el carácter expresivo del lenguaje que usamos, cuyo nombre ya no debería importarnos, así como no debería importarnos la sanción de quienes sueñan el sueño concentracionario de un español vaciado de toda diferencia.

A mí, por si acaso, hablame en criollo, con todas las intensidades y la expresividad del caso. Y si no llegamos a entendernos por medio de las palabras, siempre nos quedarán los gestos.

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