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COLUMNISTAS / progreso y tecnologia
domingo 14 octubre, 2018

La clase media en el siglo digital

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Oscar A. Moscariello*

Empresas Pymes. Deben adaptarse a la nueva economía digital. Foto: cedoc perfil

Es un hito histórico en la evolución de la civilización humana: por primera vez, más de la mitad de la población mundial forma parte de la clase media. Alrededor de 3,8 mil millones de personas disponen hoy de medios para poder hacer algo más que cubrir las necesidades básicas, según un estudio llevado a cabo por el prestigioso The Brookings Institution.
Pero al final, ¿qué es la clase media? Un conjunto de personas más preocupado por sus intereses que por causas nacionales, diría Edmund Burke. Un grupo social dominante que, teniendo demasiado a perder, hará las revoluciones cada vez más raras, contestaría Alexis de Tocqueville.
De hecho, creo que la clase media se convirtió en el seguro de vida del orden social. Por lo tanto, mantener un cierto nivel de bienestar constituye un imperativo político. De lo contrario el precio a pagar podría ser demasiado alto.
Durante los últimos años, este debate sobre los peligros y las raíces de la desigualdad se ha dejado hipnotizar por el libro El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty. El principal desequilibrador social, se afirmaba en tono dogmático, sería el hecho de que la tasa de retorno del capital siempre supera –supuestamente- a la tasa de crecimiento de los salarios.
El trabajo de Piketty constituye un ejercicio histórico interesante y meritorio, pero tiene una aplicación muy limitada a la realidad de nuestros tiempos. Es que la evolución del capital y del trabajo será cada vez menos hereditaria y dependerá cada vez más de otro factor: el acceso a la tecnología.
En este contexto, urge una acción por parte de los Estados, tanto a nivel doméstico como en el concierto de las naciones.
En primer lugar, en el plano de la educación –nuestra principal arma contra la pobreza–. En el pasado, exhibir un diploma abría las puertas del empleo. Hoy en día, por el contrario, el ritmo de la evolución tecnológica es tal que muchos de los aprendizajes obtenidos se encontrarán desactualizados cuando los alumnos lleguen al mercado de trabajo.
Para tener voz en un mundo moderno, necesitamos de una escuela en constante mutación. Para conquistar un lugar en el mercado global, necesitamos de una escuela abierta al exterior. Clases analógicas no producirán hombres o mujeres capaces de triunfar en el siglo digital.
Asimismo, hay que prestar atención, mucha atención, a la manera como se están adaptando las pymes y las microempresas –que forman más del 90% del tejido empresarial en muchos sectores– a las nuevas tecnologías de la información. A medio plazo, su supervivencia dependerá del comercio electrónico y de la capacidad de innovar y competir en el tablero global. Resistir a las herramientas digitales significa perder el tren del futuro y quedarse al margen del mercado, escenario que implicaría elevados costos sociales.
Por otro lado, la sustentabilidad de una nación y de la propia economía de mercado exige consensos multilaterales. En este ámbito, estoy de acuerdo con el historiador israelí Yuaval Noah Harari, que en su último libro apunta al cambio climático y la desestructuración tecnológica, en particular a nivel del mercado de trabajo, como dos de los principales retos globales.
Sin firmes compromisos internacionales al respecto de la protección del planeta y de los parámetros de la utilización de la inteligencia artificial, el futuro estaría en manos de una pequeña minoría de ciudadanos, de conglomerados empresariales y de Estados. Sin embargo, se engañan rotundamente los que piensan que en el siglo XXI la clase media –que debería ser el principal protagonista del progreso basado en los avances tecnológicos– aceptaría regresar a una estructura social medieval.

*Embajador en Portugal


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