sábado 25 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS opinión
01-11-2020 01:31
01-11-2020 01:31

Inversiones, go home

01-11-2020 01:31

Joseph Alois Schumpeter (1883-1950) fue un historiador y economista de origen austríaco, que dedicó buena parte de su investigación a las causas del desarrollo económico a lo largo de la historia moderna, poniendo foco especialmente en el papel de la innovación y en el proceso de destrucción creativa del capitalismo para encontrar su dinámica. Un verdadero clásico que, para los argentinos, no pasará de moda por mucho tiempo porque es en la escasez cuando se valoran las cosas: nuestro país es uno de los pocos casos en los que una economía pudo permanecer casi constantemente en la senda del estancamiento.

Desde 1970 a la fecha, el PBI por habitante no creció, pero lejos de estar en una monótona meseta que acompañaba al 1,2 % de crecimiento demográfico vegetativo, en el medio se produjeron caídas abismales, híper, crecimiento a tasas chinas, pero también los rebotes al recuperarse luego de cada caída. Tal vorágine, inentendible que fuera tolerado por la sociedad en forma “sostenible” durante tanto tiempo, como recuerda el actual ministro de Economía. Otro conocedor de la estructura económica argentina, Juan J. Llach habla de “militancia inflacionaria” al referirse al entramado de actitudes, organizadas y perseguidas con fervor para lograr congelar situaciones beneficiosas y que el espiral agobiante de la inflación haya conseguido someter las fuerzas creativas de las que tanto insistía Schumpeter. 

Muchas afirmaciones y teorías chocaron una y otra vez contra la misma realidad, que como una losa terminó ahogando la dinámica de la economía argentina por medio siglo. Y las pruebas de que la disfunción económica no es fruto de una mente diabólica es que los sectores que lo sufren con mayor crudeza son aquellos más vulnerables a la falta de un horizonte atractivo de largo plazo: el mercado de trabajo y la vivienda.

En este medio siglo, Argentina pasó de ser una economía con una tasa de desempleo friccional a una fragmentada que muestra caras diversas en tercios: empleados estatales (con un fuerte crecimiento en los últimos 15 años en los segmentos provincial y municipal), asalariados privados bajo convenio colectivo, con obra social sindical (en una lenta pero inexorable disminución en el mismo lapso) y el otro tercio que viene marchando con fuerza, de informales y autónomos, con ingresos reales a la baja.

El otro sector que fue mostrando la desatención en el largo plazo es el de la vivienda. El déficit habitacional fue, para los sucesivos gobiernos un eslogan de campaña imposible de cumplir que fue confinado, luego, a una dependencia oficial carente de planes y presupuesto para diagnosticar, planificar y costear planes de superación. Conclusión: la urbanización como se pueda, auto gestionados, tomas de tierra y precarización de las condiciones de vida en un núcleo cada vez más importante de los núcleos urbanos.

El hilo conductor de estos dos resultados inapelables es el cortoplacismo que ahuyenta inversiones, insumo básico para dinamizar el mercado laboral de calidad, que empeora la distribución del ingreso enfrentando a los extremos en cada segmento como si fueran causa y efecto de su situación. En la primera mitad del siglo pasado, la inversión bruta fija sobre el PBI era del 36%, pasó en la segunda mitad al 18%, con la consecuente desaceleración de la economía. Y en esta década estuvo más lejos: con suerte este año alcanzará el nivel de reposición mínima. Un resultado insuficiente cuando la única salida para revertir la lenta decadencia es el aumento dramático de la inversión como segundo paso. El primero es dejar que tapar agujeros sea la política de Estado.

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