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RIVER: LA HISTORIA DEL CLUB AL QUE NO LE SALE NI UNA

El juego de la gallinita ciega

Nuestro River, tan mareado y enceguecido después de su última vuelta, también juega a La gallina ciega. Avanza en zig zag y corre detrás de algunas sombras que, se ilusiona, sí podrían rescatarlo de esta tortura cruel.

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“–Gallina, gallina ciega, ¿qué has perdido en el pajar? ¿Una aguja o un dedal?

–¡Una aguja!

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–¡Ya: date una vuelta y búscala! ¡un-dos-tres y la del revés!”


Inicio del juego de La gallina ciega; óleo de Francisco de Goya (1789).


Cubiertos sus ojos por un pañuelo, la gallinita mareada avanza tambaleante después de la vuelta final y persigue a éste o aquel, lo mismo da; mientras los demás participantes se ríen, la eluden, la desafían y a veces la engañan dejándose atrapar para que ella los palpe, intente adivinar de quién se trata y se equivoque, una y otra vez. Era la diversión preferida de las nobles niñas inglesas de la época victoriana y hasta el gran Francisco de Goya eligió una de esas tiernas escenas para decorar el cuarto de las hijas del rey Carlos IV de España, las infantas Carlota, María Amalia y María Luisa.

Nuestro River, tan mareado y enceguecido después de su última vuelta, también juega a La gallina ciega. Avanza en zig zag y corre detrás de algunas sombras que, se ilusiona, sí podrían rescatarlo de esta tortura cruel. Se desespera. Necesita dejar de ser “el que dejó de ser”; el que pasó de campeón a canillita. Confía en un cambio de suerte, pero hasta ahora, ha sido infalible. No le salió ni una.

Los Abstemios del Tablón, la ejecutiva barra liderada por el presidente Aguilar, es gente simpática; bien pensantes todos, dueños de un discurso seductor. Tienen, eso sí, un problema. El resultado de sus gestiones suele ser asombrosamente ineficaz, por decirlo de una manera amable. “Manejo desprolijo”, es el eufemismo elegido para referirse a estas cuestiones viscosas. Mmm. Parece más que eso. Son un mamut en una cristalería.

Lo de Fabbiani, más que una transferencia, fue un hecho pasional, como dicen las crónicas policiales. El abandonado fue Newell’s, el estafado Vélez; y la víctima, el pobre Salcedo. Herido en su honor aunque no tanto en su ego, el pobre paraguayo estalló. “¡No soy una camioneta!” dijo, reservándose al menos algo de valor económico a su condición de objeto. Andrés Ríos sería el siguiente manoseado. Triple X.

La re-re vuelta de Gallardo y los eternos amagos con Ortega fueron la otra novedad. Bah. Otra vez sopa; dicho esto con todo respeto, don Aguilar. Ambos son, aún otoñales, una esperanza de resurrección para los más fieles. ¡Ah...! La fe tiene intrincados senderos, hermanos míos. El bueno del Muñeco pasó sin pena ni gloria por Francia y ya en el DC United de Washington, las lesiones le impidieron competir como él había soñado en la liga de la que huyó Beckham y donde deslumbra el mellizo Guillermo. Only in América.

El paso de Ortega por Mendoza no ha servido ni para encumbrar a su club en el Nacional B ni para curar su adicción al alcohol. Una pena. Lo que todavía sirve, y mucho, es la idolatría que despierta. Todos recurren al viejo póster cada vez que el equipo es humillado. Lo usan, por un ratito. Para aquietar las aguas, subir la imagen positiva o callar de una vez al coro griego que clama, suplicante, “¡Orteega Orteega!”.

En busca de ese paraguas protector, una dirigencia con la soga al cuello y Carlos Avila, ex dueño del fútbol y aspirante a presidente, se trenzaron en una insólita puja por su pase. Avila quería pagarlo caro y regalárselo al club, en un conmovedor acto de desprendimiento que, de todos modos, le iba rendir bastante más que la mejor campaña publicitaria. No pudo ser. Aguilar, desconfiado, amagó con una nueva oferta por quien puede volver gratis en unos meses y la cosa se cayó por culpa de viejos rencores entre los dueños de los billetes. Habrá que ver cómo reacciona Ortega frente a esta frustración, aunque uno tiembla de solo imaginarlo. Después de tanto manoseo, River –engolosinado– se aseguró un nuevo conflicto. El equipo deberá jugar como el Barça para calmar a las fieras. Difícil.

El club entrega la vida por algo de mística, de idolatría. Lo que hoy llaman “un referente”. Lo intentaron con Abreu, experto en moral ganadora y liderazgo de duchas; un tipo capaz de “arreglar” un vestuario en crisis con un mate y dos medialunas. Ahora trabaja para la unión de los vascos en la Real Sociedad. Deberían reclamarle, como a los plomeros.

¿Cómo estará Fabbiani, el refe-rente virgen de Gorosito? ¿Habrá entrenado bien, solo? ¿Cómo andará de peso? Horror. A ver si se pone bien recién a mitad del torneo, la rompe y vuela; como el dinero y los mejores. Por suerte en carpeta siguen el Pi-rulo Rivarola, Shaffer; el marido de Wanda, uno de Europa que no viene, el suplente de Andújar; Fernando De Tomaso que está libre y Mercier, el 5 de Argentinos; ex Platense, Tristán Suárez, Morón y Flandria. Todo sea por el equilibrio.

No soy pesimista, amigos millona-rios. River puede despegar, ¿por qué no? No tiene malos jugadores, al contrario. Esto es la Argentina y hay lo que hay; veteranos de vuelta, jóvenes de ida y un enorme grupo standard, carne de liga sudamericana. San Lorenzo saca ventaja a fuerza de chequera; Boca, gracias a la continuidad de un proyecto exitoso; Vélez y Lanús por sus dirigentes y Estudiantes, por Verón.

Si Aguilar y sus chicos consiguen, al menos, controlar su asombrosa persistencia en el error, el equipo puede resucitar y pelear arriba.

¿Qué, no me creen? ¡Jah! En este fútbol donde el tuerto es rey todo es posible, muchachos. Hasta lo bueno.