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COLUMNISTAS / tendencias
sábado 1 diciembre, 2018

Lo que queda del capitalismo

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por Omar Argüello

default Foto: CEDOC

La aparición del capitalismo como modo de producción fue una verdadera “revolución social” (aun en los términos que señala Marx en su “Prefacio”). Una revolución que, al terminar con el feudalismo y dar lugar a una producción de riqueza, cambia la estructura y la superestructura de las sociedades. En lo estructural, las máquinas y la contratación de fuerza de trabajo “libre” dan lugar a una “revolución industrial”; y en lo superestructural se producen cambios en lo jurídico, lo cultural, lo filosófico y lo político. Una nueva clase social se hace del poder, aliándose incluso con las monarquías para terminar con el poder de los señores feudales.  
Pero el contraste entre la fabulosa riqueza que se creaba y la condición miserable de los trabajadores (Engels: La situación de la clase obrera en Inglaterra) llevó a un rechazo de ese nuevo modo de producción y a una lucha de clases que dio lugar a organizaciones obreras que interactuaban con partidos políticos. En esa interacción, La Liga de los Comunistas, Sociedad Obrera Internacional encarga a Marx y Engels (delegados al congreso celebrado en Londres en 1847) la redacción de lo que fue el Manifiesto comunista.
En ese manifiesto hay una afirmación de Marx que hace a la esencia de ese capitalismo, la que desaparecerá con la vigencia del voto universal pleno. En sus inicios se trató de un régimen económico-político en el cual la burguesía como clase tenía el control de la estructura productiva y de la superestructura política al manejar a su discreción el poder del Estado. En palabras de Marx: “El gobierno moderno no es sino un comité administrativo de los negocios de la clase burguesa”. Pero a partir del voto universal pleno se llega al poder por elección libre de las mayorías ciudadanas, con lo que la burguesía ya no cuenta con el control automático del Estado. Desde entonces, lo que ocurre con las relaciones de producción y con las normas que regulan la distribución de la riqueza depende de la orientación, la capacidad y la diligencia de la fuerza política que llega al Estado por el voto de las mayorías.
Una rápida mirada de lo que han hecho desde entonces esas fuerzas políticas puede sintetizarse en dos tendencias: las que han aprovechado las potencialidades del capitalismo frente a las que han preferido combatirlo. Entre las primeras se cuentan: 1) fuerzas conservadoras (Alemania) que desarrollaron sus países privilegiando los intereses de la burguesía sin una equitativa distribución de la riqueza; 2) gobiernos socialdemócratas europeos (España y Francia) que han sabido equilibrar producción y distribución buscando el Estado de bienestar; 3) el Partido Comunista Chino, que ha utilizado el capital privado para potenciar su extraordinario desarrollo económico y social, y 4) marxistas revolucionarios como Pepe Mujica (ex presidente de Uruguay), quien ha declarado: “A nosotros, filosóficamente, no nos gusta el capitalismo… Pero pienso que no es posible construir el socialismo con sociedades de semianalfabetos. El capitalismo tiene que cumplir un ciclo importante, multiplicar los medios, multiplicar el conocimiento y la cultura”.
Entre las que han combatido al capitalismo se destacan: 1) las que socializaron los medios de producción al precio de racionar los alimentos y coartar la libertad, como ocurrió en Cuba; 2) las que persiguieron a la empresa privada terminando en una crisis humanitaria por falta de alimentos y de remedios, como ocurre en Venezuela; 3) las que optaron por una tercera posición, como nuestro país, que limitó el funcionamiento del capitalismo negociando con los dispuestos al sometimiento y la corrupción.
La lucha debe ser, no contra el capitalismo moderno (que desaparecerá cuando haya “desarrollado todas las fuerzas productivas que caben en su seno”, como sostiene Marx en el “Prefacio”), sino por imponer políticas que permitan sacar el mayor provecho de sus potencialidades, distribuyendo equitativamente sus beneficios.

*Sociólogo.


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