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COLUMNISTAS / Asuntos internos
domingo 17 febrero, 2019

El orden jamás nos salvará del caos

Hace pocos días en el Guardian apareció un artículo de Oliver Burkeman acerca del “kondonismo”. Según la incandescente japonesa, un ambiente bien organizado no solo es mejor que uno caótico, sino que el exaltante clima de orden y determinación se transmitirá a su vez a toda nuestra vida –y al universo, si es posible.

por Guillermo Piro

default Foto: CEDOC
domingo 17 febrero, 2019

Hace pocos días en el Guardian apareció un artículo de Oliver Burkeman acerca del “kondonismo”. Según la incandescente japonesa, un ambiente bien organizado no solo es mejor que uno caótico, sino que el exaltante clima de orden y determinación se transmitirá a su vez a toda nuestra vida –y al universo, si es posible. Alguien incluso encontró un paralelo entre Marie Kondo y el filósofo griego Jenofonte: “Si organizas tus posesiones, el resto de tu vida se organizará mágicamente”.

Burkeman no trata de insinuar que los seguidores de Marie Kondo son personas afectadas por profundas neurosis. Es decir, dice Burkeman, lo son, ¿pero quién no lo es? Es más, comprende el placer que puede deparar imponer nuestra voluntad a lo que nos rodea. “Pero hay que tener en cuenta el peligro que se oculta detrás de asumir el control sobre una parte cualquiera de nuestra vida, y esto es que nunca lo conseguiremos. Peor aún: más lo intentamos, más difícil se vuelve. Es la llamada ‘paradoja del control’ y es el motivo por el que nadie debería maravillarse si haciendo orden, a pesar de todas sus ventajas, no consigue nunca la satisfacción que esperaba. En una casa desordenada, una remera mal doblada no es un gran problema.”

Burkeman encuentra dos razones para esa insatisfacción: a veces el problema es que lo que estamos tratando de controlar –imponiendo nuevos hábitos o reglas– se rebela contra nosotros (por ejemplo nuestro hijos, nuestras parejas y hasta nosotros mismos). Otras veces es que al mirar solo lo que estamos tratando de controlar, nos volvemos más exigentes y los pequeños fracasos nos resultan más frustrantes: en una casa “kondificada”, la remera mal doblada es una anomalía que perturba. La mancha llama la atención solamente en una mesada inmaculada.

Encuentro que el orden (aquí hablo yo) es la verdadera grandiosa anomalía. En mi caso el desorden no me inquieta, siempre y cuando no alcance el grado de enquistamiento, o dicho de otro modo, siempre y cuando el desorden no se vuelva crónico. No me perturba la ropa tirada, lo que no tolero es ver siempre “la misma” ropa tirada. Todo requiere movimiento, el movimiento abunda, en cambio la simetría y el orden escasea. Y no estoy diciendo que debemos imitar a la naturaleza, que la naturaleza nunca se equivoca, es perfecta y nunca se equivoca. Todo lo contrario. Como decía un pintor de corte del siglo XVIII: “La naturaleza es imperfecta: es demasiado verde y está mal iluminada”. Es justamente su imperfección lo que le da a la naturaleza cierto aspecto de perfección.

Hoy sabemos que los perfectos relatos de Borges están plagados de imperfecciones, errores y repeticiones puestos allí a conciencia, para darle al relato, justamente, credibilidad, o dicho de otro modo, dotarlos de la anhelada perfección.

Marie Kondo, nuestra geisha polimorfa obsesiva, es la artífice de ciertos placeres momentáneos, porque el orden es como el amor, si es intenso dura poco y nunca se mueve con aceitada agilidad en un medio seco. Siempre me atrae descubrir el modo en que la gente ordena sus bibliotecas. Es un ejercicio estimulante y divertido y consiste fundamentalmente en no hacer ninguna pregunta, sino solamente observar. Los patrones con que algunos ordenan el caos libresco son inauditos, pero todos parecen funcionar a su modo, que siempre es un poco improbable.

Menos Marie Kondo, entonces, y más libertad e imaginación. Y sobre todo menos dramatismo.


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