lunes 23 de mayo de 2022
COLUMNISTAS cuestión de edad
02-01-2022 05:28

Feliz domingo

02-01-2022 05:28

La red social Linkedin difiere de otras en el sencillo hecho de que se recurre a ella para obtener trabajo. No es solo eso. Algunos se sirven de ella también para promover su empresa o, también, para realizar encuestas entre los 774 millones de usuarios registrados en el mundo (la mitad de la población China). Para encontrar una salida laboral hay dos vías directas. Una es la oferta que semanalmente el algoritmo envía a los usuarios según el perfil descrito y la otra, es el escaparte que el propio interesado arma a través de una suerte de curriculum en el que se exhiben estudios, habilidades, logros y diferentes posiciones laborales que se han ido acumulando. Esto último es clave porque, además, manifiesta no solo el conocimiento sino la edad. En síntesis, cada perfil es una suerte de hall of fame, un canto al éxito. En Linkedin a nadie le va mal, aunque esté en la más miserable ruina.

Todo esto viene a cuento porque hace un par de días me sorprendió el mensaje de una persona a la cual conozco y que hace años coincidimos en una agencia de comunicación. El texto que ha puesto es simple y directo: “Estoy buscando trabajo y les agradezco el apoyo. Gracias desde ya por cualquier contacto, recomendación u oportunidad”. Cerraba el pedido con un hashtag: #OpenToWork.

Es la primera vez, hasta donde puede llegar mi capacidad de observación que, por cierto, es muy reducida, que alguien pone las cartas sobre la mesa. Se trata de una persona que ya ha cruzado la mitad de su vida, de un nivel profesional muy alto en el diseño y la edición y que, indudablemente, ha agotado todas las vías posibles para engancharse otra vez en un trabajo estable. No encuentra la vía que el mercado indica en estos casos: la reinvención, el emprendimiento, el rol del falso autónomo, una expresión que esconde aquello que se conoce como hacer «changas» a salto de mata. El modo con el que cierra su llamada, el hashtag, «abierto a trabajar», se puede leer como una expresión de deseo, pero no es otra cosa que un desgarro encriptado en el campo semántico del mercado.

Conozco a una ingeniera en telecomunicaciones que ha trabajado ocupando posiciones de alto nivel en compañías financieras, incluida Goldman Sachs, y se ha retirado siendo CEO en la última que ha estado por propia voluntad. Tiene 50 años y unas aptitudes que superan, entre otros, a exministros llamados a repetir en distintos gabinetes los supuestos éxitos logrados en la actividad privada. Hace poco, por curiosidad, optó a un puesto similar al que ocupaba en una multinacional que, a través de Linkedin, buscaba un directivo en España. No le respondieron. Su edad, la condena biográfica, la dirigió, como a casi todos, al corredor de la muerte laboral.

La película Sunday del realizador Jonathan Nossiter, cuenta la historia de un programador de una gran compañía informática que se queda sin trabajo. Divorciado y sin otro patrimonio que lo puesto, a los 50 años acaba en un centro de acogida donde se encuentra con semejantes que convergen allí por distintas razones, pero en un similar estado de indigencia. Una mañana de domingo en Queens, fría y desolada, camina sin rumbo bajo un cielo de cemento. En su camino se cruza con una mujer que le saluda y le llama por un nombre que no es el suyo. Él trata de aclarar la confusión, pero no hay forma de hacerle entender a ella esta cuestión. La mujer es actriz y cree estar ante un realizador con el que trabajó décadas atrás. Llegados a un punto, el hombre se resigna y se deje llevar por el malentendido y termina en la casa de ella. Horas después de comer, intimar y contarse banalidades, la mujer acaba reconociendo que nunca llegó a rodar con aquel director de cine y que sabe que quien está a su lado en la cama es solo una persona con la que hacer posible un domingo.

Cuando era adolescente se emitía un programa en el que concursaban estudiantes secundarios de quinto año para ganar un viaje de fin de curso. Duraba toda la tarde del domingo y sus conductores, Silvio Soldán y Orlando Marconi, no dejaban de gritar antes de cada corte: «Feliz domingo para todos». Lo que no sabíamos entonces, era que llevar la felicidad más allá del domingo era una promesa que estaba fuera de concurso.

*Escritor y periodista.

En esta Nota