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COLUMNISTAS / TIEMPO DE DECISIONES
domingo 25 noviembre, 2018

Rafting electoral hacia 2019

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Barbara Bravi*

caras repetidas. Políticos que aspiran a su continuidad. Foto: M.Aballay

Transitamos un tiempo de precalentamiento electoral, observamos movimientos en modo tenue, nada arriesgado, son tiempos de diálogo y escalar los difíciles consensos. En ese escenario de fragmentación no solo partidaria, sino social, cultural y simbólica, también la polarización está presente.
David Easton, padre del enfoque sistémico, infería que en un sistema político conviven la estabilidad y el cambio, y su mirada porta una vigencia particular, las fuerzas que tensionan los inputs de la caja negra son asimismo productos sociales que intentan brindar un marco de interpretación para dilucidar hacia dónde se mueve el foco de atención pública.
La liquidez posmoderna ha calado también en los partidos, algunos de los cuales han sufrido metamorfosis y pérdida de identidad, pero resguardado la vocación de poder. En este sentido, los espacios políticos modernos son más contenedores y descriptivos de los intercambios actuales, donde estabilidad y cambio son dos caras de la misma moneda que emergen en formato de narrativa seductora en este río preelectoral.
Las aguas parecen calmas aunque, se sabe, en el fondo hay corrientes fuertes, es tiempo de agarrar los remos para avanzar a 2019. Cristina asoma, después de su intervención en Clacso, con paso firme hacia una política de regreso, al menos eso pareciera dejar ver. Macri ha manifestado su voluntad de continuidad, y en los alrededores y orillas, muchos actores nadan contra la corriente, seducen, aparecen y desaparecen. La supervivencia de espacios y figuras es un tanto sinuosa, Felipe Solá, Sergio Massa, Pichetto, Urtubey y otros tantos, o no tantos, tratan de hacer pie en la corriente.
A ambas orillas del río los contendientes se miden, hace tiempo que la política argentina se analiza de modo binario, para representarlo más gráficamente leemos la agenda pública en arquetipo de héroe y villano, el bueno y el malo. Y funciona de esta manera para poder representarnos e identificarnos de un lado u otro. También así se desarrollan las narrativas de gobierno y oposición. Para Cristina y Unidad Ciudadana, el enemigo común, lo nombró en su última intervención la ex presidenta, es el neoliberalismo. Para el oficialismo, su fetiche villano, “la pesada herencia”, o la misma corrupción, estaría en proceso de verse desdibujado, quizás una nueva vieja narrativa cambie de eje. Sin embargo, más difícil es construir discurso para aquellos que están en el compás de espera, que tiene dos miradas, la de sus propios socios y la de la sociedad, que espera más definición para poder decodificarlos.
Mauricio Macri y el gobierno de Cambiemos deberán decidir qué hacer con la intensidad del timón, ¿más cambio? o ¿más estabilidad? El bajo desempeño de la política económica no es muy alentador, aunque el presidente mantiene la base de apoyo. En el caso de la ex presidenta, su intervención expresando que “en nuestro espacio hay pañuelos verdes y también celestes”, si bien se puede leer como estrategia electoral, siembra dudas y desacuerdos.
El encuentro del buque ARA San Juan, desaparecido un año atrás, muestra discursivamente la polarización de opinión en la Argentina. Los simpatizantes del gobierno de Cambiemos hablan de “héroes”, pero ante la misma situación, los detractores del Gobierno y oposición nos hablan de “víctimas”. Tan diametralmente opuestas son las visiones en nuestro país, tan difíciles los consensos, tan impredecibles los resultados. Tanta incertidumbre y temor produce la falta de control sobre los debates públicos, que en el caso de la Ley ESI, como resultante y para evitar una correntada desfavorable, oficialismo y parte de la oposición (sin mencionar a la izquierda) han decidido postergar su tratamiento.
Las narrativas de gobierno y los discursos políticos refuerzan el sistema de creencias de los ciudadanos, y pareciera que están tan escindidas que ciertas temáticas hacen posicionamientos opuestos. Lo que está claro es que, para el año próximo, el “cambio” como marca electoral está agotado, o sufre de heridas profundas, otro discurso y otra musa debería nacer, o de lo contrario deberá ser resignificado.
Los electores ya no solo miran gobernantes y candidatos, se miran a sí mismos, y entre ellos hay más demanda, hay más observación, y por supuesto más juzgamiento. En este escenario de correntada, el voto aparece como transacción económica, social y política; en definitiva, una concesión a cambio de una promesa, que deberá ser más pragmática y menos utópica.

*Politóloga. Mag. en Relaciones Internacionales (@barbaritelp).


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