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COLUMNISTAS / MEMORIA
domingo 18 octubre, 2015

La casa de los Oesterheld en Beccar

por Redacción Perfil

default Foto: Cedoc
domingo 18 octubre, 2015

Era de madrugada, apenas las tres. No había ninguna luz en las casas de la vecindad: la ventana de mi cuarto era la única iluminada. Hacía frío, pero a veces me gusta trabajar con la ventana abierta: mirar las estrellas descansa…” Así comienza El Eternauta, la historieta escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López. Es un chalecito suburbano de clase media, habitado por Juan Salvo, el narrador, junto a su esposa Elena y a su hija Martita, que duermen mientras en el altillo éste y sus amigos juegan al truco. Hace frío; la casa, herméticamente cerrada, los preserva de la nevada mortal.

Esa casa está en Beccar. Un grupo de organizaciones sociales impulsa un proyecto para preservarla como sitio de memoria: la Central de los Trabajadores Argentinos Zona Norte acompaña la iniciativa de algunos compañeros de militancia de los Oesterheld. Es la casa que habitaron HGO, su esposa Elsa Sánchez y sus cuatro hijas: Marina, Estela, Beatriz y Diana. Allí se condensan, con sus claroscuros, las líneas de fuerza de la historia argentina reciente.
Leí El Eternauta a comienzos de los 80, en unos libritos por entregas de Skorpio. Desconocía, por entonces, el destino brutal de esa familia. Elsa Sánchez evocó para mí, muchos años después, imágenes bucólicas de las que sus hijas y sus amigos eran figuras estelares. Pero cuando la entrevisté, a comienzos del nuevo siglo, ya sabía que la historia de los Oesterheld se parecía de una manera sorprendente a la historieta que me había fascinado de chico.

Elsa, que murió este año, era una Abuela de Plaza de Mayo. Las fotografías en blanco y negro de sus hijas, en cada rincón de su departamento, abrumaban al visitante. Héctor acompañó a sus hijas a Ezeiza, en junio de 1973. Se hicieron militantes montoneros. La dictadura cívico-militar los arrasó. En poco más de un año, entre junio de 1976 y fines de 1977,
Elsa recuperó el cadáver de Beatriz, supo que Diana había parido en Campo de Mayo, mientras que Fernando, su otro hijo de año y meses, había sido recogido en la Casa Cuna en Tucumán por los abuelos paternos. Estela alcanzó a escribirle que Marina, embarazada, había desaparecido. A finales de 1977, Martín, su otro nieto, fue secuestrado por el grupo operativo que mató a Estela y a su compañero. El niño pudo ver en cautiverio a su abuelo Héctor. Elsa repetía que había sobrevivido a todo eso por Martín, y para buscar a sus otros nietos.

La casa donde esa familia arrasada vivió años felices sigue en pie. Desde allí, los Oesterheld cruzaron la vía que los separaba de otra realidad, y ataron sus vidas a las de sus compatriotas de los barrios y las villas. ¿Por qué abandonaron su bienestar para sumergirse en realidades más duras, para compartirlas y modificarlas? La declaración de la casa como Sitio de Memoria, además de la referencia física y simbólica de la historia de la familia, puede ser otro lugar para comprender mejor la Argentina que ellos vivieron e imaginaron. Décadas de luchas sociales y acciones estatales enseñan que la reflexión colectiva y el tramado de lazos comunitarios requieren de esos hitos, ya que en torno a ellos se condensan las memorias y las discusiones. Los sitios no son estáticos. Invitan a romper silencios. También a discutir. Los vecinos se reencuentran, reúnen experiencias fragmentarias de una historia común.

El rompecabezas nunca estará completo; eso es lo irreparable del daño. Pero la casa Oesterheld, como sitio de memoria, será un punto de encuentro. Prolongaría la historia de El Eternauta: como escribió HGO, el héroe verdadero no es individual, sino colectivo. La memoria social se construye de la misma manera que la patrulla que enfrentó a los Ellos. La casa de Beccar podría ser un lugar donde el pasado se recuerde y otras historias comiencen.

 

*Historiador.


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