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sábado 22 febrero, 2020

Feminismo y capital

por Pola Oloixarac

sábado 22 febrero, 2020

Greta Gerwig hizo una versión de Mujercitas atenta al corazón contemporáneo. Su Jo March (Saoirse Ronan) enfrenta el mundo con ansiedad de empoderada reciente y displicencia millennial. Es una reescritura del clásico de Louisa May Alcott, donde Jo es un álter ego de Alcott y la línea narrativa va y viene en el tiempo, como pequeños remolinos que se encadenan en torno a cada conflicto; el principal es la rivalidad entre Jo y la insufrible Amy (encarnada por la blonda morruda Florence Pugh).

Apenas conoce a Laurie (divinal Timothée Chalamet), la lánguida y canchera Jo comenta: “Estoy decepcionada de ser mujer”. Jo quiere silbar, usar pantalones, ser el héroe y no la consorte: quiere enfrentarse a todo, se siente indómita. Pero esta Jo no usa gorra para escribir (detalle crucial de Mujercitas que hace que yo misma escriba todas mis notas con gorra); al contrario, tiene su pelo listo para Instagram. No es atolondrada, torpe y candorosa como la Jo de Alcott o la sublime Winona Ryder de la Mujercitas de 1994. Es una Jo de la era de internet: se cree intuitivamente mil. Cree que su subjetividad ya está formada, y por eso no hay tiempo para titubeos y búsquedas inocentes (la espontaneidad se castiga en internet). El mundo es un espacio a conquistar, no un lugar a descubrir: Jo tiene que abrirse paso, y ya. Esa falta de frescura le quita muchísimo encanto, y le resta por supuesto el Oscar (que Winona tampoco ganó por ese film).

Laurie se enamora de ella de inmediato, aunque también es cierto que ama a las tres: Laurie es una especie de Goldilocks que va probando a las hermanas, y la película nos pasea por los diversos celos/flirt con Laurie (salvo Beth, la elegida de su abuelo). Laurie es el voyeur de ese mundo femenino: en Mujercitas, los hombres están condenados a la pasividad fascinada. A veces, las March y los Lawrence funcionan como una familia ensamblada. Ellos podrán tener rango y dinero, el capital que preexiste, pero ven que el futuro les pertenece a ellas, que juntas son una estrella danzante y viven rodeadas de colores, mientras ellos habitan en tonos oscuros y ocres.

Que Jo no se enamore de Laurie es tan abstruso como que Harry Potter no se chape a Hermione. Al menos un rato. J.K. Rowling reconoció este error en la saga (no hay un fin moral superior que lo justifique) pero Alcott sí tiene una enseñanza bajo la manga. En la economía de Alcott, todos deben conocer el rechazo. Jo rechaza a Laurie, y se enamora del único que hiere su narcisismo (Baher). El dolor les permite reconocer al otro, porque conocen la diferencia (ver Zizek sobre Austen y Hegel). Aunque el Ministerio de la Mujer diga que “el amor tiene que hacer bien siempre”, acusar la flecha define la profundidad del corazón.

Quizá lo más interesante de Mujercitas 2019 es cómo expone la naturaleza capitalista del feminismo. Jo concede a la escena de amor en una negociación. Con un editor, en su trabajo, no un marido potencial. Como si la película dijera: es obvio que te vas a vender, el tema es con quién negociás, cuánto controlás de ese contrato. Jo acepta las leyes del mercado: el amor es hermoso, y viable, ¡porque vende! El Emisor del dinero resignifica qué es para ella estar con alguien. Entra el sexy inmigrante, el Profesor Baher (que el público agradece, porque en el libro es “un hombre feo y mayor”, la gran venganza de género de Alcott).

Dinero y escritura se entrelazan en Alcott, como también en Austen y Woolf. Jo aspira al dinero y se cree más digna porque escribir es un fin superior. Amy necesita la plata porque es mujer: pero ser mujer puede ser un fin en sí mismo también, y en este punto quedan igualadas en su aspiración al capital, a lo que no se renuncia. Mientras, Meg (oh, Hermione) es la esposa que se gasta la plata que no tiene, y la madre (Laura Dern) es una buena compulsiva, maníaca, que se despoja culposa de su bufanda de pobre para dársela a alguien un poquito más pobre. Dios está elidido, nadie reza.

El feminismo radical se deja de lado para abrazar al novio predilecto: el mercado. Una moraleja pragmática, ahora que USA se prepara para elegir entre dos pretendientes ricachones: Bloomberg y Trump.


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