sábado 24 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS opinión

Ese lugar sagrado

Huysmans es autor de À rebours, uno de los libros más excéntricos y más regocijantes que me haya tocado leer.

28-08-2022 01:33

Encuentro en la biblioteca un librito de la editorial rosarina Ivan Rosado, que siempre depara sorpresas agradables. Esta vez se trata de La epilepsia del cielo, una colección de textos breves de Joris-Karl Huysmans, subtitulada “Crónicas, prosas y críticas de arte (1867-1902)”. Huysmans (1848-1905) es el autor de la novela À rebours, uno de los libros más excéntricos y más regocijantes que me haya tocado leer. Tengo una deuda con el autor, porque solo conozco de él su obra más famosa y siempre me prometo avanzar en su lectura. Así, La epilepsia del cielo puede funcionar como aperitivo y la presentación del traductor Claudio Iglesias es también adecuada para seguir leyendo a Huysmans, de quien tengo sobre el escritorio Allá lejos (Là bas), una novela de satanismo bellamente editada por Valdemar. No sé si ese satanismo corresponde a la etapa católica del escritor: Iglesias dice que, según los manuales, Huysman fue sucesivamente naturalista, decadentista y católico, pero que esas tres facetas coexisten en toda su obra junto con el hastío del mundo, el odio al academicismo, la erudición arbitraria y el placer por pensar libremente en torno a los temas más variados (palabra mucho más elegante y precisa que “variopintos”, la que se usa ahora).

Hablando de aperitivos, el último de los artículos de La epilepsia del cielo es el delicioso Los habitués del café (1902), que me interpela particularmente: siento que la voz de Huysmans atraviesa el siglo y me encuentra sentado en un café, pensando en cualquier cosa, como le solía ocurrir. Huysmans empieza hablando del ajenjo, describe los boliches de su tiempo, retrata a algunos clientes pintorescos y luego despotrica contra los parroquianos que van al café para hacer negocios, jugar a las cartas, consumir alcohol o participar en las tertulias, que son las funciones más comunes del establecimiento pero propias “de tontos y borrachos”, subalternas frente al sentido principal del café, que solo conocen los verdaderos habitués: “el habitué inteligente y excepcional al que aquí me refiero tiene una necesidad de pasar un rato consigo mismo. Realizan así el ideal de soñar y viajar en reposo, en el ambiente tibio de una compañía muda”. Agradezco los elogios de M. Huysmans y comento que, por razones que desconozco, el café me inspira las mejores ideas, tal vez porque esa tranquilidad con un ligero ruido de fondo es ideal para la reflexión y la lectura. 

Huysmans cuenta que solía parar en el oscuro café Caron de la Rue des Saints-Pères, en un barrio que “todavía exhala un antiguo perfume clerical, íntimo y dulce”, en el que los mozos pei-naban canas, agradecían las propinas y acompañaban al cliente hasta la puerta y que, tal vez por sus rituales y sus aires fuera de la época, tuvo que cerrar. Algunas de esas costumbres –y hasta los cafés mismos– subsisten 120 años más tarde en San Clemente. Pero últimamente tengo una crisis existencial y no sé a cual de los tres cafés que me tuvieron por habitué debería concurrir al terminar esta nota. Todos tienen algún defecto (la televisión, la calidad del brebaje, personal que se renueva demasiado) y así voy rotando por temporadas, buscando esa paz y esa inspiración que algunos encuentran frente al mar o la montaña, pero a mí solo me la proporciona esa experiencia modesta.

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