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COLUMNISTAS / crisis y elecciones
domingo 18 agosto, 2019

Hay demasiada pasión: ¿Por qué no le damos una oportunidad a la razón?

Si la política no se vuelve racional, será muy difícil superar la manoseada grieta, que nos lleva al predominio de una interacción social intolerante y violenta.

por Samuel Cabanchik

OPCIONES. Tres hombres con expectativas y responsabilidades diferentes, afectados por el resultado de un mal instrumento electoral. Foto: CEDOC PERFIL.
domingo 18 agosto, 2019

Las PASO parecen un guión digno del teatro del absurdo, pero que no mueve a risa. En un nudo inextricable, hacen cortocircuito entre el plano de la representación en su registro institucional, y el de la voluntad política expresada en el voto. Se convoca a la ciudadanía a ejercer su acto soberano para elegir candidatos que no compiten contra nadie, pero que igualmente, de hecho distribuye premios y castigos estableciendo ganadores y perdedores.

Parece un chiste; sin embargo, si nos atenemos a las consecuencias institucionales de la elección del domingo pasado, a nivel de los principales cargos en juego ninguno perdió:  todas y todos se consagraron como candidatas y candidatos.

Claro que nadie tiene en cuenta este hecho, sino otro más sustantivo y contundente: la enorme diferencia entre los votos que recibió la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner y el que mereció la de Mauricio Macri-Miguel Angel Pichetto, con un tercer puesto significativo para Roberto Lavagna-Juan Manuel Urtubey. Rápidamente se anoticiaron los llamados mercados, en los que se produjo un descalabro mayúsculo en sus variables: dólar, bonos, tasas, comercio, precios, salarios.

Instrumento. Las PASO son un mal instrumento, como lo sostuvimos en el debate en el Congreso durante el año 2009, sin ser realmente escuchados por las representaciones mayoritarias. En primer lugar, debilitan aun más a los partidos políticos, acelerando la disolución de sus identidades. En segundo lugar, se convierten en la única encuesta creíble, pero a costa de la economía de la sociedad, no de clientes privados. En tercer lugar, no inducen competencia alguna para dirimir candidaturas, porque la autocracia es el modelo vigente en todos los espacios políticos. En cuarto lugar, en muchos casos facilita la conformación de alianzas meramente electorales, fugaces como el tiempo. En quinto lugar, pueden generar consecuencias difíciles de manejar, como un resultado antes de jugar el verdadero partido del campeonato.

Darle una oportunidad a la razón en cuanto a este tema es modificar el sistema electoral el año próximo, y en la virtual transición, que la dirigencia protagónica de esta hora actúe con responsabilidad. Son buenos indicios la moderación y razonabilidad con que rápidamente se movieron Alberto Fernández y Roberto Lavagna. Queda por ver la velocidad de reflejos y la grandeza que muestre el gobierno nacional, al que por el momento se lo ve encerrado, disociado, desorientado.

Elecciones y gobernabilidad.  Se instaló un debate: ¿debe asumir el oficialismo que ya ha perdido, desplazar a un segundo plano la competencia electoral que inicia su etapa definitiva y concentrarse exclusivamente en garantizar la gobernabilidad para contener la agudización de la crisis?
¿Y la todavía hoy oposición? ¿Conviene que se siente a esperar o que se involucre ya mismo en la elaboración y resolución de nuevas respuestas que alivien la difícil situación de la sociedad?

En la lógica política que domina en Argentina –aunque no solo en Argentina– es mejor que todos los actores tengan motivaciones y expectativas de éxito. En el caso del Gobierno, que es quien tiene la mayor responsabilidad, esto podría significar que hasta octubre el Presidente actúe pensando que el resultado de las PASO puede revertirse, o bien que se inspire en un fin de gobierno ya para la historia, esforzándose en el control de daños. En cualquier caso, darle una oportunidad a la razón en lo que le concierne es que gobierne lo mejor posible, aún si lo hace con intención electoral.

Por otra parte, si bien la diferencia entre Alberto Fernández y Mauricio Macri fue sorprendente, una comparación entre estas PASO y las de 2015 reduce el impacto, porque tanto Macri como Vidal obtuvieron en esta ocasión alrededor de 3% más que entonces. Lo que ocurrió es que una parte de los votos que hace cuatro años conquistó Sergio Massa, lo siguió en su vuelta al kirchnerismo. Así, a Lavagna le quedó menos terreno para cosechar los propios. Fue el kirchnerismo el que creció, por este retorno, pero también por el voto castigo que supo granjearse el oficialismo por sí solo.

Los tres principales candidatos en pugna tienen que asumir su cometido electoral: Alberto Fernández enfatizando su perfil presidencial, Macri gobernando con responsabilidad hasta el último día y Lavagna tratando de mostrarse como la única alternativa cuyos votos no nacieron ni crecieron en el odio al rival.

Pasiones y razones. Porque es claro que los votos por Fernández y por Macri se sostienen mayoritariamente en pasiones, mientras que en el voto a Lavagna se expresa cierta distancia o reflexibilidad de la pasión política. Pasiones y razones no se oponen en política, pero es imprescindible integrar unas y otras.

Quienes primero tienen que darle una oportunidad a la razón son las y los dirigentes de todos los sectores, pero también la ciudadanía en su conjunto debe arraigar la sustancia de sus amores y sus odios en el orden de las razones, construyendo una perspectiva impersonal que trascienda el estrecho círculo de su inmediatez. Se dirá que es mucho pedir y quizás lo sea, pero si no le damos esa oportunidad a la razón, será muy difícil y penoso superar la tan mentada y manoseada grieta, que nos afecta masivamente, llevándonos al predominio de una interacción social intolerante y violenta.

Alentar el punto de vista impersonal en nosotros mismos, es posible si comenzamos a librarnos de nuestras pasiones más negativas y viscerales. No es extraño percibir que el asco es lo que domina en la motivación de muchos votantes; lo que cambia es el objeto del sentimiento, no su naturaleza.

Una responsabilidad mayúscula le cabe a los formadores de opinión pública, que pueden hacer mucho por la construcción de la perspectiva impersonal. No renunciaremos a nuestras pasiones sino que, por el contrario, las potenciaremos a través de una actitud liberadora, en la que predomine cierto reconocimiento mutuo entre diferentes y adversarios. Si no nos unirá el amor, que lo haga al menos el espanto ante la decadencia sostenida durante tantas décadas.

Cuentan que Charles de Gaulle dijo alguna vez que los franceses no merecían a Francia: hagamos que merecernos una Argentina más justa y desarrollada sea una realidad, y ya no más lo que pudimos ser y no fuimos.

 

*Ex senador, filósofo.

 


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