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Lecturas nuevas

Recuerdo a un ministro de Economía –de un gobierno progresista– decir que en la Argentina no había mucha desocupación sino mucha gente buscando empleo.

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Recuerdo a un ministro de Economía –de un gobierno progresista– decir que en la Argentina no había mucha desocupación sino mucha gente buscando empleo. Detrás del cinismo se escondía una didáctica optimista que hacía de lo binario (la pasividad del desempleado versus la actividad del que busca) una carta de presentación que remitía al viejo dualismo entre el vaso medio vacío y el vaso medio lleno. Pero la historia termina siempre igual: llega el verano y con el calor el agua se evapora. Y así, cuando no tenemos demasiada plata, volvemos a comprobar algo que ya sabíamos desde siempre: que las condiciones sociales de lectura también están determinadas por la economía.

Sobre la lectura operan el deseo, la cultura, la moda, el accidente, la educación, el azar, la obligación, pero también la estructura económica. Momentos como este –de crisis solapada– nos invitan a pasar menos por las librerías y a volver sobre nuestra propia biblioteca en busca de libros que aún no leímos y de otros que estamos en condiciones de releer. Lectura y creación, de Geoffrey H. Hartman, publicado en 1992 por la editorial española Tecnos, cumple esa segunda condición. De hecho, cuando reparé en el libro en el estante, recordé que lo había comprado en la librería Gandhi –que acaba de cerrar– por lo que imaginé dedicar esta columna también a ese hecho, y a ciertos recuerdos de mediados de los 80, en las que yo –un joven de 20 años– la frecuentaba insistentemente, en ese entonces en la calle Montevideo. Pero al abrir el libro, veo pegada una etiqueta de La librería del Fondo y mi recuerdo se desvanece (quizás las librerías que cierran, como las editoriales que cierran, no sean más que eso; recuerdos que se desvanecen).

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Hartman nació en Alemania en 1929, y emigró a los Estados Unidos a mediados de los 40, donde llegó a ser un profesor de Yale bastante conocido, uno de los divulgadores más interesantes de la deconstrucción derridariana en la academia norteamericana (menos conocida, pero igualmente interesante, es su participación en el establecimiento del archivo de video de Yale de testimonios del Holocausto). El libro es una compilación de artículos sobre autores como Benjamin, Blanchot, Keats, Freud e incluso Borges, más algunos de vuelo más teórico, todos atravesados por la comprensión de la lectura como un discurso sobre la otredad, donde lo extraño y el abismo aparecen de la manera menos pensada. O mejor dicho: para Hartman la tarea de la crítica es precisamente hacer aparecer ese abismo, abismar el texto hasta poner en cuestión su funcionamiento lógico.

Mi ejemplar tiene varios párrafos subrayados, pero al releer el libro los pasajes en los que me detengo son otros (esto me recuerda la genial frase de Barthes: “El encanto de Proust: de relectura en relectura, me salteo diferentes partes”). En especial, hay una frase que me resultó reveladora. Aparece al final de un brillante análisis de Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, en el que Hartman intenta demostrar que el proyecto de esa novela reside en “colocar a los futuros escritores en una situación de permanente incomodidad” ante el riesgo de que “todo lo que pudiéramos decir apareciera como ya dicho”. Y luego irrumpe la frase en cuestión: “Nihilismo está en contra de neologismo en el sentido amplio de la palabra: la posibilidad de decir algo nuevo”. Y si esa frase es reveladora, es porque en veinte palabras logra rozar buena parte de la tensión constitutiva de la literatura moderna: la oposición precisamente entre nihilismo y voluntad de ruptura, entre la novedad como valor supremo y la sensación de haber llegado irremediablemente tarde, entre el cansancio del deseo y el vitalismo de la prosa. O también, dicho de otro modo, la tensión de la relectura entendida ahora como lectura nueva.