domingo 02 de octubre de 2022
COLUMNISTAS uruguay

Lacalle, el voto del alma

El próximo presidente uruguayo enfrentará el desafío de conservar su identidad al frente de una coalición muy variada.

01-12-2019 02:30

Con una necedad inquebrantable y una adhesión a la Constitución que no negocia, el Partido Nacional es filosóficamente una especie de UCR del Uruguay: conservador en lo moral y centrista en lo político, no concibe el acceso al poder como una lucha en la que todo valga.

Por eso, su historia está repleta de héroes románticos que dejaron enseñanzas desde la cuchilla. Sin embargo, tras la muerte del líder socialdemócrata Wilson Ferreira Aldunate –quien en 1971 había sido víctima de fraude y en 1985 había sido proscripto en la elección inmediatamente posterior a la dictadura– llegó a la presidencia el liberal Luis Alberto Lacalle Herrera.

Tres décadas más tarde y a los 46 años de edad, su hijo Luis Alberto Alejandro Aparicio Lacalle Pou Herrera Brito del Pino acaba de repetir esa hazaña, palabra adecuada para una colectividad que, a pesar de tener 183 años, entre 1865 y 1959 estuvo en el llano, a expensas de un Partido Colorado que acumuló una suma enorme de poder.

Lacalle Pou también es bisnieto de Luis Alberto de Herrera, un caudillo histórico, austero y conservador, que fue el rival por antonomasia de José Pablo Torcuato Batlle y Ordóñez, el gran reformador socialdemócrata del Uruguay, sobre cuyo legado solía bromear el recordado historiador, intelectual y dramaturgo Carlos Maggi: “Todos los uruguayos somos batllistas”.

Autocrítica y modernidad. Durante la campaña Lacalle se mostró como un político moderado, moderno y conciliador, y eligió como compañera de fórmula a Beatriz Argimón, una mujer de otro sector cuya ideología no puede impugnar ningún votante de centroizquierda. Y se enfrentó a Daniel Martínez, un candidato sin carisma que lideró una campaña improvisada, sin brillo, para la cual eligió como vice a Graciela Villar, cuyo dogmatismo espantó a los independientes.

Otro Lacalle. Pero Lacalle es otro Lacalle, y no solamente por el juego de palabras evidente entre su apellido y el de su padre –quien a los 78 años contempló buena parte de su ascenso político con más distancia de lo que hubiera querido–, sino porque maduró mucho respecto de la versión 2014 que había ofrecido.

“Lacalle Pou aprendió de la derrota en la elección anterior, se preparó muy bien, con una estrategia clara desde el año 2015, ha madurado enormemente como político y se lo nota mucho más aplomado y seguro”, explica Adolfo Garcé, doctor en Ciencia Política y profesor titular de la Universidad de la República. Y añade: “La sociedad uruguaya se frustró porque el Frente Amplio no pudo cumplir con muchas expectativas generadas en 2014, porque la economía no ayudó y porque Vázquez no fue el mismo que el de la primera presidencia ni tuvo tanta libertad para gobernar”.

Aunque Lacalle no ganó solo, sino acompañado por una denominada “coalición multicolor” cuyo socio principal fue el Partido Colorado, liderado por Ernesto Talvi, quien sucedió al ultraconservador Pedro Bordaberry y venció en una elección interna a Julio María Sanguinetti, de todas maneras arquitecto principal de esta coalición.

A los 79 años, y aquejado de una enfermedad terminal, Tabaré Vázquez actuó con ecuanimidad, dio las garantías necesarias para una jornada electoral que todos los actores calificaron de ejemplar, e inmediatamente después de la derrota de Martínez felicitó a Lacalle Pou y se puso a su disposición para encabezar la transición, lo que hizo que Lacalle reconociera públicamente su “republicanismo”.

“Ayer tuve el honor de recibir una llamada del doctor Sanguinetti, donde me dijo muy claramente que era un orgullo para el país, en una región convulsionada, que estuviéramos transitando esta campaña, y eventualmente un cambio de gobierno, con la paz, la tranquilidad, el respeto y la tolerancia con que lo estamos haciendo”, declaró Vázquez: ciencia ficción para la Argentina.

Dos mitades y una mujer que mira. Tan parejo fue el ballottage entre Lacalle y Martínez que el segundo no quiso admitir la derrota la noche de la elección, porque matemáticamente tenía chances de remontarla en el escrutinio final. Pero para el jueves la diferencia dada por la propia Corte Electoral se hizo indescontable, y Martínez concedió la victoria por Twitter y se reunió con el presidente electo, que finalmente se impuso por 37 mil votos y encabezó ayer un gran acto de festejo en el que prometió un gobierno “justo, que ejerza la autoridad y tenga sensibilidad social”, bregó por “una región fuerte, con independencia de las ideologías”, y felicitó a un militante del Frente Amplio que dijo presente con una bandera.

Lejos de ver la paridad electoral como un problema, Garcé comenta que “es una señal saludable y un resultado políticamente muy interesante, que obliga a que Lacalle sea cuidadoso, considere más al Frente Amplio y tenga un canal de comunicación abierto para pactar alguna reforma sensible, y a que la oposición sea moderada, responsable y se acerque al gobierno”.

Será éste uno de los tantos desafíos que aguardan a Lacalle, quien heredará una situación socioeconómica complicada, asignará en los principales lugares del gabinete a políticos de su partido y enfrentará el reto de conservar su identidad sin chocar con ninguno de los líderes de la coalición multicolor, donde el más problemático es, naturalmente, el ex militar Guido Manini Ríos.

¿Podrá, frente a este escenario, mantener su impronta blanca sin dejar de entender que la amplia mayoría de los uruguayos es liberal en lo político, pero inamoviblemente socialdemócrata en lo económico? Nadie lo sabe.

O quizás lo sepa una mujer muy especial, que lo apadrinó desde muy temprano y que, en plena dictadura, evitó que su esposo tomara un vino que los militares le habían mandado. Un vino que, se supo demasiado pronto, estaba envenenado.

Esa mujer se llama Julia Pou, su esposo se llama Luis Alberto Lacalle y su hijo gobernará el Uruguay a partir del 1º de marzo de 2020.

*Escritor y periodista.

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