jueves 05 de agosto de 2021
COLUMNISTAS Dichos
20-06-2021 00:24

Era preferible Polémica en el bar

20-06-2021 00:24

El irlandés James Joyce (1882-1941), autor de Ulises, novela que signó la literatura del siglo veinte, y de Dublineses, conjunto de relatos de profunda sensibilidad y poder evocativo, propuso alguna vez: “Ya que no podemos modificar la realidad, cambiemos de conversación”. De la manera grotesca, brutal y rústica que les es propia, el presidente y su elenco, así como su patrona y mentora, parecen haber traducido esto convirtiéndolo en “ya que no podemos con la realidad, ocultémosla y tergiversémosla a través de declaraciones, anuncios y discursos”. Todos los días, y en todas las áreas de su responsabilidad, prometerán una cosa y faltarán a la promesa, dirán una cosa y harán otra, desmentirán lo que ayer juraron, y, en el caso puntual de Alberto Fernández, dirá ante cada oyente lo que él supone que el receptor quiere escuchar, aunque no se privará de decirlo de la peor manera posible. Será anticapitalista con Putin (ignorando que Rusia abandonó hace tres décadas el comunismo y adoptó lo más oscuro del capitalismo), se pretenderá émulo de Hernán Cortés ante el presidente español Pedro Sánchez (pasando por alto los esfuerzos que hace España por quitar de su conciencia algunas trapisondas de los conquistadores), o acaso llegue a ayunar en el Día del Perdón (habrá que esperar unos meses para saberlo) intentando congraciarse con la colectividad judía y con el nuevo gobierno israelí tras la vergonzosa postura argentina en la ONU y el desconocimiento de Hamas como organización terrorista. Esto y mucho más es posible y todo pretenderá justificarse mediante algún galimatías del lenguaje y a través de lo que parecen ser indicios de logorrea, fenómeno al que en psiquiatría se describe como un aumento desproporcionado en el flujo del lenguaje y una dificultad para detenerlo.

Si los viéramos en sátiras políticas, como la memorable película Rugido de ratón, dirigida en 1959 por Jack Arnold, con Peter Sellers, como las obras teatrales del premio Nobel italiano Darío Fo o novelas al estilo Desde el jardín, del polaco Jerzy Kosinski), estas actitudes y estos dislates verbales podrían resultar graciosos. Incluso podrían serlo si ocurrieran en algún otro país (y ocurren, ni en esto somos absolutamente originales). Pero suceden en la Argentina, y sus consecuencias recaen sobre el destino, las esperanzas, el presente y el porvenir de millones de personas, que van viendo día a día cómo todo eso es socavado por la ineficiencia, la ausencia de planes, la carencia de una visión orientadora y convocante para el conjunto de la sociedad, la repetición de corruptelas económicas y morales, el aumento de la pobreza, su conversión en miseria estructural e irreversible, la devastación de la economía real, la que verifican los ciudadanos en su vida cotidiana y no la que se dibujan en papers, informes y gráficos, y, por fin, en la búsqueda de la impunidad como meta central.

Entonces ya nada es gracioso, ni siquiera el aire de personaje de Polémica en el bar con el cual el presidente dispara sus furcios a repetición. Para gracias del lenguaje eran mil veces preferibles los entrañables Fidel Pintos o Juan Carlos “Minguito” Altavista, que no ofendían a nadie con sus piruetas verbales. Pedir perdón después de ofender es fácil, pero no resulta necesariamente reparador. La disculpa no puede ser un salvoconducto para la próxima ofensa, como se está haciendo costumbre. Ya decía José Ingenieros que antes de pedir perdón hay que aprender a no ofender. Y se ofende a los alumnos cuando se esconde el deterioro educativo suspendiendo las pruebas Aprender, se ofende a los que mueren por Covid-19 cuando se promete vacunas que no llegan o se los priva de vacunas accesibles por tejes y manejes no explicados ni justificables, se ofende a los pobres cuando se los oculta y a quienes pierden trabajos y emprendimientos cuando se discursea sobre una recuperación económica que está en revoleos de cifras, pero no en la vida real de las personas. Hay demasiada verborragia, demasiadas ofensas y ninguna gracia, pese al estilo obsoleto y pretendidamente canchero.

 

*Periodista y escritor.