sábado 17 de abril del 2021
COLUMNISTAS OPINION
06-11-2020 21:59

La falacia del trabajo

06-11-2020 21:59

Quien lo tuvo claro fue Néstor Kirchner. En junio de 2005, cuando los empresarios reunidos en IDEA criticaron los recientes aumentos salariales y advirtieron que los trasladarían a los precios, Kirchner los acusó de estar “extorsionando al pueblo de una forma realmente inaceptable”. El año anterior, último completo de Lavagna como ministro, la inflación había sido 6% y a fin de ese 2005, ya en la reunión anual de IDEA, quien la presidía por entonces, Alfredo Coto, pronosticó que la inflación del año siguiente podría ser el 12% y Kirchner lo cruzó públicamente diciendo: “Es bueno que todos los argentinos sepan que ya están viendo cómo le saquean el bolsillo el año que viene. Señor Coto: yo lo conozco muy bien a usted y sé cómo trabaja sobre los bolsillos de los argentinos. Nosotros nos vamos a organizar desde el Estado y vamos a ayudar a organizar ligas de consumidores, y vamos a seguir lo que hacen ustedes permanentemente. Deje de lanzarnos las diez plagas de Egipto. Trabaje por la Argentina y deje de presionarnos. Es altamente gravoso que usted diga que vamos a tener el 12 por ciento de inflación porque se ve que ya está trabajando para tener el 12 por ciento de inflación y para tener más rentabilidad”. Ya sin Lavagna como ministro el Indec comenzó a mentir con sus índices mientras la inflación siguió su curso ascendente: 15% en 2007, 25% en 2008, 38% en 2016, 54% en 2019, estos últimos dos ya en la era Macri.

Una versión nunca confirmada relata que el ministro de Economía de Alfonsín, Juan Sourrouille, le habría explicado en tono didáctico al líder de la CGT de entonces, Saúl Ubaldini, famoso por sus 14 paros generales: “No se da cuenta, Saúl, que los aumentos de sueldo terminan pasando a precios y la inflación reduce aún más los salarios”, y el líder sindical le respondió: “No se da cuenta, ministro, que cada aumento de sueldo es un triunfo mío y cada aumento de la inflación es una derrota suya”.

Néstor Kirchner lo tenía claro porque con su estilo de microgerenciamiento él fue presidente, ministro de Economía y de Trabajo a la vez. El triunfo y la derrota simultáneos eran ambos para él. Además le tocaba ser el primer presidente posterior al ciclo en que por primera vez en la historia del último medio siglo de Argentina, no hubo inflación ni desempleo estable. Y esas dos infrecuentes singularidades en paralelo podrían señalar dónde está el nudo gordiano de nuestra falta de desarrollo y por qué Argentina es el lugar “donde vienen a morir todas las teorías”, como escribió Cristina Kirchner.

¿Por qué Argentina, siendo uno de los pocos países que sufrió las consecuencias de hiperinflación/hiperdevaluación, es el único que no aprendió la lección y recurrentemente vuelve a tener desórdenes macroeconómicos mayúsculos? Todos los campos del conocimiento tienen  problemas relacionados para definir, descubrir y conocer la causalidad. Una de las formas que las ciencias duras encontraron para responder a la pregunta “por qué” fue el modelo nomológico deductivo:  teoría previa (deducción)  y confirmación estadística después (inducción), pero también tiene sus limitaciones. Y en las ciencias sociales se podría decir que el orden de causalidad –qué es causa y qué es consecuencia– casi siempre puede estar en discusión.

Una forma diferente de encontrar explicación a la falta del desarrollo argentino surgiría de invertir un orden causal. Simplificadamente: en la Argentina se producen desórdenes macroeconómicos por la inflexibilidad del mercado laboral en blanco. La virtuosa fuerza de los sindicatos, que consiguió mejoras en las condiciones de vida de toda la población a mediados del siglo pasado, “muere de éxito” al no saber cómo responder al deterioro salarial de mediano plazo que produce la inflación y, peor aún, creer que les conviene a los trabajadores, como sostenía Moyano en la década pasada: “La inflación no es mala; la inflación controlada es mejor que la pérdida de trabajo”.

Una ley de la economía es que lo que no se corrige por precio se corrige por cantidad. Y en los ciclos de recesión por los que pasan todas las economías del mundo, aun las más ricas y desarrolladas, en Argentina se prohíbe –de hecho o de derecho– que las empresas reduzcan su personal y lo que se termina reduciendo es el salario. Y siguiendo la lógica de Saúl Ubaldini, quien también tenía muy claro el rol de su representación y fue un dirigente honesto, recordado con afecto y respeto por todos sus pares, “si el salario se redujera por un recorte nominal, sería una derrota para el sindicato,  mientras que si se reduce por inflación, será una derrota del gobierno”. Avanzando en un análisis deductivo, el ciclo de “stop and go” que derivó con las décadas en “crash and go” se explicaría porque ante cada recesión la única forma de corregir el desajuste, que las empresas sobrevivan y siga habiendo trabajo, es con un shock inflacionario que licúe los salarios. Y las etapas posteriores de recuperación son fruto de ese ajuste hasta que nuevamente la positiva recuperación progresiva de los salarios se enfrenta a una nueva recesión.

Al analizar las crisis previas a la de la Convertibilidad, nos encontramos con caídas del producto bruto del 7% en 1989 sin que el desempleo se moviera y lo mismo en el Rodrigazo de 1975, mientras que en los países desarrollados, cuando enfrentan una crisis, sus tasas de desempleo se duplican. España es un ejemplo cercano donde su desempleo pasó de 8% en 2007 a más de 20% los años posteriores a la crisis de las hipotecas de 2009, cuando su producto bruto había caído 4%, cuando al mismo tiempo en Argentina una caída del producto bruto en 2009 igual a la de España no modificó el índice de desempleo, pero sí la inflación, que había pasado de 15 a 25% y se quedó por arriba del 20% desde 2010.

Solo durante la Convertibilidad hubo rápida y significativa modificación del índice de desempleo ante una crisis recesiva, el Tequila de 1995, pasando de 9% de desempleo en 1993 a 18% en 1995. La Convertibilidad había generado desocupación estructural previamente, pasando de un desempleo de 6% en 1991 a 9% en 1994 por las privatizaciones de las empresas públicas. Pero el paso de 8 a 18% en 1995 fue por la crisis del Tequila. Con razón, los líderes sindicales aborrecen la Convertibilidad porque generaba desempleo y los hacía menos relevantes al no tener las actualizaciones sindicales por inflación una importancia esencial.

Si la falta de una red de contención social en forma de seguro de desempleo, como existe en los países desarrollados, fuera la causa de nuestros desórdenes macroeconómicos, un gran acuerdo nacional no solo debería incluir formas de resolver el desorden macroeconómico sino también debería crearse un seguro de desempleo para que una nueva recesión permita que pueda ser absorbido el desempleo adicional sin que, por lo contrario, se terminen licuando los salarios de todos los que siguen siendo imprescindibles para que la producción continúe aun con recesión y que son la mayoría del país.

Un sistema así rompería con el círculo vicioso y generaría nuevo empleo en blanco que ridículamente está en algo más de cinco millones de personas, la misma cantidad de hace cincuenta años con una población que se duplicó. El sistema actual de protección al trabajo fracasó y más allá de la buena voluntad de los sindicalistas los trabajadores argentinos están cada vez peor. 

El New Deal de una Argentina que regrese al progreso deberá comprender que prohibir y encarecer el despido (como pasó recientemente con el dólar paralelo) se convirtió en parte del problema. Hay que encontrarle otra forma de proteger al trabajador haciendo a toda la economía más pujante, premiando también a quienes trabajan mejor para que todos ganen y no, como es hoy, donde todos pierden década a década.

Una justa combinación de solidaridad y razonable meritocracia, el espíritu de la socialdemocracia.