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La confesión

La cuidadosa filmación del espectáculo de confesión y delación pasó a la clandestinidad durante medio siglo.

06-11-2021-logo-perfil
. | Cedoc Perfil

Tal vez pronto se vea en la Argentina El caso Padilla, un documental en el que aparece la famosa autocrítica del poeta cubano Heberto Padilla. Padilla había sido encarcelado en marzo de 1971 junto con su mujer, Belkis Cuza Malé, lo que provocó una protesta internacional de intelectuales que apoyaban la Revolución, incluyendo a Jean-Paul Sartre y a Julio Cortázar. Padilla salió de la cárcel y el 27 de abril reconoció delante de un centenar de colegas ser culpable de escribir poesía contrarrevolucionaria, de difundir críticas indebidas en la prensa extranjera y de querer ser una estrella internacional. Luego de calificar a Guillermo Cabrera Infante de “notorio agente de la CIA”, de agradecer la generosidad del gobierno y elogiar el nivel intelectual de sus carceleros, Padilla señaló a otros escritores por incurrir en desviacionismos parecidos. A continuación, todos ellos aceptaron las acusaciones de Padilla y confesaron también sus culpas, con las excepciones de Lezama Lima, que no participó de la reunión, y de Norberto Fuentes, que se reivindicó como un escritor revolucionario que no había incurrido en nada parecido. 

La ceremonia no cayó bien en el extranjero, donde se la comparó con los procesos estalinistas de los años 30 y la operación de propaganda ordenada por Fidel Castro fracasó hasta tal punto que García Márquez, cuya fidelidad perruna al castrismo nunca estuvo en duda, declaró que no le hacía bien a la Revolución. Así, la cuidadosa filmación del espectáculo de confesión y delación pasó a la clandestinidad durante medio siglo. Ver esas imágenes hoy produce una mezcla de repugnancia y asombro, sobre todo por la teatralidad y el entusiasmo histriónico con el que Padilla se explaya sobre sus delitos y los ajenos. Tanto que uno se pregunta qué era lo que en verdad estaba pasando allí. Durante estos años, el episodio apareció comentado en tres libros de memorias de los presentes esa noche. Reinaldo Arenas, enorme escritor que sufrió indecibles maltratos y prisiones hasta que pudo huir de la isla en 1980, cuenta en Antes que anochezca que Padilla exageró a propósito para producir una pieza esperpéntica que dejara en ridículo al régimen. El propio Padilla, también exiliado en 1980 pero de un modo mucho menos traumático, cuenta en La mala memoria que todo fue una puesta en escena acordada entre el gobierno y los participantes en la que se negoció la libertad de los escritores a cambio de una versión que neutralizara la presión extranjera y en la que cada uno memorizó su papel, incluyendo a Fuentes y sus protestas. Fuentes, que se exilió recién en 1994, después de colaborar largamente con la policía y el ejército del régimen (Padilla lo acusa de hacerlo en el momento más violento de la película), lo desmiente en Plaza sitiada y reivindica su posición. 

La película no intenta una interpretación de los hechos, como si partiera de la base de que las imágenes hablan por sí mismas. Pero no es así. Lo que el documental demuestra es su propia contradicción como género. De hecho, no sabemos si Padilla se burló de Castro o creía en buena parte de lo que estaba diciendo (después de todo, ese lenguaje era el suyo). La grotesca autocrítica filmada de Padilla no demuestra nada en particular, salvo que la abyección totalitaria no tiene límites claros.

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