sábado 28 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinión
06-03-2022 02:40

La infamia inocultable

La guerra de Putin se ha enfrentado con un rechazo masivo y completamente desusado en esta época donde todo está sujeto a consensos.

06-03-2022 02:40

Desde que las tropas de Putin invadieron Ucrania entré en un estado de inquietud y estupefacción. Lo mismo le pasó a un amigo ruso, que hasta último momento no creyó iba a convertirse en ciudadano de un país que está masacrando a sus vecinos bajo las excusas de un paranoico que fue más allá de lo que se temía de él. Aunque es cierto que hubo quienes previeron que el personaje era capaz de cosas parecidas. Pienso, por ejemplo, en Garry Kasparov, el famoso ajedrecista que siempre me pareció una de las voces lúcidas de Occidente. Como dice Kasparov, la comparación entre las actuales aventuras expansionistas de Putin con las de Hitler en su tiempo no está traída de los pelos sino que es casi una obviedad. Sin embargo, el conocimiento de la historia debería haber permitido a los líderes de la OTAN saber que la peor estrategia contra los autócratas totalitarios es dejar que se salgan con la suya hasta que ya es demasiado tarde: por evitar la cólera de los malvados, decía Churchill, se pierde la dignidad sin evitar la guerra. 

Tal vez este texto suene como una simplificación del complejo estado del mundo, donde entre los jefes de Estado no hay grandes ejemplos de conductas irreprochables, democráticas y racionales. Pero llamar a las cosas por su nombre —en este caso decir que se trata de una agresión armada criminal e injustificable— es un acto de higiene intelectual. Hay una paradoja sobre el razonamiento político: cuanto más sofisticada pretende ser una explicación, más probable es que esté ocultando la evidencia que surge ante los ojos. Suele ocurrir, especialmente, en los discursos que utilizan la palabra “geopolítica”, que no define una ciencia sino la voluntad de embrollar las cosas para abogar por un interés determinado. Los geopolíticos, por llamar de algún modo a quienes subsumen cada conflicto concreto y particular en uno abstracto y general (en este caso, el enfrentamiento entre los legítimos intereses nacionales rusos y las oscuras fuerzas de la globalización, ya sea al servicio del comunismo o del neoliberalismo) son gente que razona mal y poco, pero su retórica es siempre la de pasar por gente avisada que puede ver debajo del agua cuando los tontos no pasamos de la superficie. 

Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de su propaganda para confundir a los despistados, la guerra de Putin se ha enfrentado con un rechazo masivo y completamente desusado en esta época donde todo está sujeto a consensos motivados por el miedo y la cobardía. Los demócratas de todos los países y de todos los matices se opusieron a ella y solo quedaron de su lado un puñado de dictadores y oportunistas de todos los continentes, en el que la extrema izquierda terminó codo a codo con la extrema derecha, una coincidencia que tiene pocos antecedentes posteriores al infame pacto que Stalin y Hitler firmaron en 1939. Que esta corte de los milagros, en la que coinciden Cristina Fernández y Jair Bolsonaro, sea tan reducida que hasta la FIFA tuvo que transformar los eufemismos iniciales en sanciones contra Rusia, es una demostración de que los populistas y los totalitarios, a diferencia de lo que ocurría en el 39, están en clara minoría. Acaso este momento siniestro sea, a pesar de sus terribles consecuencias, una señal de que el mundo no se volvió completamente loco.

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