martes 04 de octubre de 2022
COLUMNISTAS opinión

La pluma y el lavarropas

Pocos escritores, en particular durante el último siglo, se concentran exclusivamente en su obra.

21-08-2022 02:44

Silencios es un libro surgido de dos conferencias de la estadounidense Tillie Olsen (1912-2007). Ambas conforman un alegato preciso y elocuente sobre las dificultades de las escritoras para realizar su vocación en un mundo dominado por los hombres. Pronunciada en 1962, “Silencios” habla de la dificultad de las mujeres para encontrar el tiempo necesario para escribir cuando tienen la doble obligación de trabajar para ganarse la vida y ocuparse de los quehaceres domésticos (Olsen lo sabe por experiencia propia), pero el ensayo es muy rico y excede largamente lo reivindicativo. Olsen habla del silencio de los escritores por culpa del trabajo, empieza por Melville, y sigue con Kafka, quien afirmaba estar condenado a la mediocridad por sus condiciones de vida (el señor K exageró un poco). Pocos escritores, en particular durante el último siglo, se concentran exclusivamente en su obra, aunque todo tipo de escritores (quiero decir, los buenos y los malos) dedican buena parte de su tiempo al periodismo, la docencia y la traducción, aunque estos oficios tengan una mayor o menor relación con la literatura. Tal vez los trabajos alimentarios sean mejores para el escritor que trabajar en una compañía de seguros de Praga, pero no estoy del todo seguro. Puede que sea peor usar la materia gris en algo que tenga poco que ver con las letras, como es el caso de dos jueces argentinos, Juan Filloy y Eduardo Álvarez Tuñón, o de todos los que se ocupan de algo descansado y bien pago. 

Hace poco, un escritor chileno me decía que su obra sería mucho mejor si le dedicara parte del tiempo que utiliza para escribir en los diarios, hablar en la radio y dar clases o talleres. Doy fe de que el escritor chileno tiene talento y ese es uno de los argumentos de Olsen: todo lo que la humanidad pierde en materia de obras maestras, o al menos perdurables, por culpa del deber de ganarse la vida. Pero no estoy seguro: la característica común a todo tipo de escritores (buenos y malos) es la ambición, pero no está claro que el mundo los necesite más que a los carteros o a los vendedores de seguros. 

La otra conferencia de Olsen lleva el adecuado título de “Una de doce”. Es de 1971 y la autora se tomó el trabajo de calcular el porcentaje de escritoras entre los libros publicados, reseñados y recomendados como bibliografía universitaria. La conclusión, una en doce, es demoledora. Una de las observaciones interesantes que hace Olsen es que el lavarropas, al que llama “sublime tecnología”, se inventó después que la bomba atómica. En el prólogo, la escritora española Marta Sanz se dedica a glosar y a producir pancartas celebratorias de los textos de Olsen. También cita lo del lavarropas pero agrega que “ahora que estamos en un tiempo nuevo por razones que atañen al consumo energético y a las destructoras perturbaciones en el clima” quizá debamos dejar de usar el lavarropas pero los hombres deberán entonces compartir el lavado a mano con las mujeres. 

Quedé muy perturbado ante esa idea. Si el dogma de la superioridad masculina obligó al sacrificio a las mujeres, me da terror que otro dogma, el de la destrucción climática, envíe a ambos sexos de vuelta a las cavernas. La lucha contra esta impostura es tan importante y puede ser tan larga como la emancipación femenina.

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