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COLUMNISTAS / NARRACIONES
sábado 9 noviembre, 2019

Postales, posverdad, posguerra

por Rafael Spregelburd

default Foto: CEDOC

El hombre produjo primero sus imágenes con fines utilitarios o rituales: señalizar el lugar del muerto, el cadáver que no es ya persona ni tampoco cosa. Luego aprendió a encontrar estética en estas imágenes que lo vigilaban, pasó a firmarlas y las llamó arte. Pero estas imágenes se saturaron y se convirtieron en píxel y en mera estimulación del ojo, a la par que perdieron peso como objetos concretos, asequibles: lo visible es ahora visuátil. La  pregunta es cómo afrontar que hoy toda imagen (incluso la ritual, incluso la noticiosa) tiene una rémora de estética.

Percibimos a Chile en sus videos urgentes. Posteos de Chile: Poschile. Cualquier ciudadano oficia de cronista. Improvisados usuarios de celulares tienen la responsabilidad –ante la ausencia de los medios, vigilados, censurados o cómplices– de retratar la realidad. Lo que nos llega no es lo que conocimos como noticias; son crónicas desesperadas de sujetos que guardan una relación muy distinta con la producción de imágenes. Pero al no haber una estética hegemónica (ni planos típicos de TV, ni copetes, ni pirulos) la selección de postales es variopinta: desde la chica que se abraza a un paco (el mundo entero ha aprendido esta weá de decirle paco al policía) hasta la Filarmónica haciendo un Quilapayún apabullante para el pueblo en plena calle, pasando por esos músicos exiliados que tocan Víctor Jara en asombroso diferido y finalmente llegando a la escalofriante persecución en el Liceo 7 de señoritas: niñas baleadas. Somos los responsables de esta creación y difusión de imágenes, de esta intermitencia (muchos posteos son levantados de las redes, digamos que inexplicablemente) que genera una rara y nueva sensación de realidad. Hay algo de Blair Witch Project en la denuncia: pero si aquella película mostraba el terror sin enfocarlo, abusando de cámaras temblequeantes para dejar fuera de cuadro al horror, en estos reportes abundan en cambio los palazos finales, los cortes abruptos producto del golpe, la sensación de que no hay ni introducción ni desenlace, sino puro nudo. Son narraciones poco aristotélicas y el ojo se acostumbra con dolor y con dificultad a este paquete de información tan mal envuelto.

Envío mi propio mensaje de aliento a pedido de actrices chilenas y elijo como un zonzo, de una paleta infinita de matices, un fondo, un momento, un estado, una seriedad: de la indignación pasamos a lo solemne. Por ahora, lo vital es que sea visible. Porque el poder pretende que no existe.


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