miércoles 16 de junio de 2021
COLUMNISTAS Día Internacional de las Familias
15-05-2021 00:51

Habitar lo que persiste

15-05-2021 00:51

La persona humana es un ser familiar; de ahí que sea un ejercicio razonable destacar hoy la centralidad de las familias e indagar en las dinámicas que las atraviesan en contextos adversos como los actuales. Los códigos imperantes posicionan a las familias contemporáneas como comunidades de vida y desarrollo, y factores de protección primarios frente a la extrema vulnerabilidad de nuestra especie. De este modo quedó evidenciado durante esta emergencia sanitaria que nos oprime, subrayándose la relevancia de las funciones sociales que asumen, en su calidad de ámbitos de contención y cuidados enmarcados en una lógica de reciprocidad y solidaridad intergeneracionales.

Tal como lo postula el sociólogo Pierpaolo Donati, las familias son realidades sui generis, conglomerados de relaciones intersubjetivas y estructurales que se plasman en un proyecto edificado sobre una intersección de sincronías –vínculos de pareja– y diacronías –vínculos parentofiliales–. En todos los casos, saberse familia es estar ligado a otros a través de una matriz común que revela con claridad y certeza cuáles son nuestros ejes vitales. Desde una perspectiva sistémica, toda familia constituye un sistema abierto que puede desagregarse en subsistemas y esta visión se integra con un enfoque ecológico que pone en diálogo lo microfamiliar con niveles de asociación meso y macro. 

En paralelo a las aproximaciones académicas, podemos apuntar que las familias son mallas firmes que sostienen; son lazos que perduran, más flojos o anudados, más tensos o relajados; son entramados que se ciñen como abrazos amorosos. Identidad y estirpe, origen y herencia, genética y ambiente, movilidad y anclaje. Porque si nos preguntamos qué define a las familias como tales, la posibilidad de construir metáforas, de habilitar significados que nos conecten con lo universal en lo particular, surge de entrada como una vía a explorar. Familias son conversaciones plenas o entrecortadas, son valores modelados y encarnados, son miradas detenidas en detalles, son marcas, discusiones, presencias. Y también ausencias. Lo que acontece como al pasar mientras estamos siendo.

Cuando pensamos en símbolos, repetidamente acudimos a conceptos amplios para administrar la imprecisión. De manera que necesitamos desambiguar los mensajes y qué mejor que recurrir a nociones clásicas para examinar los márgenes y atributos de la sustancia familiar. En esta línea podemos hipotetizar que cada familia es un cronos, un topos, un telos, un logos y una praxis. Es cronos porque compone un tiempo singular en el que pasado y futuro convergen, una expresión de un devenir y un porvenir biográficos, de un ahora compartido que nace del cruce de las discontinuidades individuales. Es topos, porque es el lugar de las coordenadas personales al que volvemos una y otra vez, un espacio en el que transcurren nuestros hábitos y se respira la intimidad y la cotidianidad. Es un telos que refiere a un fin manifiesto, a la efectividad de un propósito que inspira al conjunto, de un objetivo nuclear que se traduce en metas a alcanzar, en planes montados a partir de compromisos libremente contraídos. Es logos, nodo de sentido existencial, encuentro que da coherencia a nuestras trayectorias y que es, adicionalmente, una entidad polisémica. Y es, por último, una praxis en la que se despliega el cúmulo de acciones concretadas por generaciones que se suceden e imbrican, fruto de un hacer humano creativo, de un discurrir de la experiencia que trasciende categorías dicotómicas para enraizarse en lo que permanece. Para habitar lo que persiste más allá de los cambios accidentales, las pandemias y las contingencias. Porque más allá y más acá, siempre, están las familias.

*Familióloga, especialista en educación, directora de estudios del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.

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