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sábado 23 noviembre, 2019

Falta de equivalencia

por Daniel Guebel

default Foto: CEDOC
sábado 23 noviembre, 2019

Ya no recuerdo si fue en el prólogo o en el epílogo de Los lanzallamas donde Roberto Arlt avisa a los lectores que no enviará más sus novelas a las redacciones de los diarios para que un periodista distraído, entre cigarrillo y cigarrillo, se despache con veinte líneas tediosas. De allí, de esa indignación, sale su famosa frase acerca de escribir libros que sean como un cross a la mandíbula. Arlt acierta al denunciar o enojarse con esa situación de asimetría esencial, ante esa falta de equivalencias. Un autor, cualquiera, ni siquiera hace falta que sea bueno, mientras escribe siente que está descubriendo o inventando un mundo o desmalezando una selva para dar a luz un nuevo orden, pero cuando entrega el libro para que lo publiquen o se publica él/ella solo/a, no hace sino agregar un nuevo objeto a los ya existentes. No hay reciprocidad ni compensación para esa obra de la pasión y la imaginación que termina en un anaquel y se anota en un fichero manual o electrónico. Para decirlo en términos de potencia y acto aristotélicos (la única explicación que entendí de Principios de filosofía del profesor Carpio, hace más cuarenta años), la obra en proceso de escritura es la pura potencia de lo irrealizado, acepta todas las determinaciones, en cambio, su conclusión es mero resultado.

Y me estoy desviando del asunto. Quería recomendar varios textos a la vez que disculparme por la asimetría entre el logro de los autores y lo escueto y pobre del comentario, no sea que el fantasma de Arlt resucite y me noquee. Pero peor sería tal vez el silencio.

Cronológicamente en mi lectura: Confines de la luz, de Germán Beloso. No conocía al autor, cayó directamente de su mano a la mía, y encontré una delicada exploración sobre lo umbrátil, escrita con la perfección de un poeta avezado que puede diseccionar lo abstracto de los sentidos, llegar al fragmento de percepción más minúsculo y lanzarse después a la frenética aventura del relato.

Luego, Perla y el chico, de Roberto Videla. ¿Se puede decir, todavía, que hay libros hermosos y conmovedores y que la función de la literatura (si es que la literatura tiene aún función) no es solo la de dar cuenta de un proyecto o un procedimiento sino proceder a develar la belleza en la fractura, el oro de la letra en la falla? Si tal fuera el caso, diría que Videla cumplió sobradamente con esa tarea, en su delicada soldadura.


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