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La superioridad moral del mercado

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La superioridad moral del mercado. | Pablo Temes

Existen dos maneras de ver el rol del mercado en la sociedad. O bien es un mecanismo de asignación de recursos escasos o bien un sistema moral. Del mismo modo, la política puede entenderse como una esfera normativa que constituye el sentido de la acción colectiva o bien una actividad que meramente coordina intereses individuales.

A partir de la llegada del PRO al gobierno, la vida pública ha experimentado un cambio subyacente pero profundo. La política dejó de forjar horizontes sociales posibles y de constituir identidades públicas colectivas para reducirse a un simple instrumento de resolución de necesidades particulares.

Por el contrario, el mercado ha pasado a ser la fuente de moralidad pública; la esfera donde se han resuelto las decisiones de ética pública significativas. Ha habido un proceso de instrumentalización de la política, es decir, el vaciamiento de su contenido normativo, simbólico e ideológico.

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El resultado de las PASO confirmaba el eterno retorno de nuestra falta de voluntad moral.

El vínculo político dejó de definir nuevos sujetos sociales, de resignificar y cuestionar prácticas colectivas, de repensar fronteras de inclusión, y pasó a ser una herramienta “para resolver los problemas de la gente”.

En la cosmovisión del PRO, la política–sin historia ni narrativa– ha sido solo instrumental, una forma de administración de intereses en conflicto previamente determinados por las necesidades individuales.

El mercado, en cambio, ha pasado a ser la arena donde nuestro verdadero carácter ético se puso en juego.

Caracterizado por la adversidad, la escasez y la competencia, el mercado ha proveído las coordenadas sociales necesarias para desplegar todo nuestro potencial moral como sociedad. Hubo entonces una tergiversación del contenido valorativo de las esferas sociales: la política pasó a ser instrumental; la economía, fuente de moralidad.

El mercado es el mecanismo de asignación de recursos constreñido por la escasez y organizado por la competencia en un marco legal que estructura las transacciones individuales de intercambio. ¿Cómo es que un sistema de intercambio de intereses egoístas se convierte en el reino de la moralidad?

Según una visión que se remonta a la revolución marginalista en la economía y que el PRO comparte, cada decisión individual económica nos fuerza a un cálculo preciso acerca de la factibilidad y el atractivo de los fines que buscamos.

Esta búsqueda en medio de la adversidad económica que siempre impone decisiones costosas nos confronta necesariamente con preguntas de índole ético acerca de quiénes somos y quiénes podemos ser. Desde esta perspectiva, es la limitación económica la que moldea ciudadanos grandes; es la escasez la que impone decisiones éticas acerca de nuestros fines últimos.

La política del PRO se redujo a la consecución de alianzas y del big data electoral.

Así, a mayor adversidad y cuanto más numerosos los percances, nuestros cálculos económicos son más reveladores acerca de qué necesidades privilegiamos y en cuáles claudicamos. Es en ese proceso de opciones limitadas y limitantes, es en ese sufrimiento, que revelamos nuestro verdadero potencial ético a través de las decisiones sobre los fines que privilegiamos.

El mercado hace responsables a las personas por sus formas de vida y sus elecciones y a través de sus impedimentos impone una disciplina de moral individual. Nuestra grandeza ética se manifiesta ante la adversidad económica.

En esta concepción del mercado reside la sorpresa del Gobierno ante el resultado de las elecciones primarias.

Conforme a esta visión, el sufrimiento social constituía una buena señal, era el indicador de que esta vez sí estábamos dispuestos a concebirnos como una sociedad responsable por los costos de nuestros deseos últimos. Esta vez sí aceptábamos las limitaciones del mercado y su aleccionamiento moral.

Luego del cimbronazo de las PASO, el Gobierno leyó en clave moral la renuncia y resistencia al sacrificio económico que votó gran parte de la sociedad. La historia maldita de los últimos setenta años nos acechaba nuevamente.

Al darle la espalda al veredicto de los mercados, el resultado de las PASO confirmaba el eterno retorno de nuestra falta de voluntad moral. Lo que el Gobierno había concebido como una posibilidad de redención ética, la sociedad lo vivió como la sentencia de un castigo pesado y sin rumbo.

El enojo poselecciones se explica porque, según esta mirada, la sociedad argentina ha desechado la oportunidad de un proyecto ennoblecedor.

El travestismo valorativo de las esferas política y económica tuvo consecuencias. Es en la política, no en la economía, y es colectiva, y no individualmente, donde se dirimen los valores y fines últimos que nos organizan socialmente.

El sacrificio económico reviste sentido solo a la luz de una pregunta anterior que se articula siempre en la esfera política: ¿sacrificio para qué?

Sin embargo, la instrumentalización de la política, es decir, una política descriptiva, administrativa, basada en una verdad social despojada de ideología y desprovista de fundamentos normativos, impidió esa discusión orientada a los fines últimos.

Lo que debía ser una dimensión orientativa de nuestras acciones colectivas pasó a ser una forma de administración de intereses privados. Por el contrario, el mercado, que debía ser un mecanismo de asignación de bienes materiales, se convirtió en un sistema de ordenamiento moral.

La política del PRO se redujo a la consecución estratégica de alianzas circunstanciales y del big data electoral. Ante la ausencia de una racionalidad política orientada a valores, y al degradarla a una acción instrumental propia de la acción económica, el cambio propugnado por el PRO estaba destinado a ser sufrimiento económico sin redención moral.

 

*PhD en filosofía política por la Universidad de Berkeley. Profesora del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Secretaria académica de la Escuela de Política y Gobierno, Unsam.